18/10/2026
A veces es más fácil señalar a la madre que exigirle responsabilidad al padre. Y así, el irresponsable termina siendo la víctima y la mujer que cría, la culpable.
Hay tíos y abuelos que prefieren repetir que “esa mujer les llenó la cabeza” antes que reconocer que su hermano o su hijo fue un padre ausente. Que aportaba una cuota que ellos mismos sabían que era una miseria. Que nunca se preguntaba si alcanzaba para comer, vestirse, estudiar o ir al médico. Que tampoco estaba para llevarlos al colegio, acompañarlos cuando se enfermaban, ayudarlos con una tarea o escuchar lo que les pasaba.
Dejaron a la madre a cargo de todo: los gastos, las decisiones, los problemas, el cansancio y la responsabilidad diaria de sacar a sus hijos adelante. Y ahora se llenan la boca hablando de ella, como si también tuviera la obligación de construirles una buena imagen del padre que eligió no estar.
Qué cómodo es cuestionar a quien sostuvo la crianza y no pedirle explicaciones a quien se desentendió. Qué fácil es reclamar cariño en nombre de la familia sin revisar cuánto hicieron para construir ese vínculo.
Los hijos crecen, observan y sacan sus propias conclusiones. Recuerdan quién estuvo, quién preguntó, quién cumplió y quién siempre tenía una excusa. También tienen voz, memoria y derecho a expresar lo que sienten.
Antes de culpar a una madre porque sus hijos no quieren acercarse al padre, habría que tener la honestidad de preguntarse qué hizo ese padre para que hoy exista esa distancia. Porque el vínculo que no se cuidó durante años no se recupera culpando a la mujer que se quedó a cargo de todo.