16/08/2026
Un día me cayó la ficha de que hay que terminar con la pavada de ser tan buenos con todo el mundo. Porque a veces sos tan bueno, estás tan disponible y ayudás tanto, que en algún momento dejan de valorarlo y empiezan a tomarte de tont0.
Yo siempre fui de estar cuando alguien me necesitaba. Pero de estar de verdad. Si una persona que quería estaba pasando por una emergencia, tenía un problema económico, estaba atravesando un momento de mi**da o simplemente necesitaba una mano, yo trataba de ayudar. Si podía sostener, sostenía. Si podía resolver algo, lo resolvía. Nunca fui de mirar desde afuera cómo alguien que me importaba se estaba hundiendo pudiendo hacer algo para evitarlo.
Hasta que con el tiempo empecé a notar algo bastante incómodo: cuando me tocaba a mí estar en una situación difícil, muchas de esas personas que alguna vez habían encontrado en mí ayuda, contención o soluciones se convertían en simples espectadores. Nadie resolvía nada, nadie se involucraba demasiado. Como mucho aparecía alguna frase de autoayuda: “Ya se va a solucionar”, “vas a estar bien”, “todo pasa”. Y sí, seguramente todo pasa. Pero mientras pasa, ¿qué?
Ahí fue cuando realmente me cayó la ficha y pensé: pará, vos estás resolviéndole la vida a las personas cuando lo necesitan, pero cuando sos vos la que necesita una mano, los demás se sientan a mirar cómo te las arreglás sola. Prácticamente pueden verte arrastrarte y lo único que tienen para ofrecerte son palabras de aliento.
Y entendí que no quiero eso para mi vida. No quiero espectadores. No quiero personas que estén solamente para disfrutar de mi mejor versión o para recurrir a mí cuando necesitan algo, pero que cuando las cosas se complican se limiten a observar desde la tribuna.
También hay que aprender a dejar de confundir ser buena persona con estar infinitamente disponible para todo el mundo. Porque ayudar, sostener y estar para los demás es hermoso, pero la reciprocidad también importa. No porque haya que llevar una contabilidad de lo que uno hace por cada persona, sino porque hay vínculos en los que, tarde o temprano, necesitás comprobar que si alguna vez sos vos quien se cae, del otro lado también existe alguien dispuesto a extender una mano.
Porque levantarnos solos, probablemente podamos. La cuestión es empezar a mirar con mucha más atención quién intenta ayudarte a levantarte y quién simplemente se queda mirando para ver si lo lográs o no.