27/03/2026
SOBRE LA MUERTE DE LA JOVEN EN ESPAÑA:
Hay algo de todo esto que no me termina de cerrar. Cuanto más aparecen voces intentando explicarlo, más se instala una sensación incómoda: cuando hacen falta tantas argumentaciones para sostener una posición, lo que suele haber no son certezas, sino dudas.
Se fue armando una mezcla difícil de sostener sin forzarla: un diagnóstico de trastorno límite de la personalidad, intentos de suicidio, una historia atravesada por violencia extrema, una violación en grupo, vínculos familiares caóticos, intervenciones institucionales, idas y vueltas. Todo aparece junto, acumulado. En ese intento de darle forma, de cerrar una explicación, empieza a deslizarse algo que no debería pasar desapercibido.
No todo lo que puede explicarse debe ser legitimado. Lo que estoy viendo —cada vez con menos margen para la duda— es que en el medio de esa “ensalada” se construye, de manera más o menos explícita, una justificación del suicidio. No dicha de frente, pero insinuada. Como si frente a determinadas experiencias extremas, la muerte empezara a adquirir un sentido. Y no es un detalle. Es un problema serio.
Se están diciendo cosas que no deberían decirse. Escuchar en televisión a una médica afirmar que “el suicidio no le salió bien” no es un error menor ni una frase desafortunada. Es gravísimo.
Muestra hasta qué punto se perdió el cuidado en un tema que exige precisión, responsabilidad y límites claros. El lenguaje no es inocente: lo que se nombra de determinada manera, se habilita.
Más grave todavía: se arma un relato donde, después de un abuso extremo, el suicidio empieza a adquirir lógica. Desde cualquier perspectiva clínica seria, eso es inaceptable. No hay matiz posible.
El suicidio nunca puede presentarse como una consecuencia razonable de un hecho. Nunca. Sin embargo, hoy eso aparece insinuado, incluso en boca de profesionales de la salud.
Quiero ser claro con mi posición, porque esto no es un rechazo indiscriminado. Estoy a favor de la eutanasia en situaciones verdaderamente extremas, con enfermedad terminal y sufrimiento irreversible. También estoy a favor del principio de autonomía de la voluntad, tal como lo establece la Ley de Derechos del Paciente (art. 2, inciso e), que reconoce el derecho del paciente a aceptar o rechazar determinadas terapias o procedimientos médicos. No es un detalle técnico: es uno de los pilares que ordenan la práctica en salud desde hace décadas.
Justamente por eso, porque ese principio es tan importante, no puede usarse de manera selectiva ni transformarse en un argumento absoluto. No toda decisión es autónoma por el solo hecho de ser expresada. No toda voluntad se construye en condiciones de libertad cuando hay sufrimiento psíquico profundo, historia traumática y desorganización subjetiva. Reducir todo a “es su decisión” implica una simplificación peligrosa.
Además, me resulta difícil no ver la contradicción. Hace no tanto tiempo —en plena pandemia— esa misma autonomía fue limitada en nombre de la salud pública, con medidas como la vacunación obligatoria. Esa tensión existió, se discutió, en muchos casos se defendió. Hoy parece borrada. Y entonces la autonomía aparece como un valor absoluto cuando conviene sostener una posición.
Ese uso selectivo también debería formar parte de la discusión.
Lo que falta es justamente lo que más se necesita: discusión seria. Bioética. Clínica. Deontología. En lugar de eso, aparecen lecturas rápidas, intentos de cerrar sentido, profesionales diciendo cosas que no deberían decir. En ese punto, el problema deja de ser solo teórico. Pasa a ser ético. También legal.
Lo digo desde un lugar concreto. Me tocó estar en situaciones donde la vida estaba en juego. Situaciones donde tuve que evaluar decisiones complejas (cual Dios todopoderoso, sobre la vida o la muerte de un ser querido), donde la autonomía no aparece como una consigna clara sino como algo que hay que leer, interpretar, sostener o incluso poner en cuestión según el caso. No es un concepto limpio, no es automático. Requiere responsabilidad.
También lo digo desde años de trabajo —muchas veces silencioso— en la prevención del suicidio. Y si hay algo que ahí no admite discusión es esto: el modo en que se habla no es secundario. Es central.
Existe un límite que no puede correrse. Ese límite es el modo en que el suicidio entra en la conversación pública. Cuando empieza a rodearse de argumentos que lo vuelven comprensible, cuando se lo integra a una cadena de causas que lo explican demasiado bien, cuando se lo presenta —aunque sea de manera indirecta— como una salida posible frente al dolor, lo que se está haciendo no es comprender. Es habilitar.
Eso tiene consecuencias. No abstractas. Reales. Hay personas que en este mismo momento están en ese borde, intentando sostener algo que se desarma. El mensaje que reciben importa. Si el discurso social empieza a sugerir que hay vidas que, bajo ciertas condiciones, “se entienden” mejor cuando terminan, entonces el problema deja de ser un caso particular. Pasa a ser el marco que se está construyendo.
Si estás pasando por un momento difícil, si en algún momento pensaste en hacerte daño, no te quedes solo/a. Hablá con alguien, buscá ayuda, acercate a un profesional. Si lo necesitás, también podés escribirme. A veces no parece, pero siempre hay otra salida, incluso cuando todo empuja a pensar lo contrario.