Lic. Javier Irusta

Lic. Javier Irusta Licenciado en Psicología.

22/04/2026

¿Cuándo consultar a un profesional de la salud?

"LA SALUD MENTAL NO ES COSA LOCOS, ES COSA DE TODOS"

21/04/2026
27/03/2026

SOBRE LA MUERTE DE LA JOVEN EN ESPAÑA:

Hay algo de todo esto que no me termina de cerrar. Cuanto más aparecen voces intentando explicarlo, más se instala una sensación incómoda: cuando hacen falta tantas argumentaciones para sostener una posición, lo que suele haber no son certezas, sino dudas.

Se fue armando una mezcla difícil de sostener sin forzarla: un diagnóstico de trastorno límite de la personalidad, intentos de suicidio, una historia atravesada por violencia extrema, una violación en grupo, vínculos familiares caóticos, intervenciones institucionales, idas y vueltas. Todo aparece junto, acumulado. En ese intento de darle forma, de cerrar una explicación, empieza a deslizarse algo que no debería pasar desapercibido.

No todo lo que puede explicarse debe ser legitimado. Lo que estoy viendo —cada vez con menos margen para la duda— es que en el medio de esa “ensalada” se construye, de manera más o menos explícita, una justificación del suicidio. No dicha de frente, pero insinuada. Como si frente a determinadas experiencias extremas, la muerte empezara a adquirir un sentido. Y no es un detalle. Es un problema serio.

Se están diciendo cosas que no deberían decirse. Escuchar en televisión a una médica afirmar que “el suicidio no le salió bien” no es un error menor ni una frase desafortunada. Es gravísimo.

Muestra hasta qué punto se perdió el cuidado en un tema que exige precisión, responsabilidad y límites claros. El lenguaje no es inocente: lo que se nombra de determinada manera, se habilita.
Más grave todavía: se arma un relato donde, después de un abuso extremo, el suicidio empieza a adquirir lógica. Desde cualquier perspectiva clínica seria, eso es inaceptable. No hay matiz posible.

El suicidio nunca puede presentarse como una consecuencia razonable de un hecho. Nunca. Sin embargo, hoy eso aparece insinuado, incluso en boca de profesionales de la salud.

Quiero ser claro con mi posición, porque esto no es un rechazo indiscriminado. Estoy a favor de la eutanasia en situaciones verdaderamente extremas, con enfermedad terminal y sufrimiento irreversible. También estoy a favor del principio de autonomía de la voluntad, tal como lo establece la Ley de Derechos del Paciente (art. 2, inciso e), que reconoce el derecho del paciente a aceptar o rechazar determinadas terapias o procedimientos médicos. No es un detalle técnico: es uno de los pilares que ordenan la práctica en salud desde hace décadas.

Justamente por eso, porque ese principio es tan importante, no puede usarse de manera selectiva ni transformarse en un argumento absoluto. No toda decisión es autónoma por el solo hecho de ser expresada. No toda voluntad se construye en condiciones de libertad cuando hay sufrimiento psíquico profundo, historia traumática y desorganización subjetiva. Reducir todo a “es su decisión” implica una simplificación peligrosa.

Además, me resulta difícil no ver la contradicción. Hace no tanto tiempo —en plena pandemia— esa misma autonomía fue limitada en nombre de la salud pública, con medidas como la vacunación obligatoria. Esa tensión existió, se discutió, en muchos casos se defendió. Hoy parece borrada. Y entonces la autonomía aparece como un valor absoluto cuando conviene sostener una posición.

Ese uso selectivo también debería formar parte de la discusión.
Lo que falta es justamente lo que más se necesita: discusión seria. Bioética. Clínica. Deontología. En lugar de eso, aparecen lecturas rápidas, intentos de cerrar sentido, profesionales diciendo cosas que no deberían decir. En ese punto, el problema deja de ser solo teórico. Pasa a ser ético. También legal.

Lo digo desde un lugar concreto. Me tocó estar en situaciones donde la vida estaba en juego. Situaciones donde tuve que evaluar decisiones complejas (cual Dios todopoderoso, sobre la vida o la muerte de un ser querido), donde la autonomía no aparece como una consigna clara sino como algo que hay que leer, interpretar, sostener o incluso poner en cuestión según el caso. No es un concepto limpio, no es automático. Requiere responsabilidad.

También lo digo desde años de trabajo —muchas veces silencioso— en la prevención del suicidio. Y si hay algo que ahí no admite discusión es esto: el modo en que se habla no es secundario. Es central.

Existe un límite que no puede correrse. Ese límite es el modo en que el suicidio entra en la conversación pública. Cuando empieza a rodearse de argumentos que lo vuelven comprensible, cuando se lo integra a una cadena de causas que lo explican demasiado bien, cuando se lo presenta —aunque sea de manera indirecta— como una salida posible frente al dolor, lo que se está haciendo no es comprender. Es habilitar.

Eso tiene consecuencias. No abstractas. Reales. Hay personas que en este mismo momento están en ese borde, intentando sostener algo que se desarma. El mensaje que reciben importa. Si el discurso social empieza a sugerir que hay vidas que, bajo ciertas condiciones, “se entienden” mejor cuando terminan, entonces el problema deja de ser un caso particular. Pasa a ser el marco que se está construyendo.

Si estás pasando por un momento difícil, si en algún momento pensaste en hacerte daño, no te quedes solo/a. Hablá con alguien, buscá ayuda, acercate a un profesional. Si lo necesitás, también podés escribirme. A veces no parece, pero siempre hay otra salida, incluso cuando todo empuja a pensar lo contrario.

Psicología clínica. Atención presencial (Castelli) y virtual.
09/01/2026

Psicología clínica.

Atención presencial (Castelli) y virtual.

15/12/2025

La psicología también puede volverse un dispositivo de domesticación cuando se la usa para adaptar sujetos a contextos que no se quieren transformar. Bajo el ropaje del “bienestar”, se enseña a tolerar lo intolerable, a gestionar emocionalmente aquello que en realidad debería ser discutido políticamente. No es casual: patologizar el malestar suele ser más cómodo que interrogar las condiciones que lo producen.

Abundan los discursos que invitan a “trabajar la resiliencia” mientras naturalizan la precariedad, la sobreexigencia y el aislamiento. Se habla de ansiedad como si fuera un defecto individual y no una respuesta lógica a un mundo que acelera, exige y descarta con la misma velocidad. La clínica, cuando olvida su dimensión ética, corre el riesgo de convertirse en una pedagogía del aguante.

Lo paradójico es que muchos de quienes denuncian el sufrimiento psíquico son los mismos que lo administran. Ofrecen escucha, pero no cuestionan el marco; brindan contención, pero no incomodan al sistema que desborda. Así, la psicología se vuelve correctiva, no transformadora: calma, pero no libera.

La ironía final es incómoda: una disciplina nacida para comprender el padecimiento humano termina, a veces, enseñando a soportarlo mejor. Y cuando eso ocurre, el problema ya no es clínico. Es político.

Lic. Javier Irusta

10/12/2025

UNA ANTROPOLOGÍA QUE NADIE PIDIÓ

La pedagogía de la crueldad, ese dispositivo tan sutil como brutal que Rita Segato describe, no es solo un método: es una atmósfera, una forma de educar en la indiferencia, de tallar en la sensibilidad social la idea de que el sufrimiento ajeno es un daño colateral aceptable. Lo curioso —y casi cómico, si no fuera trágico— es que quienes más la denuncian son, muchas veces, los primeros en ejercitarla con el pulso firme de un cirujano que no quiere mirar su propio bisturí. La política está llena de estos personajes: especialistas en señalar horrores mientras administran, gota a gota, sus propias dosis de violencia simbólica.

Hablan de “cuidar a la gente” mientras diseñan estrategias que transforman a las personas en casos, estadísticas o escenografías para la foto del día. Se indignan ante los discursos de odio, pero sostienen lógicas de exclusión en cada decisión administrativa, en cada recorte camuflado de tecnicismo, en cada silencio que legitima lo que después fingen combatir. Es una crueldad higienizada, perfumada, con sonrisa de acto escolar.

La verdadera ironía es que la pedagogía de la crueldad nunca se practica desde un lugar confesado; siempre se ejerce desde la certeza moral, desde la fantasía de que “uno está del lado correcto”. Y ahí radica el veneno: en creer que la crueldad es siempre del otro. Mientras tanto, el tejido comunitario se va llenando de microviolencias que nadie reconoce como propias. Y así, sin darnos cuenta, la pedagogía sigue funcionando: no porque alguien la enseñe explícitamente, sino porque todos la reproducen mientras aseguran, con absoluta seriedad, que jamás serían capaces de semejante cosa.

Lic. Javier Irusta

Trabajo escuchando. No desde un escritorio perfecto ni desde un manual, sino desde ese lugar donde la gente llega cuando...
05/12/2025

Trabajo escuchando. No desde un escritorio perfecto ni desde un manual, sino desde ese lugar donde la gente llega cuando ya no sabe a quién más hablarle. Me muevo entre lo comunitario y lo cotidiano: lo que pasa en una casa, en una calle, en un comedor, en un consultorio o en una cocina donde alguien te cuenta algo que no puede decir en voz alta en otro lado.

Acompaño personas en momentos donde algo se rompió, se estancó o dejó de hacer ruido. Adultos mayores que se sienten afuera de todo, pibes que no saben por dónde arrancar, gente de mi ciudad que a veces sólo necesita una palabra para no pasar una tarde entera tragándose lo que le pasa. Me interesa eso: que nadie quede a la intemperie.

Vengo de la política local, de los medios, de los espacios culturales, de meter el cuerpo en reuniones, en crisis, en discusiones que no salen en ninguna red social. Eso me dio un registro muy claro del tejido real de un pueblo: quién sostiene, quién desaparece, quién llama cuando las cosas se ponen feas y quién hace como si nada pasara. Ese mapa me sirve hoy para escuchar distinto.

Mi manera de trabajar es simple: una conversación honesta, sin diagnósticos ni instituciones pesadas atrás. Un espacio donde hablar sin miedo al juicio, sin la sensación de estar “molestando”. Un lugar donde pensar acompañado y ordenar el ruido.
Acompaño procesos. Y lo hago con una mezcla rara de formación, calle y las cosas que aprendí viendo a la gente arreglarse como puede.

No prometo soluciones mágicas ni finales iluminados. Prometo presencia, palabra, un lugar donde hablar sin vergüenza ni caretas.
Prometo escuchar de verdad, que ya es un montón.

25/11/2025

Afirmar que “la ansiedad es el problema” es una comodidad conceptual. La ansiedad, en sí misma, no es el enemigo: es el mensajero que incomoda porque trae lo que no queremos ver.

El asunto no es eliminar síntomas, sino entender qué los sostiene: ritmos de vida imposibles, exigencias que nadie firma pero todos cumplen, vínculos que exigen disponibilidad total, y un mercado que vende calma como si fuera una propiedad privada.

La psicología no puede reducirse a técnicas para “gestionar” emociones como quien reorganiza un escritorio.
La verdadera discusión es cómo desarmamos esa maquinaria cultural que produce cuerpos agotados y mentes en alerta permanente. Cómo formamos profesionales que no confundan adaptación con salud. Cómo creamos espacios donde la pregunta valga más que la productividad.

La ansiedad no es una falla individual. Es un efecto colectivo. Una señal de época. Un recordatorio de que vivir corriendo no es vivir, y que sostener ese ritmo tiene un costo que siempre paga el cuerpo.
Reconocer esto no es pesimismo. Es honestidad clínica y social.

Porque antes de enseñar técnicas de respiración, tal vez deberíamos preguntarnos:
¿quién nos dejó sin aire?

Lic. Javier Irusta

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