26/08/2026
El dolor es parte de la vida.
En la vida adulta hay cosas que no salen como esperamos, problemas que tenemos que atravesar, vínculos que terminan, pérdidas, duelos y experiencias que no elegimos pero que nos toca vivir. Por eso, pretender vivir sin dolor no parece una posibilidad real.
A veces nos toca sufrirlo. Sentirlo, expresarlo, llorar, estar tristes. Hay dolores que necesitan ser transitados antes de que podamos hacer algo con ellos. Cuando perdemos a alguien que queremos, por ejemplo, no existe una forma de evitar completamente el dolor de esa pérdida.
Pero a veces ese dolor queda con nosotros y empezamos a arrastrarlo. Lo seguimos cargando durante años, incluso cuando la situación que lo originó ya terminó. No necesariamente porque elijamos hacerlo: muchas veces es la forma que encontramos para seguir adelante con lo que nos pasó.
Y ahí puede aparecer la posibilidad de preguntarnos qué está pasando.
Podemos analizarlo: ¿por qué sigo sufriendo?, ¿qué es lo que todavía duele?, ¿hay algo que sigue ocurriendo?, ¿hay una herida que necesita ser atendida?, ¿hay algo que podría hacer diferente?
En algunos casos también podemos aprender de él. Una experiencia puede mostrarnos algo sobre nosotros, sobre nuestros límites, sobre lo que necesitamos o sobre aquello que queremos para nuestros próximos vínculos. Una ruptura, una amistad que terminó o incluso haber atravesado una situación que salió mal pueden dejar aprendizajes.
Hay dolores que, en cambio, nos van a invitar a aceptarlos. No porque nos gusten ni porque tengamos que resignarnos, sino porque hay cosas que no podemos modificar. Una enfermedad crónica, determinadas pérdidas o ciertas circunstancias de la vida pueden requerir aprender a convivir con aquello que no podemos cambiar.
Y también podemos transformarlo.
Transformar no significa que todo dolor tenga que convertirse en algo positivo ni que tengamos que encontrarle un sentido. Significa preguntarnos qué elegimos hacer nosotros después de eso que nos lastimó, después de eso que vivimos.
Y esa respuesta es profundamente subjetiva.
No existe una única manera correcta de atravesar el dolor...