08/07/2026
NUESTRA FUERZA NO SE APRENDE, SE HEREDA.
No entro siempre a las redes. Pero esto no podía esperar. Necesitaba decirlo.
Sacarme este gusto raro, este grito atravesado.
Después del triunfo de Argentina casi se me sale el corazón. No de emoción liviana. De esa fuerza bruta que pusimos todos y cada uno de los argentinos hasta el último segundo. Quedé impactada. Me removía en la silla mirando el partido desde un teléfono, y casi gasto la cuerina. Me burbujeaba la sangre, alentaba sola, a grito pelado y de reojo miraba la chat de la familia, que alentaba desde Inglaterra, Estados Unidos, Italia y Buenos Aires
Luego veo en la redes que "nos ayudaron"!! como si le hubiera pisado la cola a la serpiente...
¿Ayudados? Carajo. No!! Basta.
Tuve reunion con un grupo de latinas y les dije, sin agrandarme: esa forma de salir con el cuchillo entre los dientes, de pelearla hasta el último minuto como gato entre la leña, es nuestra.
No la copiamos. No la aprendimos en un curso. No nos la regaló nadie. Es nuestra herencia, corre por nuestra sangre.
Para los que no lo saben, se los cuento fuerte y claro: somos hijos, nietos y bisnietos de gente que bajó de un barco con una mano atrás y otra adelante, motivados solo por el hambre.
Recuerdo una vecina, una suiza que vivió en mi pueblo hasta hace poco. Ella llego hablando un dialecto. En el viaje, una tormenta le sacó todo lo que traía. Todo. Llegó sin un peso, sin entender una palabra del idioma, a las patadas con esta mezcla nuestra de lunfardo porteño, cocoliche y español. Y vivió. Curó su propia depresión sola, porque ni siquiera hubiera podido hablarle a un profesional de la salud — no por plata, por idioma. Y ni así se quebró. Eso no está en la cabeza. Está en el cuerpo. Está en la sangre.
Somos españoles que pelearon una guerra civil con las uñas. Vascos como Joaquín, que cuando le preguntaba cómo estaba, me clavaba un "judido, pero cuntento" que valía más que cualquier discurso. Moishes que sobrevivieron un Holocausto y no se quedaron llorando. Tanos que bajaron de los barcos mu***os de hambre, dejando una tierra arrasada por la guerra, y no miraron para atrás, tratando de salvar a sus hijos. Como Josefina con 13 niños, sola en el barco. Su marido pago el pasaje de los que pudo, con la plata que tenía. Y se quedo a la espera de nuevos recursos.
Y mi abuela. Catorce años. Casada a la fuerza para no tener que subir sola a un barco lleno de hombres. Aun niña, y ya sabía lo que era jugarse todo. Hombres difíciles, curtidos, que se plantaron solos en un mundo que no conocían, en un lugar como Argentina, donde por lo menos había comida. Solo por eso vinieron. Y se quedaron. Y pelearon.
Así que no. No nos ayudaron.
No heredamos plata. Ni comodidad. No heredamos un lugar servido. Heredamos hambre, heridas. Heredamos la decisión, tomada mil veces por gente que ni conocimos, de no quedarse a llorar una derrota antes de tiempo.
Eso no se enseña en ningún lado. Eso se hereda.
Ni esta tierra se rindió a la primera. Buenos Aires se fundó, se murió de hambre, se abandonó — y se volvió a fundar cuarenta años después, hasta que quedó en pie. Y cuando vinieron a pasar por la fuerza, con la flota más poderosa del mundo, en la Vuelta de Obligado los paisanos ataron cadenas de barco a barco, de orilla a orilla, y les dijeron que por acá no.
Esto no es casualidad ni golpe de suerte. Es lo que somos: los que se plantan, las veces que haga falta.
Llegamos a cuartos de final peleando como se pelea siempre en esta familia: solos, contra todo, hasta que no quedó nada más que dar.
Y ahora vienen a decirnos que fue porque nos ayudaron, porque "somos los únicos que quedamos". Como si sobrevivir no fuera, justamente, la forma de vivir.
Y de Messi no voy a hablar, porque esto fue un equipo. De los de verdad.
Esto no le saca mérito a nadie que compitió y perdió.
Pero que quede dicho: el capitán, no vivió en algodones, lo etiquetaron. "Pecho frío." Chico. Serio. Maduro. Terminado. Y cuanta pavada se le ocurrió al boludo de turno que tiene un micrófono y minutos de sobra para llenar. Un pibe que vivió solo, lejos, tratando de ser alguien. Que estuvo enfermo. Y que igual tiene tanta sangre ancestral como cualquiera de nuestros abuelos — o más caliente. Y no de una calentura de cinco minutos. De temple. De guerra. De familia. También es nieto de inmigrantes, tambien lleva hambre pero de gloria. Y lo que mostró en la cancha, jugado hasta el hueso, es la misma memoria que trajo mi abuela en ese barco, que tenia Fangio, Favaloro, Rabinovich, Leloir, Milstein, Cortazar, Borges o Piazzolla o el director técnico del equipo.... Es casualidad?
No es casualidad. Es la misma herencia, bajando por generaciones distintas, a los mismos gritos.
Sencillos. Simples. Fraternos. Compañeros. Porque en Argentina sabemos lo que es ser compañero, ser solidario, ser generoso — y ellos son la prueba viva.
Como decía mi abuela: "dime con quién andas y te diré quién eres." La selección entera es un solo cuerpo, contagiados de la misma hambre de gloria y de las mismas ansias de ganar. Muchachos simples, que buscan divertirse hasta donde puedan, mientras cantan el himno con la frente alta.
Cada generación repite el gesto sin saberlo — el de subir al barco, el de plantarse en la Vuelta de Obligado, o en las invasiones inglesas, el de refundar lo que se cayó, ganar lo que se perdió.
Y en el fondo, esto que festejamos en la cancha no es más que el eco de otra pelea, mucho más vieja: la de todos los que llegaron sin nada, sin vuelta posible, y decidieron quedarse hasta que toque el pito final.
Pase lo que pase, los argentinos ya festejamos nuestro destino glorioso.