26/12/2022
¿Hay que aprender a Soltar?
Como en su momento los videoclubs, los parripollo o las canchas de paddle se puso de moda la palabra “Soltar”.
Es como si el mundo la hubiera descubierto hace unos meses, tras décadas de haberla ignorado; un verbo valoradísimo de repente, un verbo “nuevo rico”, invitado a cada conversación, ‘soltado’ en cada consejo. ¿Está usted triste? Debería soltar. ¿Tiene muchas deudas? Lo mejor sería que suelte. ¿Descubrió a su mujer con otro? Pruebe soltando.
Aparentemente, es suficiente con nombrar la acción para sentir que así se resuelve todo lo que nos " atrapa " en el pasado...
¿Pero soltar qué? ¿Soltar cómo? ¿Soltar todo? Por supuesto, se entiende el mensaje subyacente: no aferrarse al imposible, no anudarse a lo que hace mal. Pero no todo necesita que soltemos, no todo necesitamos no desafiar cara a cara...
¿Y si nos proponemos otra cosa?
Propongo el antónimo. Agarremos. Agarremos nuestros problemas, míremoslos a la cara: uno se entiende solamente con lo que ve de frente. Agarremos nuestros problemas, pongamosle un nombre. Este se llama desamor, este frustración, este hartazgo. Agarremoslo fuerte, con las dos manos, como se agarra la cara de a quien hace mucho se quiere besar. Hablemosle en voz alta, marquemos las consonantes. Y si nos da mucho miedo, no sólo agarremos: también exprimamoslo. Intentemos que la preocupación se le licue entre los dedos.
No hay posibilidad de desintegrar lo que se suelta. Lo que se ha dejado ir sigue gravitando ahí, como toda cosa suelta que no encuentra su lugar. No hay razones para suponer que nunca más vamos a tropezarnos con lo mismo, como tampoco para asumir que al Caos le baste ser soltado para que decida ordenarse.