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Melodías Noche Taína    El coquí no es simplemente una pequeña rana autóctona; es, literalmente, el latido constante y e...
17/05/2026

Melodías Noche Taína
El coquí no es simplemente una pequeña rana autóctona; es, literalmente, el latido constante y el alma de Puerto Rico. Para cualquier puertorriqueño, su cantar no es ruido ambiental: es una melodía de cuna, un símbolo de resistencia y la banda sonora oficial del nuestro bosques, montes y praderas.

1. El Origen: Los Guardianes de la Noche Taína
La historia del coquí comienza mucho antes de que se escribieran los primeros libros de historia. Para nuestros antepasados, los indios taínos, el coquí ya era un ser sagrado. Encontraban en su canto una conexión con la naturaleza y los espíritus.
Tanta era su importancia que los taínos inmortalizaron al coquí en sus **petroglifos** (grabados en piedra), los cuales aún se pueden encontrar en lugares como el Centro Ceremonial Indígena de Caguana en Utuado. Para ellos, no era solo un animal, sino un guardián de la noche.
2. La Anatomía de una Melodía: ¿Por qué es música?
A diferencia de los sapos comunes que emiten un graznido ronco, el *Eleutherodactylus coqui* posee una voz limpia, cristalina y perfectamente afinada. Lo que escuchamos como un solo sonido es en realidad una conversación dividida en dos notas musicales muy claras:
* **El "Co":** Es una nota baja. Los científicos han descubierto que los machos usan el "co" principalmente para advertir a otros machos sobre su territorio. Significa algo como: *"Este árbol es mío"*.
El "Quí":** Es una nota alta, un silbido agudo y vibrante. Esta nota está diseñada específicamente para atraer a las hembras. Significa: *"Aquí estoy, soy el más cantador"*.
Cuando cae el sol y miles de coquíes se unen en el monte, en el patio o en el bosque de El Yunque, no están gritando al azar; están armando un **coro polifónico**. Es una sinfonía natural que arrulla a la isla entera, una música tan perfecta que ayuda a conciliar el sueño y a calmar el espíritu.
3. "Soy de aquí, como el coquí": El Símbolo Cultural
El coquí se ha ganado el título de embajador cultural de Puerto Rico por una razón muy particular y poética: **su amor incondicional a su tierra**.
El coquí es un símbolo de arraigo. Aunque se ha intentado introducir en otros lugares del mundo, en ningún lado canta con la misma fuerza, alegría y libertad que en su amada isla. Si se aleja de su tierra, extraña su humedad, sus palmeras y su gente.

Por eso, la frase *"Soy de aquí como el coquí"* es el orgullo máximo de cualquier boricua, especialmente de aquellos que viven en la diáspora. Escuchar una grabación de su canto lejos de la isla es la forma más rápida de viajar de vuelta a casa, de sentir el olor a tierra mojada y el calor del hogar.

4. Presente en el Arte y el Alma Boricua
El canto del coquí ha inspirado a poetas, pintores, escritores y músicos folclóricos. Está presente en los aguinaldos navideños, en las trovas campesinas, en las leyendas que los abuelos les cuentan a los nietos antes de dormir y en las artesanías que adornan nuestras casas.
Es el sonido que nos recuerda que, no importa cuán oscura o tormentosa sea la noche, al final del día la naturaleza siempre nos regalará una canción de esperanza. El coquí no solo canta en los árboles; canta en el corazón de cada puertorriqueño.
Julie Cardona Lebron

17/05/2026

Me gusta el silencio y la soledad, me gusta escribir historias de todo tipo; herencia de mi padre. Tengo gratitud. Tengo la gracia de Dios

El aire en el Palacio de Malacañang era espeso, cargado con el aroma de los nardos frescos y el rastro metálico del mied...
11/05/2026

El aire en el Palacio de Malacañang era espeso, cargado con el aroma de los nardos frescos y el rastro metálico del miedo. Aquella noche de febrero de 1986, los pasillos que antes resonaban con el eco de los tacones de hierro de la "Mariposa de Hierro", solo escuchaban el frenético arrastrar de maletas y el susurro de las promesas rotas.
Imelda cerró los ojos por un segundo. Afuera, el rugido de la multitud era un trueno que amenazaba con derribar los portones de oro. Pero dentro, en la penumbra de sus aposentos, el tiempo parecía detenido.

El Santuario de Cuero y Seda
Abrió las puertas del vestidor, un santuario que desafiaba la realidad de las calles de Manila. Allí, bañados por la luz tenue de las lámparas de cristal, descansaban los soldados de su vanidad. Filas interminables de estantes que trepaban hasta el techo, una biblioteca de cuero fino, satén y pieles exóticas.
Había zapatos para cada capricho:
* **Los Ferragamo** que compró en un arrebato en Nueva York.
* **Los tacones de seda** bordados con perlas auténticas para los bailes de estado.
* **Las sandalias doradas** que, según ella, elevaban el espíritu del pueblo filipino cada vez que la veían caminar.
Eran mil, dos mil, tres mil... ya no importaba. Cada par era un trofeo, una prueba de que la niña pobre que una vez caminó descalza por los campos de Leyte ahora podía pisar el mundo sin tocar el suelo.
La Huida
—"¡Imelda, debemos irnos ahora!" —la voz de Ferdinand, debilitada por la enfermedad y el asedio, rompió el hechizo.
Ella echó una última mirada a su ejército de tacones. No podía llevarlos todos. Solo los diamantes, los lingotes de oro y un puñado de recuerdos cabían en los helicópteros estadounidenses que esperaban en el jardín. Dejó atrás los vestidos de gasa y los zapatos que nunca llegó a estrenar, alineados con una precisión militar que pronto sería profanada.
El Despertar de la Multitud
Horas más tarde, la marea humana rompió las defensas. Cuando los primeros manifestantes entraron en el palacio, esperaban encontrar armas o documentos de traición. Lo que encontraron fue más desolador: el vacío de la opulencia.
Un joven, con las manos sucias de barro y la mirada cansada de tanta lucha, se detuvo frente a la colección. Tomó un zapato de tacón de aguja, ligero como una pluma y costoso como la vida de una aldea entera. En el silencio de la habitación, el contraste era un grito.
Imelda ya estaba lejos, cruzando el océano hacia el exilio en Hawái, pero en el suelo de Malacañang quedaba el rastro de su mayor pecado: la belleza construida sobre la espalda de un pueblo que no tenía calzado para seguir su paso.
Aquellos 3,000 pares ya no eran accesorios; eran las lápidas de un imperio que se creía eterno.
Edición: Julie Cardona Lebron

Alicia retrocedió un paso.El viento de la tarde movía suavemente las cortinas de encaje de la casa de madera, mientras e...
09/05/2026

Alicia retrocedió un paso.
El viento de la tarde movía suavemente las cortinas de encaje de la casa de madera, mientras el profesor Ramírez la observaba como si hubiera visto un fantasma.

—¿Qué dijiste? —preguntó él, con la voz quebrada.

Ella tragó saliva.
Su corazón latía demasiado rápido.
No entendía por qué sabía ciertas cosas antes de que ocurrieran… por qué desde niña soñaba con relojes antiguos, pizarras llenas de fórmulas y una voz masculina diciéndole: “el tiempo no es una línea recta, Alicia”.

—Yo fui su ayudante… —repitió ella lentamente—. En un laboratorio. Habían pantallas… muchas luces… y usted tenía más canas.

El doctor Ramírez sintió que las piernas le fallaban.

Porque aquel laboratorio… todavía no existía.

Alicia comenzó a tocarse las sienes desesperadamente.

—Dios mío… yo recuerdo cosas… pero no han pasado todavía…

El profesor la tomó por los hombros.

—Escúchame con cuidado. ¿Qué más recuerdas?

Ella cerró los ojos.

Y entonces ocurrió.

Imágenes rápidas atravesaron su mente como relámpagos:

Un laboratorio subterráneo.
Sirenas rojas.
Un reloj de muñeca ardiendo.
Ella llorando frente al doctor.
Y una frase repetida una y otra vez:

“No debiste regresar a 1968…”

Alicia abrió los ojos llena de miedo.

—Profesor… algo salió mal en el futuro.

Él quedó inmóvil.

Porque acababa de entender algo aterrador:

No había viajado al pasado por accidente.

Alguien lo había enviado.

Y Alicia…
Alicia ya conocía el final de la historia.

A lo lejos comenzó a escucharse música desde una casa vecina.
Un bolero antiguo sonaba en la radio mientras el cielo comenzaba a teñirse naranja sobre aquella calle tranquila de 1968.

Pero debajo de aquella aparente calma… el tiempo acababa de fracturarse.

La fuerza fue tan intensa que Alicia sintió que sus dedos se desgarraban de la mano del profesor.
Escuchó su voz alejándose entre un ruido metálico y profundo, como si miles de relojes explotaran al mismo tiempo.

—¡ALICIA NO ME SUELTES!

Pero ya era tarde.

Todo comenzó a girar violentamente.
Luz.
Oscuridad.
Voces.
Recuerdos.

Y luego… silencio.

Cuando abrió los ojos, estaba tirada sobre una acera húmeda.
Llovía.

Respiró agitadamente mientras observaba alrededor.

Aquello no era 1968.

Ni tampoco el futuro elegante y perfecto que acababan de ver.

Era otra cosa.

Los edificios eran gigantescos, cubiertos de pantallas flotantes y anuncios luminosos moviéndose en el aire. Los vehículos no tenían ruedas; levitaban silenciosamente sobre las calles. Personas caminaban mirando hologramas suspendidos frente a sus rostros.

Alicia se levantó lentamente.

Sintió miedo.

Un miedo frío.

Entonces miró un enorme monitor digital colocado en la torre principal de la ciudad.

Año 2098.

Su respiración se detuvo.

—No… no… esto no puede ser…

De pronto alguien habló detrás de ella.

—Sabía que eventualmente llegarías aquí.

Alicia se volteó de golpe.

Y el alma se le salió del cuerpo.

Era ella misma.

Pero mucho mayor.

Tendría unos 50 años.
Cabello plateado.
Una cicatriz atravesándole el cuello.
Y en su muñeca… el mismo reloj.

La Alicia adulta la miró con tristeza.

—Lo dañamos todo.

La joven comenzó a retroceder.

—¿Qué… qué pasó con el profesor?

La mujer bajó la mirada.

Y por primera vez sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Murió tratando de salvarte.

El cielo comenzó a oscurecerse mientras sirenas lejanas sonaban sobre aquella ciudad futurista.

La Alicia adulta dio un paso al frente.

—Escúchame bien. El viaje en el tiempo nunca fue para cambiar el pasado…
Fue creado para encontrarte a ti.

—¿A mí? ¿Por qué?

La mujer tembló.

—Porque tú eres el error que rompió el tiempo.

El salón quedó en completo silencio.

Ni siquiera el ventilador antiguo del techo parecía moverse.

Todos los estudiantes miraban a Alicia como si acabara de hacer magia frente a ellos.

La pizarra estaba completamente llena de fórmulas imposibles.
Líneas de tiempo.
Cálculos gravitacionales.
Símbolos cuánticos mezclados con coordenadas astronómicas.

Y al final, encerrado en un círculo, había escrito algo que ni ella misma comprendía del todo:

“El tiempo no se abre con fuerza… responde a vínculos emocionales.”

El profesor Ramírez se quedó inmóvil.

Su rostro perdió color lentamente.

Porque aquella ecuación…
aquella exacta ecuación…

era la teoría secreta que él apenas comenzaría a desarrollar diez años después.

Alicia bajó el pedazo de tiza lentamente.

Podía escuchar su propio corazón.

Entonces el profesor caminó hacia la pizarra sin despegar los ojos de ella.

—¿Quién eres tú realmente? —preguntó casi en un susurro.

Ella quiso responder.

Pero en ese instante comenzó un fuerte pitido.

El reloj.

El reloj estaba ardiendo.

Las agujas giraban descontroladamente mientras las luces del salón comenzaban a parpadear. Los cristales vibraban. Los estudiantes gritaban confundidos.

Y Alicia sintió nuevamente aquella sensación…

El tiempo doblándose.

El profesor reaccionó rápido.

—¡TODOS SALGAN DEL SALÓN AHORA!

Las mesas comenzaron a deslizarse solas.
Los papeles flotaban en el aire.

Y detrás de Alicia…

apareció una grieta luminosa suspendida en medio del salón.

No era una puerta.

Era algo vivo.

Algo respirando.

Dentro de aquella abertura podían verse fragmentos de distintos tiempos ocurriendo al mismo tiempo:

Un Puerto Rico futurista cubierto por agua.
El laboratorio en El Yunque destruido.
Una Alicia anciana llorando frente a una tumba.
Y al profesor… mucho mayor… diciendo:

—No la dejes entrar… si entra, el ciclo comienza otra vez…

Alicia comenzó a llorar.

—¡No entiendo nada!

Entonces la grieta reaccionó a su voz.

Y una sombra salió lentamente desde el interior.

Alta.
Humana.
Pero distorsionada.

Como si estuviera hecha de humo y estrellas.

El profesor Ramírez quedó horrorizado.

Porque reconoció aquella silueta.

Era él mismo.

O lo que quedaba de él después de perderse durante décadas dentro del tiempo.
Julie Cardona Lebron El Biuti

Un agricultor quiso hacer un jardín lleno de flores, tanto de sol como de sombra. Siente que su obra maestra quedará esp...
26/04/2026

Un agricultor quiso hacer un jardín lleno de flores, tanto de sol como de sombra. Siente que su obra maestra quedará espectacular.

Todas las mañanas va una por una: las saluda, las mueve de lugar para exponerlas al sol, observa su progreso y hasta les canta, las acaricia, el agricultor oraba por cada una porque
algunas se pueden ahogar con demasiada agua; otras necesitan más espacio para expandir sus raíces. Pero hay otras… otras flores hermosas que, al tocarlas, pueden herirte. Te lastiman, y aun así el agricultor las sigues cuidando, porque las amas como a las demás flores, plantas y frutales.

El buen agricultor hace todo lo posible por cuidar, salvar y mantener su obra maestra.

Así mismo somos los creyentes. Dios conoce a cada uno, como el agricultor conoce a sus plantas; y aunque tardemos en dar fruto, nos cuida del calor, del frío…de las tempestades y nos da mantenimiento.
Escritora:Julie Cardona Lebron Biblia solo bibliaEscribiendo Con Fe El Biuti

No es una historia cómoda… pero sí una que vale la pena contar.  “DONDE EL AMOR NO PIDE PERMISO”El sol caía pesado sobre...
12/04/2026

No es una historia cómoda… pero sí una que vale la pena contar.

“DONDE EL AMOR NO PIDE PERMISO”

El sol caía pesado sobre los campos, como si también él estuviera cansado de ver siempre lo mismo. Filas interminables, cuerpos doblados, silencio impuesto.

Clara no miraba al cielo mientras trabajaba. Había aprendido que soñar podía doler más que el cansancio. Sus manos estaban marcadas por la tierra, pero sus ojos… sus ojos seguían vivos.

Él la vio primero.

Thomas no era como los demás hombres de la plantación. Hijo del dueño, sí. Blanco, sí. Privilegiado desde la cuna. Pero había algo que no encajaba en él… una incomodidad constante, como si su alma no aceptara el mundo donde había nacido.

La vio levantar la mirada por un segundo. Solo un segundo.

Y fue suficiente.

Al principio, fueron miradas robadas.
Después, coincidencias “accidentales”.
Luego… palabras.

—¿Cómo te llamas? —preguntó él una tarde, en voz baja, como si el viento pudiera delatarlo.

Clara dudó. Decir su nombre era exponerse.

—Clara.

Ese nombre se le quedó grabado como una promesa.

El amor no llegó como tormenta… llegó como agua suave que insiste.

Thomas empezó a buscarla. No por capricho. No por poder. Sino porque, por primera vez, alguien lo hacía sentirse humano.

Y Clara… luchaba contra eso.

—Esto no puede ser —le dijo una noche, escondidos detrás del granero—. Tú puedes irte. Yo no.

—No quiero irme sin ti —respondió él, firme, por primera vez sin duda.

Ella soltó una risa amarga.

—El mundo no funciona así.

—Entonces lo cambiamos.

Pero el mundo… no se deja cambiar fácilmente.

Los rumores empezaron. Miradas largas. Susurros venenosos.

Una noche, los descubrieron hablando.

El castigo no fue para él.

Nunca lo era.

Clara fue arrastrada frente a todos. Thomas gritó, intentó detenerlo… pero su apellido pesaba más como culpa que como autoridad.

Ese día, él entendió algo que le rompió el alma:
su silencio también la estaba matando.

Esa misma noche, tomó una decisión.

No heroica. No perfecta. Pero necesaria.

—Nos vamos —le dijo, con una determinación que no conocía en sí mismo.

Clara lo miró como si estuviera viendo un sueño peligroso.

—Nos van a perseguir.

—Lo sé.

—Nos pueden matar.

—Lo sé.

—Entonces… ¿por qué?

Thomas respiró hondo.

—Porque quedarme es peor.

Escaparon en la oscuridad.

Sin mapa. Sin garantía. Solo con una fe terca y un amor que ya no cabía en escondites.

Días caminando. Hambre. Miedo. El sonido de caballos a lo lejos. Cada crujido en el bosque era una amenaza.

Pero también hubo momentos…

Manos entrelazadas en silencio.
Miradas que decían “seguimos”.
Y una promesa sin palabras: no soltarnos.

Una mujer los encontró al borde del colapso.
Libre. Valiente. Parte de una red que ayudaba a escapar a otros.

No preguntó demasiado.

—Si van a hacer esto… háganlo bien —les dijo—. Porque el amor no basta si no es valiente.

Pasaron meses.

Cambiaron nombres. Cambiaron caminos. Perdieron el pasado.

Pero no se perdieron entre ellos.

En el norte, finalmente, encontraron algo parecido a paz.

No era perfecta. No era completa.

Pero era suya.

Años después, alguien les preguntó cómo lo lograron.

Clara respondió, sin titubear:

—No lo logramos solos. Lo logramos porque decidimos que el miedo no iba a mandar.

Thomas la miró, como aquel primer día.

—Y porque el amor… no pide permiso.

Y aunque el mundo había intentado separarlos desde el principio,
ellos hicieron algo más fuerte que resistir:

Eligieron quedarse juntos,
Una y otra vez, venciendo cada día, amándose siempre.

EscritorJulie Cardona Lebronn

CUANDO EL LLANTO FUE LA ÚLTIMA ORACIÓNLa Biblia cuenta un momento muy profundo en la vida del rey Ezequías.Un momento qu...
26/03/2026

CUANDO EL LLANTO FUE LA ÚLTIMA ORACIÓN

La Biblia cuenta un momento muy profundo en la vida del rey Ezequías.

Un momento que muchos también han vivido:
cuando el cuerpo se debilita,
cuando la muerte parece cercana,
cuando los días se sienten contados.

En aquellos días Ezequías enfermó de muerte.
Y vino a él el profeta Isaías… y le dijo:
Jehová dice así: Ordena tu casa, porque morirás, y no vivirás.”
(Isaías 38:1)

Qué mensaje tan fuerte.
No venía de un médico.
No venía de la gente.
Lo decía Dios mismo.

Era una sentencia definitiva:
Prepárate. Tu tiempo en la tierra termina.

Cualquiera se habría derrumbado.
Cualquiera habría dicho: “Ya no hay nada qué hacer.”

Pero Ezequías hizo algo que cambia destinos:

“Entonces volvió Ezequías su rostro a la pared, e hizo oración a Jehová…”
(Isaías 38:2)

Se dio la vuelta.
Dejó de mirar al mensajero.
Dejó de mirar el diagnóstico.
Dejó de mirar la cama, el dolor, la situación.

Puso sus ojos en Dios.

No gritó delante de la gente.
No llamó a los soldados.
No ordenó oro, médicos ni ejércitos.

Solo oró.

Y oró desde el corazón.
Desde la verdad.
Desde la memoria de su caminar con Dios.

“Oh Jehová, te ruego que te acuerdes ahora que he andado delante de ti en verdad y con íntegro corazón.”

No estaba negociando.
No estaba discutiendo.
No estaba exigiendo.

Solamente estaba abriendo el alma.
Reconociendo su dependencia.
Mostrando que lo único eterno que tenía era Dios.

Y dice la Escritura algo que toca el alma:

Y lloró Ezequías con gran lloro.” (Isaías 38:3)

No era un llanto de derrota.
Era un llanto de entrega.
Era un llanto de hijo delante del Padre.

Y cuando un hijo llora delante de Dios con sinceridad…
el cielo no queda callado.

Porque Dios no es indiferente.
Dios no es frío.
Dios no es lejano.

Mientras el hombre lloraba en silencio,
Dios estaba escuchando.

Y entonces, antes de que Isaías siquiera saliera del palacio,
vino palabra de Jehová:

“Ve y di a Ezequías: He oído tu oración, y visto tus lágrimas.”
(Isaías 38:5)

Dios no dijo: "He oído tus palabras."
Dijo: “He visto tus lágrimas.”

Las lágrimas hablan.
Las lágrimas son oración sin voz.
Las lágrimas son el alma derramándose delante de Dios.

Dios las vio… y se conmovió.

Y declaró:
“He aquí que yo añado a tus días quince años.”

Cuando el hombre dijo: “Es el final”,
Dios dijo: “Voy a empezar algo nuevo.”

Cuando la muerte parecía segura,
Dios dijo: “Aún no.”

Cuando la historia parecía cerrada,
Dios escribió otro capítulo.

La oración cambió un destino.
La oración movió el cielo.
La oración abrió una puerta donde no había ninguna.

Si tú estás cansado… ora.
Si tú estás enfermo… ora.
Si tú estás asustado… ora.
Si sientes que algo está por terminar… ora.

Pero ora como Ezequías:
No con apariencia.
No con palabras bonitas.
No con religiosidad.

Ora con verdad.
Ora con el alma.
Ora con lágrimas si es necesario.

Porque Dios sigue siendo el mismo.
El Dios que escuchó a Ezequías…
te escucha a ti también.

Él ve tu corazón.
Él ve tus batallas.
Él ve tus lágrimas.

Y Él dice hoy:

“He oído tu oración.”

No todo está perdido.
No todo ha terminado.
Dios puede darle años a lo que ya parecía acabado.

Cuando el hombre dice: “No se puede”,
Dios responde: “Yo haré”.

Amén.
Datos: Escribiendo Con Fe

Dejó sus sueños a los 23 para que su bisabuelo no muriera solo. En 1974, Dan Jury entró a un hogar de ancianos y encontr...
23/03/2026

Dejó sus sueños a los 23 para que su bisabuelo no muriera solo. En 1974, Dan Jury entró a un hogar de ancianos y encontró a su bisabuelo, Frank Tugend, reducido a un número más, en silencio, olvidado por el mundo pese a haber sobrevivido guerras, pobreza y la Gran Depresión, y en ese instante tomó una decisión que pocos se atreverían: sacarlo de allí y cuidarlo él mismo, sin experiencia, sin guía, solo con paciencia; mientras otros perseguían carreras, él aprendió desde cero a alimentarlo, bañarlo, vestirlo y, sobre todo, devolverle dignidad, acompañándolo incluso en los días en que la confusión lo hacía sentirse una carga, a lo que Dan siempre respondía que en realidad estaba aprendiendo lo más importante de la vida. Durante esos años capturó momentos reales del envejecimiento que luego se convirtieron en el libro Gramp, una obra que no solo vendió miles de copias sino que ayudó a cambiar la forma en que muchas personas entendían el cuidado de los adultos mayores, impulsando una visión más humana donde el final de la vida no tiene que ser en soledad; en 1977, Frank no murió en un hospital ni rodeado de desconocidos, murió en casa, en brazos de su bisnieto, y Dan entendió algo que pocos descubren a tiempo: cuidar no es perder el tiempo… es darle sentido.

Creditos: Conocimientum

A veces un padre se equivoca, se cansa, se queda corto y hasta siente que no lo está haciendo bien… pero hay algo que lo...
20/03/2026

A veces un padre se equivoca, se cansa, se queda corto y hasta siente que no lo está haciendo bien… pero hay algo que los hijos jamás olvidan: el amor.

No te castigues tanto por tus errores. Corrige, aprende, abraza, pide perdón si hace falta y sigue presente.

Porque al final, tus hijos no recordarán cada caída… recordarán cuánto los amaste. ❤️

El romance de David y Betsabé Fue una historia que empezó con deseo… y terminó marcada por lágrimas.David no era un jove...
02/03/2026

El romance de David y Betsabé

Fue una historia que empezó con deseo… y terminó marcada por lágrimas.

David no era un joven pastor cualquiera. Era rey. Guerrero. Poeta. El hombre que había vencido gigantes y escrito salmos que aún estremecen el alma. Pero una tarde, cuando los reyes debían estar en la batalla, él se quedó en Jerusalén.

Desde la azotea del palacio la vio.

Betsabé se bañaba. No era una escena preparada para seducir; era una mujer en la intimidad de su hogar. Pero la mirada del rey se detuvo… y no quiso apartarse.

Preguntó quién era.

—Es Betsabé, hija de Eliam, esposa de Urías el hitita.

Esposa.

Ahí debió terminar todo. Pero no terminó. David la mandó a llamar. El poder hizo lo que el corazón no debió permitir. Se encontraron. El deseo ganó terreno sobre la conciencia.

Y luego vino el mensaje que cambió el rumbo:

—Estoy embarazada.

El miedo sustituyó al placer. David intentó cubrir su pecado trayendo a Urías de la guerra para que estuviera con su esposa. Pero Urías, hombre leal, se negó a disfrutar del descanso mientras sus compañeros combatían.

Entonces David cruzó una línea aún más oscura. Ordenó que Urías fuera puesto al frente de la batalla… y abandonado.

Urías murió.

Y David tomó a Betsabé como esposa.

Parecía que todo había quedado en silencio. Pero el cielo no guarda silencio ante la injusticia. El profeta Natán enfrentó al rey con una parábola que lo desnudó por dentro. David entendió. Se quebró. Lloró. Escribió palabras que aún hoy son un clamor de arrepentimiento: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio…”

El hijo nacido de aquella unión enfermó y murió. Dolor profundo. Consecuencia real.

Pero la historia no terminó ahí.

Con el tiempo, Betsabé volvió a concebir. Y de esa unión nació Salomón. Sí, el mismo que sería conocido como el rey más sabio de Israel.

Esta no es una historia romántica en el sentido dulce. Es una historia humana. Frágil. Real. Habla de poder mal usado, de culpa, de arrepentimiento sincero… y de un Dios que no aprueba el pecado, pero sí responde al corazón humillado.

No es un cuento de hadas.

Es una advertencia… y también una esperanza.

23/02/2026

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