26/06/2026
Cada tanto se agita ese vaso lleno de agua, y lo que hay en el fondo se eleva, sale de su quietud escondida y enturbia el agua que aparentaba ser transparente.
Y en ese agitar, siempre producido por un nuevo caudal de agua fresca, el vaso rebalsa llevándose, en el agua derramada, la basura que estaba en el fondo.
Luego todo se calma y el agua vuelve a aquietarse, a aclararse... por un tiempo.
Porque siempre habrá un nuevo chorro de agua limpia que llegará para agitar y limpiar tus aguas dormidas.
Ese chorro viene con distintas formas, con distintas apariencias. Pero siempre saca a la luz tus monstruos más horribles: tus rencores, tus enojos, tus juicios, tu desamor.
Esos monstruos que creías vencidos, o al menos apaciguados.
Esos monstruos que te habitan desde hace siglos y que por momentos te gobiernan.
Esos monstruos que logran que creas que ellos y vos son una misma cosa o una misma persona.
Pero cuando podés separarte de tus monstruos y simplemente observarlos, comprendés que ya no tenés que alimentarlos.
Ocupás demasiado tiempo en alimentar a tus monstruos, a veces te los tomás muy en serio.
Y así te perdés de disfrutar la belleza de los encuentros, o te olvidás de agradecer las posibilidades.
Dejá que ese agitar de aguas te vacía y te renueve.
Observá a tus monstruos sacándose las máscaras y mostrando sus horrendos rostros.
Solo contemplalos. No luches. Ya verás como pronto se disuelven.
Los verás rebalsarse saliendo por el borde de tu cuenco hasta perderlos de vista, hasta que tus aguas vuelvan a la calma.
Pero es importante que los veas, para que no te engañen.
Y sabés que siempre habrá monstruos.
Pero también sabés que de eso se trata el camino.
Con amor, Bea.