28/07/2026
“La mayoría de las parejas están compuestas por dos niños asustados y heridos que esperan mutuamente que el otro sane sus heridas.”
Esta frase, atribuida a Krishnananda, me hizo pensar mucho en mi propia historia.
Durante años creí que para sanar tenía que alejarme de las relaciones. Después de mi divorcio, hace 11 años, decidí trabajar profundamente en mí. Medité, me refugié en mi mundo interior y esperé sentirme completamente sana antes de volver a abrir mi corazón.
Pero hoy entiendo algo diferente.
No necesitamos sanar completamente para amar.
Todos tenemos heridas, miedos y una historia.
Sanar es aprender a reconocer nuestras heridas para no pedirle al otro que haga el trabajo que nos corresponde a nosotros.
Y también entendí que las relaciones humanas son parte de la sanación.
Las amistades.
Los vínculos.
El amor.
Incluso esos encuentros inesperados que llegan para mostrarnos algo que todavía necesitamos mirar.
Hace dos meses, mientras salía a correr, me atropelló un auto.
El impacto físico fue fuerte. Estuve un mes en cama recuperándome de las heridas.
Pero hubo algo que me dolió todavía más:
que el conductor se fuera sin siquiera detenerse para ayudarme.
Ese abandono despertó heridas que yo creía mucho más sanadas.
Y ahí entendí que sanar no significa dejar de sentir miedo a ser abandonada.
Significa poder sentir ese miedo…
y aun así no abandonarme a mí misma.
No perseguir.
No controlar.
No aceptar cualquier cosa para que alguien se quede.
No dejar de ser quien soy por miedo a perder al otro.
Quizás sanar no sea escondernos del mundo para no volver a ser heridos.
Quizás sanar sea animarnos a volver a vincularnos, pero desde un lugar diferente.
Con más conciencia.
Con más amor propio.
Con más responsabilidad emocional.
Porque no se trata de encontrar a alguien que venga a salvar a nuestra niña interior.
Se trata de aprender a abrazarla nosotros mismos…
y permitir que otros nos acompañen mientras seguimos sanando.
Mi niña interior todavía está aprendiendo.
Y hoy elijo escucharla, abrazarla y decirle:
“Ya no estás sola. Estoy aquí para ti”