27/04/2026
Hoy en nuestro taller recorrimos temas profundos,
Exploramos cómo la relación entre hermanos muchas veces se ve profundamente influida por cómo fuimos mirados, valorados o comparados por nuestros padres. Desde esa mirada pueden nacer envidias, rivalidades, competencias silenciosas y heridas que nos hacen sentir menos vistos o menos valorados. Entonces aparece esa sensación dolorosa de que el otro tuvo más suerte, más amor o más oportunidades.
También comprendimos que, como madres, uno de los actos más profundos de amor es respetar el destino de nuestros hijos. Aunque a veces cueste entender sus caminos, existe un orden mayor, una sabiduría más grande que muchas veces escapa a nuestra comprensión. Cuando confiamos —en el universo, en Dios o en aquello en lo que cada una crea— el recorrido se vuelve más liviano, porque dejamos de luchar contra lo que es.
En nuestra vida también aparecen personas difíciles, vínculos que nos desafían y nos confrontan. Muchas veces el mayor sufrimiento no proviene solo de lo que el otro hace, sino de nuestra resistencia a aceptar que el otro es distinto a como quisiéramos. El dolor más profundo suele surgir cuando sentimos que no somos aceptados tal como somos. Allí aparece una herida antigua: la necesidad de pertenecer, de ser vistos y amados sin condiciones.
A veces, por amor, nuestros hijos toman cargas que no les corresponden. Intentan ocupar el lugar de nuestros padres, protegernos, sostenernos o incluso sufrir por nosotros. En su amor inocente parecieran decir: “Yo por ti, mamá”. Pero ningún hijo debería cargar con el dolor de su madre. Nuestro trabajo es devolverles su lugar: el de hijos, libres para vivir su propia vida, sin el peso de salvarnos. Porque amar también es permitirles ser pequeños, y confiar en que nosotras podemos hacernos cargo de nuestra propia historia.