26/05/2026
Estos últimos fines de semana han estado llenos de estudio, formación, viajes, cansancio, aprendizaje y nuevos desafíos. He seguido avanzando, aun cuando a veces el cuerpo pesa, aun cuando el camino exige más de lo que una imaginaba.
Pero cada vez que me veo estudiando, entrando a un congreso, participando en un taller o intentando abrir una nueva puerta profesional, vuelvo inevitablemente a mi historia.
Vuelvo a mi casa.
A esa casa donde quizá nunca sobró nada, pero donde nunca faltó el impulso para aprender, crear, estudiar y soñar. Donde estar quieta no era una opción, porque siempre había algo que hacer, algo que leer, algo que practicar, algo que imaginar.
Era acompañar a mi madre a la universidad mientras ella estudiaba.
Era pasar horas en el taller de escultura de papá.
Era escuchar música clásica, escuchar la ópera de mi abuelo paterno, mirar libros de arte y soñar con esos museos lejanos que parecían parte de otro mundo.
Ahí nació mucho de lo que soy.
Mi madre me enseñó, con su ejemplo, que estudiar no era una obligación: era una forma de vida. Me enseñó que el conocimiento abre puertas, que aprender da libertad y que una mujer también puede construir su destino desde sus sueños, su esfuerzo y su preparación.
Por eso, todo esto se lo dedico primero a ella luego Dios y a mi familia.
Gracias por inculcarme el hábito más hermoso que una persona puede recibir: el amor por aprender. Gracias por cada sacrificio, por cada esfuerzo silencioso, por cada oportunidad sembrada desde pequeña, incluso cuando quizá no sabíamos hasta dónde me iba a llevar.
Con los años, ese esfuerzo nos ha dado muchas alegrías a toda nuestra familia. Cada logro también les pertenece.
Sigo estudiando porque esa fue la herencia más valiosa que recibí.
Sigo avanzando porque aprendí desde pequeña que los sueños también se trabajan.
Sigo formándome porque cada libro, cada viaje, cada congreso y cada nuevo aprendizaje son, de alguna manera, una forma de decir:
Gracias, mamá.
Gracias por enseñarme a no dejar de crecer.