Dra. Aileen Vargas Villalobos, Psicóloga Clínica y de la Salud Mental

Dra. Aileen Vargas Villalobos, Psicóloga Clínica y de la Salud Mental Psicología clínica y salud mental (depresión, ansiedad, duelo, traumas, autoestima, manejo de estrés, emociones, manejo de conflictos, cultura de paz)

💔 Ser madre duele. Y sí, hablo de dolor físico.Duele parir.Duele cuando las contracciones te doblan el cuerpo y aun así ...
30/07/2026

💔 Ser madre duele. Y sí, hablo de dolor físico.

Duele parir.

Duele cuando las contracciones te doblan el cuerpo y aun así tienes que respirar porque alguien dentro de ti está intentando llegar al mundo.

Duele cuando pujas y sientes que ya no puedes más.

Duele cuando te cosen.

Duele levantarte después.

Duele caminar.

Duele sentarte.

Duele ir al baño con miedo.

Duele reírte, toser, cargar algo, moverte tantito.

Duele la cesárea.

Duele la herida.

Duele sentir que tu cuerpo fue abierto, movido, cerrado… y aun así todos esperan que estés feliz porque “el bebé está bien”.

Y claro que estás feliz.

Pero también estás rota.

También estás cansada.

También estás adolorida.

También necesitas que alguien mire más allá del bebé y pregunte:

“¿Y tú cómo estás?”

Duele dar pecho.

Y no me vengan con que “es lo más natural del mundo”, porque natural no significa fácil.

Duelen los pezones agrietados.

Duele cuando el bebé se prende mal.

Duele cuando la leche baja y el pecho parece piedra.

Duele cuando sangra.

Duele cuando lloras en silencio porque quieres alimentar a tu bebé, pero cada toma se siente como aguantar la respiración.

Y aun así lo acercas.

Lo cargas.

Lo intentas otra vez.

Porque una madre muchas veces aprende a amar mientras aprieta los dientes.

Pero hay dolores que no se ven en el cuerpo.

Y esos a veces pesan más.

Duele cuando la persona que te prometió estar contigo en las buenas y en las malas empieza a irse justo cuando más lo necesitas.

No siempre se va con una maleta.

A veces se va quedándose en la misma casa.

Se va cuando duerme mientras tú estás despierta por tercera vez en la madrugada.

Se va cuando te ve llorar y no pregunta nada.

Se va cuando dice que está cansado, pero no nota que tú llevas días sobreviviendo.

Se va cuando te deja sola emocionalmente con un bebé en brazos y una casa encima.

Y a veces sí.

A veces se va de verdad.

Cierra la puerta.

Deja pendientes.

Deja preguntas.

Deja una cuna, una mujer cansada y un bebé que no entiende por qué mamá llora mientras lo arrulla.

Ese dolor no sale en las fotos.

No se nota cuando visitas al pediatra.

No se ve debajo de la ropa.

Pero está ahí.

En la espalda.

En el pecho.

En la garganta.

En las noches donde el bebé duerme por fin y tú no puedes dormir porque tu cabeza no se calla.

Ser madre duele.

Duele el cuerpo.

Duele el alma.

Duele despedirte de la mujer que eras antes.

Duele mirar tu abdomen y no reconocerlo.

Duele extrañar tu libertad y sentir culpa por extrañarla.

Duele amar tanto a alguien que de pronto tu miedo ya no cabe dentro de ti.

Y aun así…

ahí estás.

Con sueño.

Con dolor.

Con la blusa manchada de leche.

Con el cabello hecho un desastre.

Con la herida ardiendo.

Con el corazón partido algunas noches.

Pero ahí estás.

Sosteniendo una vida.

Aprendiendo a sostenerte a ti también.

Porque ser madre no es esa imagen perfecta que muchos quieren vender.

Ser madre también es llorar en el baño cinco minutos y salir como si nada porque el bebé volvió a llorar.

Es comer frío.

Es bañarte rápido.

Es fingir fuerza cuando por dentro estás pidiendo auxilio.

Es amar con todo el cuerpo, incluso cuando ese cuerpo todavía duele.

Y por eso una madre no necesita que le digan exagerada.

No necesita que minimicen su cansancio.

No necesita escuchar que antes las mujeres aguantaban más.

Necesita respeto.

Necesita apoyo.

Necesita descanso.

Necesita que alguien entienda que traer un hijo al mundo no termina cuando nace el bebé.

También empieza una recuperación.

Una transformación.

Una batalla silenciosa que muchas viven sonriendo para no preocupar a nadie.

Ser madre duele.

Pero no porque seas débil.

Duele porque estás dando vida, alimento, amor, tiempo, cuerpo, sueño, piel y alma.

Y nadie debería pedirte que lo hagas sola.

29/07/2026

"Me fui a España hace cinco años. Iba huyendo de la escasez, buscando de perdida una pequeña luz. Dejé a mis hijos encargados con mi mamá, prometiéndoles a ellos y a mí misma que muy pronto todo iba a cambiar. Esos primeros meses fueron un verdadero in****no. Compartía un cuarto con otras cuatro personas totalmente desconocidas; trabajaba cuidando a una adulta mayor de sol a sol, sin un solo día de descanso, y en las noches me iba a limpiar oficinas para ganarme un extra. Dormía si acaso cuatro horas diarias y comía las puras sobras de lo que quedaba. Pero no me rendía, porque tenía una meta bien clara: traer a mis hijos conmigo.

Poquito a poco la cosa empezó a mejorar. Conseguí mis papeles, encontré una chamba más ligera y renté un departamento chiquito, pero por lo menos ya no vivía con extraños. Incluso empecé a guardar un guardadito para los pasajes de mis niños. A pesar del cansancio, sentía un orgullo chingón: lo había logrado, había aguantado vara.

Pero con el tiempo, empecé a notar algo que me carcomía el alma. Cada vez que marcaba a la casa, la plática terminaba exactamente igual: siempre querían algo de mí. Mi hermano me pedía para arreglar su carro. Mi mamá, para los recibos de la luz y el agua que nunca acababan. Mis primas, que les mandara ropa de marca en las cajas porque «allá en España todo es más bara». Nadie me preguntaba cómo estaba yo. Nadie quería saber si me la pasaba llorando de la pura soledad en las noches, o si de perdida tenía algo caliente para cenar.

Una Navidad me pegó una influenza horrible. No me pude levantar de la cama en tres días. Sola, entre cuatro paredes, ni una triste taza de té había quien me arrimara. Escribí en el grupo de WhatsApp de la familia, esperando de perdida una palabra de aliento. Puro silencio. A los dos días, mi cuñada me mandó un mensaje de voz larguísimo: que le urgía que le depositara dinero, porque mi sobrino «estaba sufriendo» porque su celular ya estaba muy viejo.

Ahí fue cuando abrí los ojos. Para ellos yo no era una hermana, ni una hija, ni una tía. Yo era un cajero automático con pies. Yo nomás existía cuando necesitaban «sacar efectivo».

El golpe más duro me llegó cuando por fin junté toda la lana para tramitar el viaje de mis hijos. Les llamé llorando de la pura felicidad, esperando que se alegraran conmigo. Y mi mamá me sale con esto: «Oye, mejor mándame ese dinero a mí, es que urge cambiar las láminas del techo de la casa. Al cabo que los niños… los niños pueden aguantarse otro año ahí conmigo».

En ese preciso instante, algo dentro de mí se rompió. Me la pasé llorando días enteros.

Desde ese día, todo cambió. Dejé de contarles mis planes. Me callé mis éxitos. Tramité todo lo de mis hijos a la chita callando, sin decirle a nadie, hasta que los tuve aquí conmigo, a mi lado. Y cuando de la casa volvieron a llegar los mensajes de «hazme el paro con un dinero», simplemente les dije: «No».

¡No se imaginan el dramón que armaron! Me tiraron con todo, me dejaron de hablar, me tacharon de egoísta y de malagradecida. Decían que ya se me había subido por andar en España y que ya me sentía mucho.

Pero ya me vale madre. Entendí una verdad bien amarga: hay gente que nunca va a valorar tu sacrificio. Te van a «amar» nomás mientras te puedan sacar algo. Y se vale pintar tu raya y poner límites, aunque te pongan la etiqueta de ser la mala del cuento. Hoy mis hijos están conmigo. Estamos construyendo nuestra vida aquí. Y eso… eso es lo único que importa".

¿Qué te parece está historia? Te identificas se alguna manera?

Ojalá que todas las mujeres tengan un compañero.Pero uno de verdad.Uno que realmente acompañe.Que te libere la carga los...
27/07/2026

Ojalá que todas las mujeres tengan un compañero.

Pero uno de verdad.

Uno que realmente acompañe.

Que te libere la carga los días en los que ya no puedes más, sin tener que pedírselo.

Uno que entienda lo difícil que es quedarse en casa. Que sepa que cuidar hijos, llevar un hogar y estar disponible para todos todo el día también cansa. Y mucho.

Que nunca convierta tu agotamiento en una competencia diciendo: “Yo también me cansé hoy.”

Porque ningún cansancio debería compararse con el de una mamá que lleva días, semanas o meses sosteniendo a todos antes que a ella misma.

Uno al que no tengas que pedirle atención en sus días libres porque, de verdad, quiera dedicarlos a su familia.

Que deje el celular a un lado para jugar con sus hijos, para escucharte, para estar presente.

Uno que note tus ojeras sin que tengas que señalárselas. Que vea tu cansancio antes de que termine convertido en lágrimas.

Uno que se dé cuenta de que a veces no necesitas que te resuelva la vida. Solo que te vea. Que te abrace. Que te pregunte cómo estás… y de verdad espere la respuesta.

Uno que no te llame exagerada, dramática o intensa cuando expresas cómo te sientes.

Que no minimice tus emociones ni te haga sentir culpable por estar cansada.

Porque hay un tipo de soledad que duele más que estar sola: sentirte sola al lado de la persona con la que decidiste construir una vida.

Uno que te dé estabilidad y libertad económica. No para controlarte, sino para que vivas con tranquilidad, con seguridad y con la certeza de que son un equipo.

Uno que no te haga a un lado en las decisiones. Ni en las grandes, ni en las pequeñas.

Que te pregunte tu opinión porque la valora. Que te haga sentir escuchada porque te respeta.

Uno que no solo diga que ama a su familia, sino que lo demuestre con su tiempo, con su paciencia, con su presencia y con sus acciones de todos los días.

Porque hay mujeres que no están pidiendo lujos, viajes o una vida perfecta.

Solo están cansadas de sentirse invisibles.

Cansadas de tener que explicar por qué están agotadas.

Cansadas de pedir un poco de ayuda, un poco de atención, un poco de ternura.

Porque ser un buen compañero no es hacer “ayuda”. Es entender que la familia se construye entre dos.

Ojalá que todas las mujeres sepan lo que se siente tener a alguien que no solo camina a su lado cuando todo va bien, sino también en los días en los que sienten que ya no pueden más.

Porque nadie debería sentirse sola mientras duerme al lado de la persona que prometió acompañarla toda la vida.

25/07/2026
Hace unos días, mi esposa y yo tuvimos un pleito. Nada grave… pero en cierto momento, ella me dijo una frase que desde e...
20/07/2026

Hace unos días, mi esposa y yo tuvimos un pleito. Nada grave… pero en cierto momento, ella me dijo una frase que desde entonces no me puedo sacar de la cabeza.

Me preguntó:
— Dime la verdad… ¿a ti te gustaría que tu hija se casara con un hombre como tú?

Me quedé helado. Lo pensé por un segundo y le respondí con el corazón en la mano:
— No. Yo preferiría que tuviera a su lado a alguien mejor que yo. Que no le levante la voz, que no se desquite con ella por cualquier tontería. No querría que nadie le hiciera daño ni la hiciera sufrir jamás.

No soportaría verla llorar a solas en su cuarto, tapándose la cara con las manos… justo como a veces lo hace mi esposa después de que discutimos.

Para mí, Sofía —incluso cuando cumpla los veinte— siempre va a ser esa escuincla que en las noches se me subía a los brazos, que se atacaba de risa cuando le hacía cosquillas y se abrazaba fuerte a mí.

Y yo quiero que su futuro esposo la ame todavía más de lo que yo, a veces, logro amar a mi esposa hoy en día.

Quiero que le tenga paciencia a sus cambios de humor, que sea tierno con sus errores y comprensivo en los momentos difíciles.

Que la valore tal como es, con todas sus virtudes y sus pequeños defectos.

Que sea su apoyo, su lugar seguro, un verdadero compañero de vida.

Y más que nada — que la haga feliz.

Porque estoy seguro de una cosa: mi hija se merece lo mejor del mundo. Y creo que cualquier papá siente exactamente lo mismo.

Y luego, fue como si me cayera el veinte…

¿Por qué a veces se nos olvida que nuestras esposas también son las hijas de alguien?
Que hubo un tiempo en que las amaron sin condiciones.
Que su papá les daba un beso en la frente, las arrullaba para dormir y soñaba con que tuvieran una vida feliz.

Así que antes de ofender a tu esposa,

antes de alzarle la voz,

antes de soltar una palabra de la que ya no te puedas rajar —

detente.

Y hazte una pregunta bien simple:

¿te gustaría que trataran así a tu hija?

Tengo 44… y la verdad es que ni me había dado cuenta de qué tan rápido había cambiado mi vida, hasta que mi mamá me dijo...
14/07/2026

Tengo 44… y la verdad es que ni me había dado cuenta de qué tan rápido había cambiado mi vida, hasta que mi mamá me dijo una frase bien bajito que me movió todo por dentro:

"¿Me dejas quedarme a vivir contigo un tiempo?
Es que las noches en la casa se pusieron demasiado silenciosas".

Lo dijo bien tranquila.

Sin hacer dramas.

Como si nomás me estuviera preguntando si quería un café, y no como si estuviera huyendo de esa soledad que le empieza a pesar en el alma en cuanto se mete el sol.

Tiene 79 años.

Todavía es bien entrada para hablar, tiene buen sentido del humor y es bien terca.

Sigue segurísima de que puede cargar las bolsas del mandado que hasta a mí ya se me hacen pesadas.

Pero el silencio con la edad, ese silencio se empieza a notar más.

Claro que le dije que sí.

Yo pensaba que era ella la que necesitaba compañía.

No tenía idea de que yo también la necesitaba.

Ella trajo su propio ritmo a mi casa.
Todas las tardes, casi con reloj en mano —a las 6:45—, me toca la puerta del cuarto despacito y me dice:

"Vámonos a dar una vuelta tantito, antes de que se oscurezca".

No me lo pregunta.

Es como un recordatorio bien cariñoso y suave.

Y nos vamos.

Despacito.

Bien tranquilas.

Como si el mundo ya no fuera algo que hay que corretear, sino algo que nomás nos toca alcanzar a ver.

Cuando andamos caminando, ella nota absolutamente todo:

"Mira, los vecinos ya pintaron su barda".

"Esa paloma ya nos viene siguiendo desde la otra cuadra".

"¿Hueles? Ya va a llover, huele a tierra mojada".

Me sorprende mucho cómo, con los años, esos pequeños detalles se vuelven pura poesía.

El momento que me cambió por dentro.
Una tarde, de la nada, se detuvo a la mitad de la banqueta.

Levantó la cabeza para ver el cielo —que estaba pintado de naranja con morado, bien calientito— y dijo bajito:

"Mi mamá siempre decía que, cuando se mete el sol, es como si el mundo por fin soltara un suspiro".

En su voz no había tristeza.

Eran puros recuerdos que siguen bien vivos dentro de ella.

Y ahí me cayó el veinte:
Ella no nomás me está contando historias de antes.

Me está enseñando a ver el mundo.

Un detalle que no me esperaba.
La semana pasada, cuando ya veníamos de regreso a la casa, me agarró de la mano.

Así, sin avisar.

Sin decir una sola palabra.

Nomás acomodó sus dedos chiquitos y un poco fríos entre los míos —exactamente igual que cuando yo tenía cinco años y me daba miedo cruzar la calle—.

Y me dijo quedito:

"Se siente tan bonito caminar al lado de alguien que sí nota que existes".

Sentí un hueco horrible en el pecho.

Porque mi mamá no estaba hablando de la caminata.

Estaba hablando de la vida.

Y ahí fue cuando por primera vez me enfrenté a esa realidad de la que tanto tiempo me quise desentender:

Un día, estas caminatas se van a terminar.

Un día, las 6:45 de la tarde van a ser demasiado silenciosas.

Un día, voy a salir a ver la banqueta vacía y voy a pensar que daría todo lo que tengo en el mundo con tal de dar otros cien pasos junto a ella.

La lección
A veces pensamos que el amor se demuestra con los grandes momentos de la vida.

Pero la verdad es que no.

El amor de veras está en las cosas más simples:

En una caminata lenta alrededor de la manzana.

En una voz bien conocida que te vuelve a contar la misma historia de siempre.

En el calorcito de una mano que ya no esperabas volver a sentir.

En el silencio que comparten una madre y su hija/o ya adulta/o.

La vejez cambia a las personas.

Pero también cambia la forma en que nosotros las vemos a ellas.

Si todavía tienes a tu mamá o a tu papá cerca y buscan estar contigo, lánzate a verlos.

Ve con ellos, aunque andes bien cansada/o por la chamba.

Ve con ellos, aunque el día haya estado de la fregada.

Ve, porque un día vas a entender que esas caminatas tan sencillas, eran los regalos más valiosos que te estaba dando la vida...

-Comodidad-

11/07/2026

♥️♥️🙏

10/07/2026

🥰

🍼💔 “Lactancia materna exclusiva vs fórmula: una discusión que ha hecho sentir culpables a demasiadas mamás.”Y antes de q...
09/07/2026

🍼💔 “Lactancia materna exclusiva vs fórmula: una discusión que ha hecho sentir culpables a demasiadas mamás.”

Y antes de que alguien se enoje...

hablemos con honestidad. ❤️

La leche materna es algo extraordinario.

Está viva.

Cambia conforme crece el bebé.

Contiene anticuerpos.

Defensas.

Nutrientes adaptados a sus necesidades.

Y sí...

desde el punto de vista biológico, la leche materna tiene ventajas que ninguna fórmula puede copiar por completo. 👶❤️

Eso es una realidad.

Pero también existe otra realidad.

😞

No todas las mamás pueden dar pecho.

No todas producen suficiente leche.

No todas tienen acceso a asesoría en lactancia.

No todas tienen las mismas circunstancias.

💔

Hay mamás con grietas en los pezones.

Hay mamás con dolor.

Hay mamás con problemas médicos.

Hay mamás que deben volver a trabajar muy pronto.

Hay mamás que lo intentaron durante semanas o meses y aun así no funcionó como esperaban.

Y eso también es real.

❤️

Por otro lado, las fórmulas infantiles han ayudado a alimentar y crecer a millones de bebés en todo el mundo.

Están diseñadas para cubrir necesidades nutricionales importantes cuando la lactancia materna no es posible o cuando una familia decide utilizarlas.

🍼

¿Es exactamente igual que la leche materna?

No.

¿Significa que un bebé alimentado con fórmula está condenado a algo malo?

Tampoco.

💔

Porque a veces pareciera que esta conversación se convierte en una competencia.

Una competencia donde las mamás terminan sintiéndose juzgadas.

Las que dan pecho reciben comentarios.

Las que dan fórmula reciben comentarios.

Las que hacen lactancia mixta reciben comentarios.

😭

Y mientras los adultos discuten...

el bebé solo quiere una cosa.

Ser alimentado.

Ser amado.

Ser cuidado.

❤️

Porque al final del día hay bebés que tomaron leche materna exclusiva y crecieron felices.

Hay bebés que tomaron fórmula y crecieron felices.

Hay bebés que recibieron ambas cosas y crecieron felices.

🫂

Así que sí.

La leche materna tiene beneficios extraordinarios y sigue siendo la recomendación ideal cuando es posible.

Pero nunca debemos olvidar algo muy importante.

💛 Lo más importante no es ganar una discusión sobre cómo se alimentó un bebé.

Lo más importante es que ese bebé esté alimentado.

Que esté creciendo.

Que esté sano.

Y que tenga una mamá que lo ame.

Porque ningún niño, cuando sea adulto, va a recordar si tomó pecho o fórmula.

Pero sí recordará el amor con el que fue criado. 👶❤️

Créditos: Entre mamás 🥰

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