31/12/2025
Esta semana, en clase, haciendo cierre de año, comentábamos lo rápido que pasa el tiempo.
Cómo un año puede parecer poco… y, sin embargo, cuántas cosas caben dentro de él.
Y es que vivir no es otra cosa que dejar que nos pasen cosas y sentirlas.
Hoy, al mirar atrás y repasar este 2025 —esta montaña rusa emocional—, me he detenido una vez más a observar la vida, sin intentar entenderla.
Empezamos el año mudándonos después de un robo en casa. Dejando atrás nuestro espacio y atravesando un duelo muy duro y silencioso.
Por esas mismas fechas empecé a formarme como doula: una inversión profunda, personal y profesional, que llevaba muchos años gestándose dentro de mí.
En abril me permití viajar a India, la cuna del yoga. Gracias a ese viaje compartí camino con un grupo de personas muy especiales. Algo grande se recolocó dentro de mí allí.
El verano fue bonito. Intenso de trabajo, llevando mi proyecto a espacios y a personas que hace un año no habría ni podido imaginar. Pero también lleno de montaña y de toda mi familia.
Sin saber que sería el último así.
La vuelta fue exigente y sufrí mucha ansiedad. Mucho movimiento laboral y una nueva formación de negocio —de las que a mí me gustan— que me ha hecho cuestionármelo todo, incluso lo que creía seguro.
Y a final de año, la ansiedad se detuvo en seco con la pérdida de uno de mis pilares. Todo lo que me preocupaba pasó a darme absolutamente igual y la vida me dió un revolcón.
Seguimos en un duelo sabiendo que será largo.
Pocos días antes de cerrar el año, Adri y yo dimos un paso importante en nuestras vidas, juntos (la última foto lo dice todo).
Este año me recordó, a su manera, que la vida no va de estabilidad, sino de presencia.
De atravesar lo que llega.
De seguir eligiendo el amor sin tener respuestas.
🤍 Por un 2026 lleno de amor y presencia en todos nuestros corazones.