11/08/2026
Hasta hace poco, cuando quería algo, o lo cogía ella o señalaba o tiraba de mi mano. Esto es genial hasta cierto punto, sobre todo cuando no sabía lo que quería y se frustraba.
En este vídeo estamos sentadas en el suelo, comiendo galletas juntas, mientras hacemos otras cosas a la vez — nada de mesa ni de “sesión”. La tarjeta está ahí cerca, sin que se la ponga en la mano. Yo solo la incito: “mmm, qué rica, todavía me queda un trozo...”. Y entonces, sin que se lo pida, la coge y me la da. Eso es lo que más me gusta de este momento: nadie se lo indica, ella decide comunicarse.
Esta peque tiene microcefalia. Sabe perfectamente lo que quiere — eso nunca ha sido la duda — pero poner ese deseo en palabras todavía le cuesta, así que encontró su propia forma, aunque no era la ideal.
Aquí entra el Entrenamiento en Comunicación Funcional: en vez de ver esa conducta como algo que “corregir”, la leemos como lo que es — un intento de comunicarse sin el canal adecuado — y le damos uno nuevo que cumpla la misma función, pero de forma más autónoma. Es una mirada compasiva: no se trata de eliminar una conducta, sino de entender qué necesidad hay detrás y ofrecer una vía mejor para expresarla.
Y no es solo una intuición bonita: desde el trabajo pionero de Carr y Durand (1985) hasta la evidencia actual sobre PECS (Bondy y Frost), sabemos que enseñar a comunicar reduce la frustración y las conductas desafiantes que surgen cuando no hay otra forma de pedir.
Darle una forma de decir “quiero esto” es darle una forma de sentirse escuchada. 💚