10/10/2026
💚 DÍA MUNDIAL DE LA SALUD MENTAL
Como psicóloga, que ama profundamente su profesión, es un día especialmente importante para mí.
La salud mental no depende únicamente de lo que ocurre dentro de nuestra cabeza. También depende, y mucho, de lo que ocurre a nuestro alrededor.
Vivimos en un mundo atravesado por las guerras, el auge del fascismo, la desigualdad, la precariedad, la explotación laboral y las dificultades para acceder a algo tan básico como una vivienda digna. Vivimos en una sociedad que nos exige producir constantemente, llegar a todo, competir, ser felices y, además, hacerlo sin quejarnos demasiado.
Y después nos preguntamos por qué estamos agotadas, por qué tenemos ansiedad, por qué nos sentimos desbordadas.
No podemos hablar de salud mental sin hablar de justicia social. No podemos pedirle a una persona que gestione mejor su ansiedad si las condiciones de su vida son, en sí mismas, una fuente constante de angustia. No todo se soluciona con terapia, meditación o pensamientos positivos. A veces, lo que necesitamos no es aprender a soportar mejor lo insoportable, sino transformar aquello que nos hace daño.
Y si hablamos de salud mental, también tenemos que hablar de feminismo.
Porque no todas las personas soportamos las mismas cargas ni vivimos las mismas presiones. Las mujeres seguimos creciendo en una sociedad que nos exige ser buenas profesionales, buenas madres, buenas hijas, buenas parejas, estar siempre disponibles, cuidar de todo el mundo, mantenernos jóvenes, estar guapas y, si puede ser, hacerlo todo con una sonrisa.
Cargamos con una parte desproporcionada de los cuidados, con la culpa de no llegar a todo, con la presión estética, con las desigualdades, con el miedo a la violencia machista y, muchas veces, con la sensación de que tenemos que demostrar constantemente nuestra valía.
Se nos enseña a cuidar, pero no siempre a dejarnos cuidar. A estar pendientes de las necesidades de los demás, pero a veces nos cuesta reconocer las nuestras. A ser fuertes, a aguantar, a no molestar, a no exagerar. Y cuando el cuerpo y la mente dicen basta, demasiadas veces terminamos preguntándonos qué estamos haciendo mal nosotras, en lugar de preguntarnos qué condiciones nos están llevando al límite.
No podemos hablar de salud mental sin cuestionar los mandatos de género que nos hacen sufrir, las desigualdades que nos desgastan y una organización social que sigue descansando, en gran medida, sobre el trabajo invisible de las mujeres.
No necesitamos aprender a ser supermujeres capaces de soportarlo todo. Necesitamos dejar de exigirnos serlo. Necesitamos corresponsabilidad, autonomía, tiempo propio, seguridad, derechos y una sociedad en la que cuidar no signifique renunciar a cuidarnos.
Porque el agotamiento de tantas mujeres no es siempre un problema de organización personal. A veces es la consecuencia de estar sosteniendo demasiado, durante demasiado tiempo y con muy poco apoyo.
Y no, no estamos exagerando. No somos menos capaces por estar cansadas, ni menos válidas por necesitar ayuda. No hay salud mental posible si para sostener la vida de los demás tenemos que dejar de sostener la nuestra.
Y quizá deberíamos preguntarnos algo incómodo: ¿estamos enfermas por no adaptarnos a determinadas injusticias o hemos normalizado tanto esas injusticias que hemos terminado confundiendo adaptación con salud?
Por supuesto, sufrir un trastorno mental no convierte a nadie en más lúcido ni significa que el sufrimiento sea deseable. Pero tampoco deberíamos considerar saludable cualquier forma de adaptación a un mundo que, en ocasiones, nos exige renunciar a nuestra dignidad, a nuestros derechos y a nuestro bienestar.
A lo largo de nuestra vida, muchas personas atravesaremos problemas de salud mental. Se suele hablar de que una de cada cuatro personas experimentará algún problema de este tipo. No es una realidad ajena, no es algo que les pase solamente a los demás. Nos puede pasar a cualquiera.
Por eso, no hay que callarse, no hay que avergonzarse y no hay que esconderse. Pedir ayuda no es una debilidad. Tener un diagnóstico no define a una persona ni borra sus capacidades, sus sueños, su talento o todo lo que puede aportar a los demás.
Las personas con problemas de salud mental son personas, con sus fortalezas, sus dificultades y sus proyectos de vida. Pueden trabajar, amar, crear, cuidar, aprender y construir una vida plena. Necesitan oportunidades, comprensión y apoyos cuando los necesitan, no prejuicios ni puertas cerradas.
Y no quiero olvidarme de la infancia. Porque cuidar la salud mental empieza mucho antes de que aparezcan los problemas. Empieza cuando un menor se siente querid@, escuchad@ y segur@; cuando puede expresar sus emociones sin miedo; cuando encuentra adultos que acompañan sus frustraciones y le ayudan a comprender el mundo.
Querer a un niño o niña no significa darle todo lo que pide. A veces, educar es decir que no, poner límites, sostener una rabieta, enseñar a esperar y ayudar a tolerar la frustración. Los límites también son una forma de cuidado cuando se establecen desde el respeto, la coherencia y el afecto.
Ni la permisividad absoluta ni la dureza educan emocionalmente: los niños y niñas necesitan cariño, seguridad, normas, autonomía progresiva y adultos presentes. No se trata de criar desde la obediencia ciega, sino de acompañar a niños y niñas para que aprendan a reconocer sus emociones, afrontar las dificultades y relacionarse con los demás de forma saludable.
La salud mental no se construye de un día para otro. Se construye en las familias, en las escuelas, en los trabajos, en las relaciones y en las políticas que determinan nuestras condiciones de vida.
Hoy quiero reivindicar una salud mental sin estigmas, accesible para todas las personas, comprometida con la prevención y consciente de las desigualdades sociales y de género.
Porque cuidar la salud mental no es solamente enseñar a las personas a resistir. No es convertir la resiliencia en una obligación ni pedirles que se adapten a cualquier circunstancia, por injusta que sea.
También es construir un mundo en el que no tengan que resistir tanto.
Quizá no necesitamos mujeres más fuertes, más resilientes y más capaces de soportarlo todo. Quizá necesitamos una sociedad que deje de poner a prueba constantemente la fortaleza de las mujeres.
Y quizá necesitamos, en definitiva, dejar de preguntarnos únicamente qué les pasa a las personas y empezar a preguntarnos también qué les está pasando, qué están soportando y qué podemos cambiar para que vivan mejor.
💚 Porque la salud mental es un derecho, no un privilegio. Y porque no podemos psicologizar el sufrimiento que también tiene raíces sociales, económicas y patriarcales.
No todo lo que nos hace sufrir está dentro de nosotras. Parte de ese sufrimiento está en las condiciones en las que vivimos y en aquello que, como sociedad, seguimos considerando normal.