30/09/2026
Hay una parte de mi trabajo como formadora que probablemente nadie ve.
Y, curiosamente, es una de las que más me gusta.
Mientras estoy pendiente de los contenidos, los tiempos o las dinámicas, hay otra parte de mí observando constantemente qué está pasando en la sala.
Quién participa.
Quién todavía no ha encontrado su espacio.
Quién se relaciona siempre con los mismos.
Cómo está la energía.
Qué necesita el grupo en ese momento.
Y entonces cambio personas de sitio, mezclo parejas y grupos, pregunto, escucho, observo… y, si hace falta, cambio sobre la marcha algo que tenía previsto.
Muchas de esas decisiones pasan completamente desapercibidas.
Y está bien que sea así.
Porque forman parte de esa labor invisible que hay detrás de una formación y que, en mi caso, tiene mucho que ver con ser coach.
Porque una buena formación no consiste solo en transmitir conocimientos.
El verdadero reto es conseguir que las personas se impliquen, reflexionen, participen, se cuestionen, aprendan unas de otras y hagan suyo lo que está ocurriendo.
Y para eso no basta con saber mucho del tema que impartes.
Hay que saber leer a las personas que tienes delante.
Porque al final la pregunta no es solo si has dado todo el contenido.
La pregunta es:
¿Qué ha cambiado en las personas gracias a lo que hemos vivido juntos?