24/09/2026
Este bol no intenta ser bonito.
No ordené las bayas por colores. No busqué una composición cuidada. Simplemente lo mezclé todo.
Porque esta mañana estuve viviendo. Me preparaba, respondía mensajes, pensaba en el día que tenía por delante, hacía planes. Y esa vida se reflejó incluso en el aspecto de mi desayuno.
Las huellas de la vida están en todas partes. En una camisa nueva enseguida cae la primera gota de café. La taza favorita tiene una muesca. La mesa de madera tiene arañazos. El rostro tiene arrugas.
Todo lo que se usa deja de ser nuevo. Todo lo que de verdad vive deja de ser impecable.
Las huellas dicen: esto se usó. Esto se quiso. Esto se vivió.
Cada vez tengo menos ganas de ser una persona sin marcas. Cada vez quiero más ser alguien en quien se note que ha vivido.
La perfección no siempre es una virtud. A veces solo indica que nadie ha tocado ese objeto. Que la taza no se usó. Que la camisa se guardó con demasiado recelo. Que en esa casa tenían miedo de dejar un arañazo.
Pero las personas somos distintas. Si alguien ama, se equivoca, pierde, vuelve a empezar, se cansa, se alegra, cuida de otros, las huellas son inevitables.
A menudo acuden a mí para borrar esas marcas. Para alisar, pulir, recuperar el aspecto de una vajilla intacta. Yo entiendo mi trabajo de otra manera: no consiste en borrar la huella, sino en descifrar lo que cuenta.
¿Qué huellas de tu vida cotidiana te recuerdan que estás viviendo de verdad? Hablemos de autenticidad en los comentarios.
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