09/07/2026
La silla vacía
Cada segundo y cuarto jueves, la sala se prepara sola, como si supiera lo que le espera. Sillas en círculo, ni una fila, ni una jerarquía. Café y agua disponible, por si alguien necesita algo que sostener con las manos mientras habla, o mientras calla.
Llegan de uno en uno. Algunos puntuales, otros más tarde, algunos se quedan un momento en la puerta antes de entrar, como midiendo si hoy tienen fuerzas. Nadie pregunta por qué. Aquí no hace falta justificar el retraso ni la cara cansada.
Cuando el círculo se completa, alguien rompe el silencio. No siempre con palabras grandes. A veces es solo "esta semana ha sido difícil" y ya está, ya se abrió la puerta. Y entonces pasa lo que pasa en este tipo de encuentros: nadie interrumpe para arreglar, nadie ofrece la solución rápida, nadie dice "yo en tu lugar". Solo escuchan. Y el que habla lo nota, nota que las miradas no juzgan, que no hay prisa por que termine, que el silencio de los demás no es incomodidad sino respeto.
Hay una silla que casi siempre queda vacía al principio y se llena después, cuando alguien reúne el valor de sentarse por primera vez. Esa persona no sabe todavía que dentro de un rato va a decir cosas que nunca ha dicho en voz alta.
No sabe que va a llorar sin que nadie la mire raro. No sabe que, cuando termine de hablar, alguien del otro lado del círculo va a asentir despacio, con esa clase de gesto que solo hace quien ha estado ahí también.
Eso es lo que ocurre en el GAM: no se arregla nada con una receta, no hay un experto dictando qué sentir. Hay personas que se prestan su propia experiencia, mano a mano, palabra a palabra. Y al final, cuando se apagan las luces y se recogen las sillas, algo ha cambiado, aunque nada se haya resuelto del todo. El peso sigue ahí, pero ya no se carga solo.
Y este jueves, como todos los segundos y cuartos jueves de mes, alguien sale por la puerta un poco más ligero de lo que entró.