23/02/2026
En el Ichikawa City Zoo, en Ichikawa, vive Punch, un macaco japonés que no fue aceptado por su madre al nacer. Ante esa ruptura temprana, el equipo humano asumió su crianza: alimentación, contacto, protección. Sobrevivió gracias a esos cuidados, pero su mapa afectivo quedó marcado por una impronta distinta a la de su especie.
Cuando intentaron integrarlo con otros macacos, algo no encajó. Punch no había construido sus referencias sociales con pares, sino con personas. Y los otros monos tampoco sabían leerlo. No se trata de “falta de voluntad”, sino de un desajuste en los códigos relacionales aprendidos durante el periodo crítico del desarrollo.
Aquí entra la teoría del apego de John Bowlby y los aportes de Mary Ainsworth: los vínculos tempranos organizan la manera en que una cría regula el estrés y explora el entorno. Cuando la figura primaria no está disponible, el sistema de apego no se apaga; busca sustitutos. En primates (incluidos los humanos) se ha observado que, ante la ausencia materna, pueden formarse apegos compensatorios hacia objetos blandos o figuras cuidadoras. Los experimentos de Harry Harlow en los años 50, aunque éticamente cuestionados, mostraron algo contundente: las crías preferían una “madre” de tela suave sin alimento antes que una estructura metálica con biberón. El contacto reconforta más que la mera nutrición.
Punch hoy se aferra a un peluche de felpa con forma de orangután. Lo abraza, lo transporta, lo utiliza como regulador emocional. Ese objeto no “reemplaza” a su madre biológica, pero funciona como figura de apego sustituta: un ancla sensorial que le ofrece estabilidad cuando el entorno resulta abrumador.
La imagen conmueve porque revela algo incómodo: el apego no es un lujo afectivo, es una necesidad biológica. Cuando se interrumpe, la búsqueda de consuelo encuentra caminos alternativos, aunque no siempre logren reparar la herida original.
Maternidades en Tribu