20/06/2026
❤️🩹
9:9 p.m
Tercer poema del día:
Duelo.
"Los adioses cierran puertas y ciclos,
abren el llanto y las venas".
I. Adioses.
Los adioses cierran puertas y ciclos,
abren el llanto y las venas,
y yo me quedo de este lado del mundo con la llave puesta todavía en la mano, como si alcanzara con girar la muñeca para que volvieras entera,
con tu olor a café de las seis de la mañana y
tu manera de decir mi nombre cuando querías que me quedara un rato más, un ratito más.
Una puerta al cerrarse no solo hace ruido,
hace una biografía nueva:
la de la casa sin ti,
la del pasillo donde tus pasos ya no ensucian el silencio,
la de mi cuerpo que se vuelve habitación deshabitada,
con las ventanas abiertas para que entre todo el frío que dejaste cuando dijiste me voy,
como quien dice pásame el pan,
y yo te pasé el pan y la vida y los años que no tuvimos
porque ya te estabas marchando desde la primera vez que me tocaste.
Cerrar un ciclo es un oficio de sepulturero:
hay que enterrar con las manos lo que todavía late,
hay que ponerle tierra encima a la boca que te enseñó a decir amor sin que te dolieran los dientes,
hay que rezar sobre un montón de días que no van a volver y que sin embargo siguen respirando debajo de mi lengua cada vez que intento hablar con alguien que no eres tú y
la palabra se me cae mu**ta antes de llegarle a la cara.
II. EL LLANTO, LAS VENAS.
El llanto no lava ni redime,
el llanto inunda y funda países adentro del pecho donde eres el único habitante y yo me volví un extranjero que te reza en un idioma que inventamos para no morirnos.
Y ahora que no estás, el idioma se me vuelve mudo y
me lleno de agua salada hasta los ojos y
nado hacia adentro buscando la orilla de tu espalda para descansar, pero no hay orilla.
Solo este mar que me crece cuando me acuerdo de tu risa cayéndose de la boca como si la risa fuera una cosa que se rompe y yo juntaba los pedazos con la lengua.
Abrir las venas no es querer morirse,
es querer que salga de una vez todo lo que me dejaste adentro cuando te fuiste:
tu modo de dormirte con la mano en mi pecho como si me cuidaras de la muerte,
tu costumbre de dejarme notas en la heladera que decían "vuelve temprano", y yo volvía tarde, a propósito, para que me retaras y después me perdonaras con el cuerpo.
Yo te amé con esa violencia dulce con la que se ama lo que tiene que irse,
te amé de rodillas en el piso de la cocina mientras afuera llovía y adentro también, porque llorabas sin lágrimas y yo te lamía la cara para sacarte la sal.
Te amé con la boca llena de promesas que no cumplimos porque cumplirlas hubiera sido menos hermoso que romperlas, juntos.
Te amé como se ama un incendio:
acercando las manos hasta que duelen,
hasta que el dolor se parece a la casa y
uno no quiere irse aunque se esté quemando todo.
III. LO QUE QUEDA ABIERTO.
Los adioses no cierran, los adioses inauguran esta forma nueva de tenerte, que es precisamente el no tenerte
y sin embargo sentir que te mueves adentro de mi sangre, como un animal que busca la salida y
no la encuentra porque la salida eras tú y te la llevaste puesta.
Ahora deambulo contigo adentro como quien lleva un mu**to a cuestas y le habla y le canta y le pide que no lo olvide.
No hay puerta que alcance, no hay ciclo que termine,
porque lo que fue amor de verdad no sabe morirse:
se muda a los rincones, se mete entre las costillas,
se vuelve manera de respirar, a veces con dificultad, como cuando alguien dice que es para siempre,
y yo me acuerdo que lo dijimos en la cama,
una noche de febrero y lo creímos,
y era verdad aunque después haya sido mentira,
porque la verdad en el amor dura lo que dura un cuerpo encendido y el nuestro se encendió hasta dejarnos ciegos.
Por eso no cierro las venas, por eso no seco el llanto,
por eso dejo la puerta entreabierta aunque entre el invierno completo a vivir conmigo:
porque tal vez una noche volverás con las manos vacías y
con frío y me dirás que no encontraste a nadie que me doliera como tú.
Y yo voy a abrirte el pecho otra vez sin preguntar,
voy a acostarte del lado izquierdo donde todavía tienes tu lado de la cama, voy a taparte con la misma frazada que guarda tu forma, y si te vas de nuevo al amanecer no voy a decir nada, solo voy a quedarme mirando el hueco que dejas en la sábana y en mi vida, como quien mira un altar,
porque los adioses abren el llanto y las venas,
pero también abren este modo terrible y
sagrado de seguir amándote en presente aunque nuestras vidas ahora conjugan en otro tiempo,
en otra casa, con otra puerta que no soy yo y que igual, cuando se cierra, me resuena aquí,
en medio del pecho,
donde todavía vives sin pagar.
-Cristian Meléndez-