05/01/2026
Artaban, el cuarto rey mago
Su historia se encuentra en algunos textos antiguos, Artaban, junto con Melchor, Gaspar y Baltasar, habían hecho planes para reunirse en el sigurat de Borssipa, una ciudad antigua de Mesopotamia desde donde iniciarían el viaje para adorar al Mesías.
El cuarto rey llevaba consigo gran cantidad de piedras preciosas para ofrecérselas al Mesías, pero cuando viajaba hacia el punto de reunión, encontró a un anciano enfermo, cansado y sin dinero que había sido asaltado y golpeado en el camino.
Artaban se vio envuelto en un dilema, ayudar a este hombre o continuar su camino para reunirse con los otros reyes. De quedarse con el anciano, seguro perdería el tiempo y los otros reyes lo abandonarían siguiendo su camino. Obedeciendo a su noble corazón, decidió ayudar a aquel anciano. Curó sus heridas, le dio de comer y le entregó parte del tesoro que llevaba para entregar al Mesías. Decidido a cumplir su misión, emprendió su camino sin descansar hasta belén, pero en el camino aparecían siempre personas necesitadas y el no escatimaba su tesoro y su ayuda. Cuando llegó el niño ya había nacido, y sus padres José y María habían huido rumbo a Egipto escapando de la matanza que había ordenado Herodes.
Artaban emprendió su viaje siguiendo los pasos del Nazareno, pero por donde él pasaba, la gente le pedía ayuda y él, atendiendo siempre a su noble corazón, ayudaba sin detenerse a pensar que el cargamento de piedras preciosas que llevaba, poco a poco se reducía sin remedio en su andar.
Artaban se preguntaba: ¿qué podía hacer si la gente le pedía ayuda? ¿Cómo podría no ayudar a quien lo necesitaba?
Así pasaron los años y en su larga tarea por encontrar a Jesús ayudaba a toda la gente que se lo pedía.
Treinta y tres años después, ya viejo y cansado, Artaban llegó al monte Gólgota para ver la crucifixión de un hombre que decían era el Mesías enviado por Dios para salvar al mundo.
Con un solo rubí en su bolsa y dispuesto a entregar la joya pese a cualquier cosa, justo en ese momento frente a él se apareció una mujer que era llevada a la plaza para venderla como esclava y pagar así la deuda de su padre, Artaban no lo dudó y entregó la piedra preciosa a cambio de su libertad.
Triste y desconsolado se sentó junto al pórtico de una vieja y derruída casa y en ese momento el cielo se oscureció y la tierra tembló, entonces una gran piedra golpeó su cabeza. Moribundo y con sus últimas fuerzas, el cuarto rey imploro perdón por no haber cumplido su misión de adorar al Mesías. En ese momento, una voz se escuchó con fuerza: tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estuve desnudo y me vestiste, estuve enfermo y me curaste, me hicieron prisionero y me liberaste. Artaban, agotado preguntó ¿Cuándo hice yo esas cosas? Y justo en el momento en que moría, la voz de Jesús le dijo: todo lo que hiciste por los demás lo has hecho por mí, pero hoy estarás conmigo en el reino de los cielos.