02/07/2026
¿HASTA CUÁNDO?
Hay una pregunta que muchas madres se hacen en silencio, aunque pocas se atreven a pronunciar:
¿Hasta cuándo seguiré cargando con la vida de mis hijos?
Nos enseñaron que una buena madre nunca se cansa, nunca dice "no", nunca pone límites y siempre está disponible para resolverlo todo. Pero el amor, cuando pierde el orden, deja de ser amor y se convierte en sacrificio.
Desde la Terapia Familiar comprendemos que toda familia necesita un equilibrio entre el amor y la responsabilidad. Cuando un padre o una madre carga durante años con aquello que les corresponde a sus hijos adultos —sus decisiones, sus problemas económicos, sus emociones, sus culpas o las consecuencias de sus actos— se rompe el equilibrio del sistema familiar.
Lo que aparenta ser ayuda, muchas veces impide el crecimiento.
Erik Erikson describió que el desarrollo humano atraviesa diferentes etapas. Durante la infancia y la adolescencia, los hijos necesitan protección, guía y acompañamiento para desarrollar confianza, autonomía, iniciativa, identidad y capacidad para relacionarse con el mundo. Pero al llegar a la adultez, la tarea cambia: les corresponde asumir su propia vida, hacerse responsables de sus decisiones, construir su proyecto, enfrentar las consecuencias de sus actos y sostenerse por sí mismos.
Si mamá continúa viviendo esa etapa por ellos, sin darse cuenta les roba la posibilidad de crecer.
Y mientras ellos permanecen en un lugar infantil, ella posterga el suyo.
Las Órdenes del Amor, descritas por Bert Hellinger, nos recuerdan que el amor florece cuando cada quien ocupa el lugar que le corresponde. Los padres son los grandes; los hijos son los pequeños. Los padres dan la vida, el amor y las herramientas. Los hijos toman esa vida con gratitud y continúan su propio camino.
Cuando una madre sigue sosteniendo a hijos que ya son adultos, el orden se invierte. Ella carga lo que no le pertenece y ellos dejan de cargar aquello que sí les corresponde.
Entonces aparecen el agotamiento, la enfermedad, la culpa, la frustración y, muchas veces, la sensación de haber dejado de vivir para sí misma.
Llega un momento en que el acto más amoroso no es seguir resolviendo.
Es confiar.
Es poner límites.
Es permitir que el otro descubra su fuerza.
Es comprender que sufrir por nuestros hijos no los salva, pero creer en ellos sí puede transformarlos.
Porque una buena madre no es la que carga para siempre.
Es la que, después de haber dado la vida, el amor, los valores y las herramientas, puede mirar a sus hijos a los ojos y decir con paz:
"Confío en ti."
"Ya no me toca vivir tu vida."
"Te bendigo para que camines con tus propios pasos."
Y entonces sucede algo profundamente sanador.
Los hijos crecen.
Y la madre, por fin...
vuelve a encontrarse consigo misma.
Dra. Maricruz Ríos Medina
Psicología | Tanatología | Terapia Familiar
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