21/06/2026
El yoga llegó a mi vida en uno de los momentos más difíciles que he atravesado: después de perder a mi mamá.
En aquel momento, mi cuerpo comenzó a hablar lo que mi corazón no sabía cómo expresar. El dolor, la tristeza, el enojo, ausencia y soledad se hicieron presentes con un dolor tan fuerte en mi zona lumbar, que ni podía manejar, sentarme, entrenar... un dolor que me dejó sin poder moverme. Estaba cargando mucho más que tensión física.
Sin buscar la vida fue presentándome personas que me mostraron el camino para acompañar mi duelo y en ese andar encontré el yoga.
Al principio pensé que sería solo una práctica para mover el cuerpo, pero con el tiempo descubrí que era un espacio para permitirme sentir. Un lugar donde podía detenerme, respirar y escucharme.
Antes vivía acelerada. Hacía todo rápido: manejar, comer, trabajar, incluso sentía culpa por descansar.
El yoga me enseñó a bajar el ritmo.
Me enseñó a volver a mí, a mirarme con más amabilidad, a permitirme sentir cada emoción sin juzgarla y a entender que sanar no siempre significa avanzar rápido, sino estar presente.
Por eso hoy comparto esta práctica con otras personas.
Porque sé lo valioso que es regalarse un espacio de calma en medio del ruido de la vida. Un momento para respirar, escuchar nuestros pensamientos, sentir nuestras emociones y habitar nuestro cuerpo con mayor consciencia.
En este Día Internacional del Yoga, agradezco profundamente este camino que me ha acompañado en mis momentos más difíciles y también en los más felices.
Para mí, el yoga no es solo una práctica física.
Es un regreso a nuestro hogar 🧘🏻♀️✨️🤍