12/04/2026
La mayor bendición de mi vida se llama María Jesús, es mi hija, y después de Dios, el doctor Jesús Luján Irastorza hizo posible que ella naciera hace ya 20 años.
Mi esposo Alfonso y yo habíamos llegado a nuestro tercer aniversario de casados y ya nos habíamos enfrentado a la dolorosa pérdida de dos embarazos, ambos habiendo cumplido el mismo tiempo de gestación, apenas los 3 meses.
Luego de la segunda pérdida y con una profunda tristeza principalmente porque los doctores que me atendían no me daban en absoluto una razón o diagnóstico para entender el por qué mis embarazos se malograban y por ende, muy lejana veíamos la posibilidad de encontrar un tratamiento o solución a mi problema, perdí completamente la ilusión de intentarlo de nuevo por temor a enfrentarme otra vez a esa gran pena de ver romperse la posibilidad de convertirme en mamá.
La insistencia de mi madre en plantearle al doctor Jesús Luján Irastorza nuestra experiencia y el respaldo de mi esposo para que no perdiéramos la fe, fueron imprescindibles para que yo venciera ese temor y recuperara la esperanza de encontrar el tratamiento o respuesta médica a mi problema y lograr un embarazo a término.
Fue así, como en una primera conversación informal con el doctor en la casa de sus padres en Santa Ana, habiendo venido él a una visita familiar y fuera de su horario laboral, me dijo con su trato profesional, a la vez que sensible, “sé lo que tienes, solo necesitamos un estudio para confirmarlo y prepararnos para tu embarazo”, esa frase, además de aquel “ten por seguro que yo voy a revisar todo lo que pase con Liz y te prometo que ella va tener a su bebé”, que le dijo a mi mamá tomándola de las manos y con esa voz cálida que ella le conoció desde niño, fue determinante para esa partecita de fe que yo necesitaba para convencerme totalmente de que debía intentar de nuevo tener un hijo… o hija, nunca tuvimos preferencia, solo deseábamos traer a una personita sana y hacerla feliz.
A la vuelta de un mes el doctor estaba de regreso en Santa Ana y el estudio indicado no lo habíamos conseguido pues no había ni un solo lugar en la región que lo realizara. ¿Qué hizo entonces el doctor Luján? Resolvió, como dicen hoy en día, pues viajó a Sonora con su “kit personal portátil” para él mismo tomar la muestra de sangre que necesitaba y llevarla consigo a la Ciudad de México para darle agilidad al diagnóstico que sabía que nosotros esperábamos con ilusión a la vez que impaciencia.
Antes de que hubiera transcurrido una semana, ya me estaba hablando por teléfono para darme a conocer el resultado: Mi problema de gestación y respectivo tratamiento era aquel que él había deducido en nuestra primera plática.
Unas tres semanas más tarde llama por teléfono a donde estaba mi mamá, pregunta por mí y ella va a mi casa a avisarme que el doctor necesitaba hablar conmigo, y me pasa el recado mientras yo termino de acomodar un tambo de 200 litros que cargué desde la vivienda de mi hermana hacia la mía, porque lo necesitaba para alguna cosa, creo de basura.
Me dirijo a responderle al doctor Luján, y durante la conversación de mi estado de salud le comento que tenía varios días de retraso menstrual, él me indica hacerme una prueba de embarazo de inmediato, me la hago y suelto el llanto apenas veo aparecer las dos líneas rosas que indican positivo en una prueba casera. Al siguiente día voy a laboratorio a que me realicen un examen de sangre también indicado por el doctor Luján, para estar completamente seguros y luego de unas horas confirmamos que en efecto, Dios nos había bendecido con un nuevo embarazo.
Para lograr esa añorada espera a buen término, era fundamental, como me explicó desde el principio el doctor Jesús Luján, aplicarme un suero determinado cada 15 días sin falta y durante los nueve meses de gestación. Dichos sueros eran muy efectivos, de alta calidad y por ende de un costo elevado que si bien no era imposible, si resultaba muy difícil de costear para mi familia.
Consciente también de esto, el doctor Jesús Luján por iniciativa propia y con una discreción que agradecimos, nos acercó a un noble benefactor que con el único interés de ayudar a quien lo necesitaba, nos brindó los sueros que requeríamos a un precio reducido en más de la mitad de lo que se exponía al público.
Al acercarme a cumplir los 3 meses de mi embarazo, -período en el que perdí los dos anteriores-, me encontraba sumamente nerviosa, temerosa, me resultaba imposible controlar el miedo que sentía y justo en esos días, sin habérselo dicho, recibí varias llamadas del doctor Luján infundiéndome ánimo mientras me pedía que me mantuviera serena y con fe de que todo iba a salir bien. Así de humano es Jesús, así de comprensivo, así de empático.
Los nueve meses de mi espera fueron de cuidados muy puntuales: No realizar en absoluto esfuerzos físicos, ser muy disciplinada en la aplicación de los sueros quincenales, además de la inyección diaria que recibió mi cuerpo durante 8 meses hasta que me las suspendió el doctor.