10/05/2026
A nuestras mamis, compañeras en este andar. Con cariño y respeto. 💙
TE DEBES UNA DISCULPA...
(Por Fernando D'Sandi)
Te hiciste de hierro a la fuerza
por miedo a derrumbarte frente a ojos que no sabían qué hacer con tu dolor.
Te entrenaste para no parar.
Como si detenerte fuera traicionar a alguien.
O como si tu tristeza fuera un defecto
que había que esconder debajo de la lengua.
Y ahí vas…
resolviendo, sosteniendo, funcionando.
Con una versión tuya que ya no alcanza,
pero insiste.
Te debes disculpas...
Por ese pacto silencioso contigo:
“aguanta, no molestes, no te rompas aquí”.
Te debes disculpas por haberte vuelto
tu propio vigilante, juez y verdugo.
Por revisar cada emoción
antes de dejarla salir,
como si sentir tuviera que pasar
un filtro de aprobación.
Te convertiste en un lugar hostil
para otros y para ti mismo.
Ahogaste palabras por miedo a incomodar.
Te hiciste pequeño para caber
en las conversaciones
donde sentías que lo tuyo estorbaba.
Le bajaste volumen a lo que ardía
para no alterar la calma de quienes nunca han tenido que sostener un incendio por dentro.
Estás cansada...
No de dolor, sino de forzarte a estar bien,
a volver a ser feliz
cuando lo único que debes buscar es sentirte en paz, porque lo diste todo, lo hiciste bien
hasta el final.
Te debes disculpas por haber querido resolver tu sola lo que, por naturaleza,
necesita apoyo y compañía.
Pocas veces te atreviste a decir
“no puedo con esto”.
Entonces te volviste experta en poder… siempre poder, incluso cuando no.
Pero esta forma de vivir
ya no te está funcionando:
esa forma de resistir
te está costando la vida por dentro.
En este momento
no te debes una versión más fuerte.
Te debes una versión más honesta.
Una que no negocie su descanso.
Que no maquille su tristeza.
Que no se pida permiso para existir,
para atreverse a ir a la fiesta o de viaje
con todo y ese dolor que llevas.
Haz algo que no sueles hacer:
Detente sin justificarlo.
No des explicaciones.
No traduzcas tu vacío
para que otros lo entiendan.
No suavices lo que te pesa.
Solo nómbralo.
Aunque incomode a otros.
Aunque nadie sepa qué hacer contigo
en ese momento.
Y luego… haz lo más incómodo de todo:
no te castigues por haber llegado
hasta aquí así.
Porque sí… te debes disculpas.
No como regaño o error grave,
sino como quien por fin
deja de tratarse como enemigo