Entre paréntesis

Entre paréntesis Un espacio de opinión que invita al diálogo, a debatir y a hablar de lo que comúnmente no se habla.

El día que se permite estar triste (?)Por: Antonio QuiñonesHay días en los que uno no quiere aprender nada nuevo. No por...
19/01/2026

El día que se permite estar triste (?)
Por: Antonio Quiñones

Hay días en los que uno no quiere aprender nada nuevo. No porque no le interese el mundo, sino porque el mundo chinga y jode demasiado. Y entonces aparece una frase meme, casi chiste, que vuelve a tener sentido: "paren el mundo que me quiero bajar". Y no es para ser dramático, no es para desaparecer, no para renunciar a todo, sino para sentarse tantito en la banqueta mientras todo sigue pasando.

El Blue Monday funciona parecido. No como explicación real del malestar, sino como permiso simbólico. Hoy sí puedes estar triste, hoy sí se vale. Mañana no exageres. Es curioso: necesitamos que un calendario, una fórmula dudosa o un hashtag nos autoricen algo tan básico como sentir cansancio. Como si la tristeza, para ser legítima, tuviera que venir día festivo.

El problema no es que el mundo no se detenga (eso nunca ha sido opción), sino la expectativa de que nosotros tampoco podamos hacerlo. Que sigamos rindiendo igual, respondiendo igual, sonriendo igual. No basta con cumplir: hay que hacerlo con actitud. Y entonces la tristeza no solo incomoda porque duele, sino porque estorba. Porque no es eficiente.

La frase “¿estás triste? no estés triste” (gracias por resolverlo HDTPM) resume bastante bien esa lógica. No viene del villano, viene del sentido común. De la buena intención. De la incomodidad frente al afecto ajeno. No sabemos qué hacer con la tristeza, así que intentamos excluirla rápido, como quien le dice que no al que limpia los vidrios en el crucero. El asunto es que, a veces, lo que necesitamos no es cerrar nada, sino quedarnos un rato sintiendo el clima.

Parar no siempre significa bajarse del mundo. A veces es algo mucho menos dramático y mucho más difícil: seguir yendo, pero no al mismo ritmo. Estar, pero sin la obligación de estar bien. Darse un margen interno donde no todo tenga que resolverse justo hoy. Y no, no hay que pedir permiso. No al trabajo, no a la familia, no a las redes, no al algoritmo emocional que nos dice cómo deberíamos sentirnos a estas alturas del año.

Donald Winnicott decía que “la capacidad de estar a solas es uno de los signos más importantes de madurez emocional”. Tal vez hoy habría que actualizarlo: la capacidad de estar mal un rato, sin explicarlo demasiado, también lo es. No como estandarte, no como identidad, sino como tránsito.

Quizá no necesitamos que el mundo se detenga. Quizá basta con dejar de tratarnos como si no pudiéramos detenernos nunca. Darnos ese tiempecito incómodo, sin épica y sin discurso motivacional, para luego acomodarnos otra vez con el mundo. No porque ya todo esté bien, sino porque ahora sabemos dónde nos aprieta.

Y si hoy es lunes, azul o del color que sea, que al menos no sea otro día en el que tengamos que fingir que no pasa nada.

Ilustración de Los Indispensables

Estar no es curar (y aun así importa)Por: Antonio Quiñones.Hola nuevamente lectores, es un gusto regresar después de cie...
13/01/2026

Estar no es curar (y aun así importa)
Por: Antonio Quiñones.

Hola nuevamente lectores, es un gusto regresar después de cierto tiempo.

Hay una frase que suele repetirse con buena intención y poco efecto: “te entiendo”.
Esta imagen dice lo contrario: “no puedo entender por lo que estás pasando”. Y, lejos de ser una falla, eso es lo más honesto que puede ofrecerse frente a la depresión.

Porque la depresión no siempre busca ser comprendida. Muchas veces solo pide que no se vayan.

Para quien está deprimido, esta escena puede leerse como un pequeño alivio. No hay exigencia de explicación, no hay que traducir el dolor para que sea válido. No se le pide coherencia, ni fuerza, ni esperanza. Solo aparece alguien que reconoce un límite (no entender) y aun así decide quedarse. Eso no cura, pero sostiene. Y cuando todo parece caerse, ser sostenido sin condiciones ya es algo.

Freud comentaría que “el sufrimiento nos vuelve extraños incluso para nosotros mismos”. Pretender que el otro lo entienda todo es una carga más para quien ya está exhausto. Esta imagen parece decir: no necesitas hacerte comprensible para merecer compañía.

Pero la imagen también habla (y quizá con más fuerza) a quien acompaña.

Acompañar a alguien en depresión suele activar una fantasía peligrosa: la de tener que salvar. Poco a poco, sin que nadie lo pida explícitamente, el acompañante empieza a ocupar lugares que no le corresponden. Se vuelve vigilante, sostén único, traductor del malestar, responsable del estado anímico del otro. Y entonces el vínculo deja de ser encuentro para volverse tarea.

Aquí es donde la imagen muestra algo ético: separa el estar del entender, y el estar del curar.
“Estoy aquí”, dice. No dice “voy a sacarte de esto”. No dice “depende de mí”. Y eso es fundamental.

Winnicott advertía que “el cuidado verdadero no invade, acompaña sin anular”. Cuando el acompañante se vive como indispensable, cuando siente que si falla todo se derrumba, no está cuidando: está cargando algo que no le pertenece. Y esa carga, tarde o temprano, se paga con culpa, desgaste o resentimiento.

Poner límites en el acompañamiento no es abandonar. Es rechazar la omnipotencia. Es aceptar que hay dolores que no se resuelven con amor, presencia o buenas intenciones. Que hay procesos que requieren otros espacios, otras palabras, otros tiempos. Que el vínculo no puede ser el único lugar donde se juegue la vida del otro.

Para quien está en depresión, esto también es importante. Cuando todo queda depositado en una sola persona, el riesgo es quedar fijado a esa dependencia. El otro se vuelve muleta, y uno confirma, sin quererlo, la idea de que no puede moverse solo. El acompañamiento ético no reemplaza el camino propio; apenas lo hace un poco más transitable.

En un mundo que pide productividad incluso al dolor, decir “no entiendo, pero estoy” es casi un acto político. Es renunciar a la urgencia de arreglar, explicar o acelerar procesos que no obedecen a la voluntad.

Tal vez de eso se trate también la lucha contra la depresión: de aprender a estar sin apropiarse, de acompañar sin salvar, de aceptar que no todo sufrimiento se ilumina, pero sí puede ser compartido.

No te salvo, pero no me voy.
Y a veces, eso es exactamente lo que hace posible que algo empiece a moverse.

Ilustración de Los Romanticos Pendejos

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