01/01/2026
Ya viene ese cierre de ciclo donde el calendario dice “año nuevo” y la inercia nos empuja a gritar, contar segundos, tragar uvas con desesperación, prometer cambios, hacer rituales con el calzón de algún color específico y, en los casos más ingenuos, tronar cohetes sin importar el sufrimiento que causan a los perritos, gatos y a quienes alguna vez tuvimos la brillante idea de pasar las fiestas en un pueblito mágico.
Y antes de que nos vayamos en automático, quiero hablar de algo: el encendido del fuego nuevo.
Hace chingomil años, la humanidad no “celebraba” el paso del tiempo: lo honraba.
Antes de avanzar al siguiente paso —no solo de forma personal, sino como comunidad— los humanitos nos preguntábamos si continuar o no. Continuar no era automático. No estaba dado por hecho. Continuar era un acto espiritual.
Cuando todo era monte, como dicen los abuelos, el fuego no era adorno. Era umbral. Era la puerta entre seguir y desvanecerse. Por eso, antes de cruzar cualquier límite, se apagaba todo antes de volver a encenderse. Y no como teatro, sino como un acto de honestidad.
Ese apagón era reverencia. Oración silenciosa. Vacío.
Un vacío que se llenaba con el cosmos preguntando: ¿siguen conscientes? ¿siguen cuidando? ¿siguen mereciendo este pulso?
Cuando la llama volvía a encenderse, no era solo fiesta. Era juramento. Un pacto que el fuego sellaba y del cual se convertía en testigo y guardián. Memoria ardiente de que la vida no es un obsequio desechable.
Cada chispa miraba de vuelta a quien la encendía y preguntaba en silencio: si yo sostengo la luz, ¿tú sostienes el sentido, humanito?
El fuego no solo calienta el cuerpo. Protege el alma. Resguarda identidad y sagrado. Recuerda lo que somos cuando todo alrededor intenta disolvernos. Por eso se le habla y se le alimenta. No es cosa. No es objeto. Es presencia. Puente entre lo visible y lo invisible.
Si el fuego se apaga, se apaga el relato que sostiene al mundo. El silencio se vuelve demasiado grande. Las cosas pierden forma. La existencia pierde a su narrador. Por eso hay llamas que velan la noche, fuegos que cuidan la dignidad, brasas que impiden que la humanidad se entregue al olvido. El fuego es nuestra frontera contra el vacío.
Y aquí viene el golpe:
Nosotros ya no apagamos nada para volver a encenderlo. No hacemos pausa. No meditamos si continuar o no. Ni hacemos tratos cósmicos. Damos por hecho. Así, sin pensar demasiado.
Damos por hecho que amanece, que hay agua, que el cuerpo aguanta, que la casa sigue, que el mundo ahí está como siempre. Que la vida es como una suscripción: si pagas, se renueva. Y si algo se rompe, no pasa nada, se reemplaza.
Y como creemos que la realidad es un “algo”, una cosa que siempre va a estar ahí y que no exige reciprocidad, dejamos de lado el rito. El fuego se volvió decoración. Se redujo a velitas aromáticas, estufas, encendedores, lucecitas navideñas, filtros cálidos para una foto en redes.
El fuego dejó de ser centro y pacto. Se volvió ambiente. Fondo. Como música de elevador.
Antes, cuando la oscuridad parecía eterna, el fuego se encendía para convocar. Para llamar a la luz como quien llama a un dios. Era canal para conversar con lo invisible, agradecer el misterio, pedir dirección. Sin arrogancia, con reciprocidad.
Porque en aquel momento no nos sentíamos dueños del mundo. Éramos animalitos erguidos, orgullosos de poder cuidarlo… antes de que se convirtiera en puro ruido.
El fuego también era resistencia contra todo lo que enfría lentamente el espíritu. Una lucecita pequeña sosteniendo la humanidad cuando la vida se volvía inhóspita.
Si juntamos todas esas memorias, sin nombres ni fronteras, aparece una verdad simple: el fuego nunca fue espectáculo. Nunca fue adorno. Fue centro. Fue corazón del tiempo. Recordatorio insistente de que la continuidad del mundo no es automática: es responsabilidad espiritual.
Y ahora estamos nosotros.
Herederos de luces que se encienden con un botón. De ruido que se confunde con celebración y fuegos artificiales que brillan rápido y no significan nada. Contamos segundos, brindamos, sonreímos para las fotos. Sabemos prender pantallas, pero no siempre sabemos encender un fuego. Abrazamos sin estar presentes, festejamos sin tener claro qué celebramos. Sabemos pedir, pedir, pedir… pero olvidamos ofrecer algo a cambio.
Y ahí está el problema: andamos por la vida con la cara iluminada, pero sin fuego adentro. Como si el pulso estuviera garantizado. Sin custodiar nada. Sin rito ni reverencia. Un mundo donde todo brilla pero nada arde.
El fuego sagrado nunca fue para celebrar que cambia el calendario. Fue para recordarnos quiénes somos y qué estamos dispuestos a sostener.
Y yo quise reflexionar sobre esto. Porque ahora sí… quizá este año, más que pedir deseos, podamos encender presencia. Con menos ruido y más sentido. Más que pedirle al tiempo que nos salve, ofrecernos a él despiertos.
Que no falte el fuego afuera. Pero sobre todo, que no falte la llama dentro.
Feliz año nuevo a todos.