30/05/2026
A muchas personas no les cuesta poner límites porque “no sepan decir que no”, sino porque, en algún momento de su historia, decir lo que pensaban tuvo un costo alto: distancia, enfado, silencio, rechazo. El cuerpo aprende rápido esa lección y empieza a asociar límite con pérdida.
Con el tiempo, no poner límites se vuelve una forma de intentar conservar el cariño: cedes, te adaptas, te tragas comentarios, aceptas planes que no quieres, todo con tal de no ver esa cara de disgusto del otro lado. Por dentro se acumula el cansancio; por fuera, parece que “todo está bien”. Trabajar los límites no va solo de aprender frases asertivas, sino de hacer las paces con esa idea tan dolorosa: habrá personas que, cuando empieces a ser más honesta con lo que necesitas, se alejen. Y aun así, tu límite sigue siendo válido.
Poner límites es una manera de decirte a ti misma que tu paz también importa, aunque no a todo el mundo le guste tu nueva forma de estar en la relación.