03/08/2026
Nadie me dijo que dolería tanto. Que habría noches en las que dudaría si mi leche era suficiente, aunque profesionalmente supiera exactamente qué hace que la producción funcione. Que el cansancio y la lactancia a veces van de la mano, y que “saber la teoría” no siempre hace que el cuerpo coopere.
El primer mes hubieron noches en las que lloré pensando que no lo iba a lograr. Que por más que quisiera, la lactancia exclusiva no se lograría. Pero con muuuuuucha paciencia, se logró, Amir y yo, aprendimos.
Y hace poco pasó algo que me costó mucho aceptar: empecé a darle fórmula a mi bebé.
No por falta de ganas, ni por preferencia. Fue el cansancio, el estrés y malas noches de sueño que, aunque yo sepa perfecto que eso le pasa factura a la producción de leche, es diferente vivirlo uno mismo. Fue también tener que dejarlo al cuidado de mi red de apoyo por el trabajo, y descubrir ahí que la fórmula era una ayuda necesaria. Que extraerme lechita para dejarle ya no estaba resultando y la rutina seguía.
Y con eso llegó la culpa. Porque se supone que con todo el conocimiento, debía poder darle a mi bebé lo “ideal”. Y aun así, ahí estaba, con el corazón hecho n**o, dándole fórmula y sintiendo que le estaba fallando.
Hoy, con un poco más de calma, entiendo que no. Que ser nutrióloga no me hizo inmune a nada de esto y que maternar con fórmula no es el fin del mundo, que es una herramienta. Esto solo me dejó ver más claro que la lactancia no depende nada más de las ganas de una mamá. Depende de descanso, de apoyo, de que la vida real nos dé un respiro que a veces no da.
Esta semana es la Semana Mundial de la Lactancia Materna, y este año el lema habla de fortalecer lo que sí funciona. Y lo que de verdad funciona es dejar de exigirnos perfección, y empezar a acompañarnos.
Si estás en tu proceso ahora, con pecho, con fórmula, o con los dos: no le estás fallando a nadie. Estás haciendo lo que puedes, con lo que tienes. Estás haciendo lo mejor para tu bebé, pero también lo mejor para ti. Y eso lo es todo. 🫶🏽💖