04/05/2025
Conocí a un empresario, Sture, que por entonces tenía
unos sesenta años. Sture había fundado su propio negocio, en el que llevaba trabajando
muchos años. Yo debía entrevistarle antes de que pusiera en marcha un nuevo proyecto.
Comenzamos analizando cómo funcionaban las cosas en su empresa. Una de las
primeras afirmaciones que Sture hizo fue que estaba rodeado de id**tas. Recuerdo que
en aquel momento me reí, porque sonaba gracioso. Pero lo cierto es que Sture hablaba
en serio. Se le encendía el rostro al explicarme que los trabajadores del departamento A
eran id**tas; todos y cada uno de ellos. En el departamento B solo había tontos, que no
se enteraban de nada. Por no hablar de los del departamento C, sin duda los peores:
aquellos trabajadores eran tan raros y extraños, que Sture no se explicaba cómo
conseguían llegar al trabajo por las mañanas.
Cuanto más le escuchaba, más me convencía yo de que había algo raro en todo
aquello. Le pregunté si de verdad pensaba que cuantos le rodeaban eran id**tas.
Mirándome fijamente, respondió que sí, que la mayoría de sus empleados no valían para
nada.
Es más, Sture no dudaba en manifestar a sus trabajadores la opinión que estos le
merecían. No dudaba en llamar «id**ta» a cualquiera delante del resto de la plantilla de la
empresa. En consecuencia, sus empleados huían de él. Nadie se atrevía a tener reuniones
cara a cara con Sture: nunca se enteraba de las malas noticias, porque todos sabían que
lo más probable era que echara la culpa a quienes se las llevaran.
e formulé a Sture
la única pregunta que se me ocurrió: «¿Quién ha permitido que entren todos esos
id**tas?». Por supuesto, yo era consciente de que seguramente Sture había contratado a
la mayoría de ellos. Lo que es peor: Sture también sabía que yo lo sabía, por lo que de
forma tácita mi pregunta significaba: «¿Quién es el mayor id**ta, entonces?».
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