Empieza de a 3

Empieza de a 3 Consejería Familiar AUTISMO - TDAH - La crianza es un viaje lleno de desafíos.

Aquí compartiré el "por qué" de muchas de tus preguntas de una forma clara y sincera. Con amor y fuerza podemos superar cualquier obstáculo, que NADIE te diga lo contrario.

🚶🏻‍♂️🧱 🧱 CUANDO LA VIDA SOCIAL DE TU HIJO NEURODIVERGENTE SE VA HACIENDO CADA VEZ MÁS PEQUEÑAHay algo que he visto mucha...
26/09/2026

🚶🏻‍♂️🧱 🧱 CUANDO LA VIDA SOCIAL DE TU HIJO NEURODIVERGENTE SE VA HACIENDO CADA VEZ MÁS PEQUEÑA

Hay algo que he visto muchas veces trabajando con adolescentes y, especialmente, con adultos con TDAH: su vida social puede ir haciéndose cada vez más pequeña sin que ellos hayan decidido realmente quedarse solos. No necesariamente dejaron de querer a la gente. No necesariamente se volvieron antisociales. A veces simplemente fueron acumulando demasiadas experiencias en las que no entendieron qué había pasado con los demás, por qué alguien dejó de escribirles, por qué una amistad se enfrió, por qué una pareja terminó cansándose, por qué en un grupo empezaron a excluirlos o por qué después de una reunión sentían que algo había salido mal aunque nadie se los dijera directamente. Y después de suficientes experiencias así, llega un momento en que quedarse en casa empieza a resultar mucho más sencillo que volver a exponerse.

En el TDAH esto puede ser especialmente duro porque muchas conductas que para la persona son espontáneas o incluso normales pueden tener consecuencias sociales que no alcanza a percibir en el momento. Interrumpir constantemente, hablar sin medir cuánto espacio está ocupando en una conversación, cambiar de tema porque apareció una idea nueva, olvidar responder mensajes, llegar tarde, cancelar a último momento, prometer algo y olvidarlo, desaparecer durante días porque se saturó o concentrarse tanto en lo propio que no se da cuenta de que la otra persona también necesita ser escuchada. El problema es que después puede escuchar una explicación que resume años de frustración en una sola palabra: “No te importa nadie”. Y quizá esa no sea la verdad, pero tampoco podemos negar que algunas de esas conductas pueden hacer sentir a los demás que no les importan.

Y aquí quiero detenerme porque en la neurodivergencia existe una conversación que a veces se vuelve demasiado cómoda: decirle a la persona “no cambies por nadie, quien te quiera te aceptará como eres”. Suena bonito, pero puede ser una pésima herramienta si la utilizamos para evitar que nuestros hijos conozcan el efecto que tienen sobre los demás. Porque una cosa es enseñarles a no vivir esclavizados por la aprobación ajena y otra muy distinta es impedirles descubrir que algunas de sus conductas pueden lastimar, cansar, incomodar o alejar a otras personas. No todo señalamiento es discriminación. A veces alguien está describiendo una consecuencia real de algo que hacemos y nadie nos había ayudado a mirar.

Eso es justamente parte de lo que intento trabajar con los chicos que acompaño. Antes de decirles cómo deberían comportarse con los demás, necesito ayudarlos a conocerse: qué piensan, qué sienten, qué los dispara, qué los entusiasma, qué les cuesta detener, qué interpretan de una situación y qué pueden estar dejando de interpretar. Pero hay otra parte igual de importante: aprender a mirar a la persona que tienen enfrente. ¿Qué pudo haber entendido? ¿Qué pudo haber sentido? ¿Qué información le está dando mi comportamiento aunque yo no haya querido transmitirla? Porque relacionarse no consiste solamente en conseguir que los demás nos comprendan. También consiste en aprender a comprender que los demás tienen una mente, unas necesidades, unos límites y una historia que no podemos ver.

Y esto se vuelve todavía más fuerte cuando hablamos de adultos. Porque un adolescente puede llegar a los 15, 17 o 19 años pensando que simplemente “no encaja”, pero un adulto de 30, 40 o incluso 50 años puede llegar a una videollamada con una historia social completa detrás: amistades que se fueron perdiendo, trabajos donde terminó sintiéndose rechazado, parejas que le dijeron que era demasiado intenso o demasiado ausente, familiares que dejaron de invitarlo, grupos de amigos que ya no frecuenta y una cantidad enorme de relaciones que terminaron sin que jamás pudiera comprender completamente qué ocurrió. Y muchas veces ese adulto ya no dice “quiero tener más amigos”. Dice algo mucho más defensivo: “La verdad, estoy mejor solo”.

Puede ser cierto que esté mejor lejos de determinadas personas. Pero también puede ser que haya aprendido a llamar paz a una vida social que se fue reduciendo después de demasiadas experiencias que no supo interpretar. Y ahí hay una diferencia enorme. Una persona puede elegir legítimamente tener pocos vínculos, disfrutar de su propia compañía y no necesitar una agenda llena. Pero otra cosa es que haya dejado de acercarse a los demás porque anticipa rechazo, porque se cansó de equivocarse socialmente o porque cada relación terminó convirtiéndose en otra experiencia que confirmó la idea de que “la gente es complicada”.

Con el autismo también puede existir una reducción del mundo social, aunque las razones y experiencias pueden ser diferentes y no corresponde meter todo en el mismo s**o. Las diferencias en comunicación social, la sobrecarga sensorial, la necesidad de recuperación después de determinadas interacciones o las dificultades para interpretar algunas señales pueden hacer que ciertos vínculos requieran un esfuerzo considerable. Pero incluso ahí necesitamos mirar a la persona completa y no convertir el diagnóstico en una explicación automática de cada dificultad social.

Con el TDAH, en cambio, muchas veces el problema no es que no quieran relacionarse, sino que no siempre logran sostener las relaciones de la manera que las relaciones necesitan. Pueden querer muchísimo a alguien y, aun así, olvidar escribirle. Pueden extrañar a un amigo y, aun así, pasar semanas sin buscarlo. Pueden amar a su pareja y, aun así, hablar durante veinte minutos sin darse cuenta de que nunca preguntaron cómo estuvo su día. Pueden querer participar de un grupo y, al mismo tiempo, terminar agotándolo con impulsividad, intensidad, olvidos o cambios constantes. El afecto puede estar ahí. La dificultad para convertir ese afecto en conductas que la otra persona pueda sentir también puede estar ahí.

Y cuando nadie les ayuda a entender esa diferencia, aparece un círculo que he visto demasiadas veces: hago algo que no comprendo, la otra persona reacciona de una manera que tampoco comprendo, pienso que me están rechazando, me alejo, vuelvo a intentarlo tiempo después, vuelve a ocurrir algo parecido y finalmente concluyo que el problema es que nadie me acepta. Después de varios años, el mundo social se hace pequeño y la persona empieza a construir una vida alrededor de aquello que no le exige exponerse demasiado.

Lo más triste es que muchas familias se dan cuenta cuando el proceso ya está bastante avanzado. No cuando el niño tenía una dificultad con un compañero, sino cuando a los 20 o 30 años ya casi no llama a nadie. No cuando una amistad se rompió, sino cuando prácticamente dejó de tener amigos. No cuando una relación terminó, sino cuando empieza a pensar que las relaciones simplemente “no son para él”. Y entonces aparece la pregunta de siempre: “¿Por qué no sale? ¿Por qué no conoce gente? ¿Por qué no intenta?”. Quizá la pregunta anterior debería haber sido: “¿Qué experiencias tuvo para llegar a preferir no intentarlo?”

Porque ayudar socialmente a una persona con TDAH no significa convertirla en alguien perfectamente adaptado, silencioso, predecible y agradable para todo el mundo. Tampoco significa enseñarle a actuar para conseguir aprobación. Significa darle algo mucho más poderoso: conocerse lo suficiente para reconocer sus propios patrones y comprender lo suficiente a los demás para decidir qué hacer con ellos. Saber cuándo insistir, cuándo escuchar, cuándo disculparse, cuándo explicar, cuándo poner un límite y cuándo aceptar que una relación simplemente no funciona.

Y quizá por eso hay adultos que llegan a una videollamada pensando que necesitan aprender a “hacer amigos”, cuando en realidad llevan años necesitando entender algo mucho más profundo: qué ocurre entre ellos y las personas que tienen enfrente. Porque a veces no falta capacidad para querer. Falta información sobre cómo ese cariño está llegando al otro lado.

La vida social no siempre desaparece de golpe. A veces se va haciendo pequeña de manera silenciosa: un mensaje que ya no respondes, una invitación que rechazas, una amistad que dejas morir, una reunión a la que ya no vas, una relación que prefieres no volver a intentar. Y un día miras alrededor y descubres que tienes muy poca gente cerca. No porque nunca hayas necesitado a nadie, sino porque durante años nadie te ayudó a entender qué estaba pasando entre tú y los demás.

Y si tu hijo adolescente ya empieza a alejarse de todos, o si tu hijo adulto lleva años repitiendo que “está mejor solo”, quizá no sea suficiente decirle que salga más, que conozca gente o que cambie de actitud. Tal vez primero haya que entender su historia social, porque detrás de ese mundo cada vez más pequeño puede haber muchas cosas que todavía no ha podido comprender de sí mismo.

A veces no necesitas enseñarle a tu hijo a tener más gente alrededor. Necesitas ayudarlo a comprender por qué las personas se fueron quedando cada vez más lejos.

🟨 Pablo Guerra✌🏻
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🩷🌀🩵 HIJOS NEURODIVERGENTES: EL AGOTAMIENTO MENTAL QUE LA FAMILIA NO COMPRENDE...🌧️¿Por qué mi hijo anda cansado todo el ...
25/09/2026

🩷🌀🩵 HIJOS NEURODIVERGENTES: EL AGOTAMIENTO MENTAL QUE LA FAMILIA NO COMPRENDE...🌧️

¿Por qué mi hijo anda cansado todo el tiempo? ¿Por qué llega a casa y quiere encerrarse? ¿Por qué no quiere salir? ¿Por qué prefiere quedarse en su habitación? ¿Por qué para algunas cosas parece tener energía y para otras parece que no puede ni empezar? Estas son preguntas que escucho con mucha frecuencia cuando hablamos de adolescentes y jóvenes adultos con TDAH, y también aparecen en familias de personas con autismo. El problema es que muchas veces comenzamos preguntando por qué están cansados, pero terminamos juzgando su cansancio como si fuera una decisión: “siempre anda cansado”, “nunca quiere hacer nada”, “todo le da flojera”, “para el celular sí tiene energía”, “cuando quiere, sí puede”.

Y en ese momento ocurre algo peligroso: el cansancio deja de ser visto como una experiencia y empieza a ser interpretado como una actitud. El padre o la madre se molesta, el hijo se defiende o se encierra todavía más, la familia insiste y el adolescente termina sintiendo que nadie entiende lo que le pasa. No es raro que un joven con TDAH pueda pasar toda una semana intentando cumplir con clases, tareas, responsabilidades, horarios, conversaciones, expectativas, olvidos que tiene que compensar y errores que constantemente le recuerdan; y cuando finalmente llega a casa, lo único que quiera sea no tener que responderle a nadie durante un rato. Desde afuera parece que “no hace nada”. Desde adentro puede sentirse como si por fin hubiera dejado de correr.

Pensemos en algo tan típico como una reunión familiar. Llega el domingo y todos están contentos porque hay almuerzo, tíos, primos, ruido, conversaciones cruzadas, preguntas, bromas, niños corriendo, gente entrando y saliendo y alguien que inevitablemente pregunta: “¿Y tú qué estás haciendo ahora?”. Para muchos es simplemente una reunión familiar. Para un adolescente con TDAH puede significar sostener atención en varias conversaciones, recordar lo que acaba de escuchar, controlar impulsos, saber cuándo hablar y cuándo callar, soportar estímulos, responder preguntas que no esperaba y permanecer socialmente disponible durante horas. Entonces dice que no quiere ir. La familia se molesta: “¡Siempre es lo mismo contigo! ¡Nunca quieres compartir con nosotros!”. Finalmente va, permanece un rato y luego busca un lugar tranquilo o pregunta cuándo se van. Y nuevamente aparece la interpretación: “Qué aburrido es”, “no le interesa la familia”, “se ha vuelto demasiado antisocial”.

Pero quizá no estaba rechazando a su familia. Quizá estaba llegando al límite de su batería mental.

Eso es algo que he visto repetirse muchas veces en mi trabajo con adolescentes y jóvenes adultos por videollamada. A veces llegan hablando poco, con desgano, con respuestas cortas, sin demasiadas ganas de explicar lo que sienten. Y cuando uno empieza a conocer cómo ha sido su semana, aparece la historia completa: demasiadas demandas, demasiadas cosas pendientes, demasiados estímulos, demasiados “acuérdate”, “apúrate”, “concéntrate”, “otra vez te olvidaste”, “¿por qué no haces algo con tu vida?”. No siempre están cansados porque hayan hecho demasiado físicamente. A veces están cansados de intentar funcionar todo el día.

Y esto es especialmente importante en el TDAH porque una actividad que desde afuera parece pequeña puede exigir muchísimo esfuerzo interno. Organizarse, iniciar una tarea, sostener la atención, cambiar de una actividad a otra, recordar instrucciones, controlar una respuesta impulsiva, terminar algo que ya perdió interés o simplemente decidir por dónde comenzar puede consumir una cantidad de energía que los demás no ven. Por eso esa frase de “pero si no has hecho nada” puede ser particularmente injusta. Que no veamos el esfuerzo no significa que no exista.

También puede suceder con el autismo, aunque el agotamiento puede tener otros componentes y no debe asumirse que todas las personas neurodivergentes funcionan de la misma manera. La sobrecarga sensorial, social y emocional puede hacer que después de determinados espacios necesiten aislarse, descansar o permanecer en ambientes conocidos. La casa puede convertirse entonces en el lugar donde finalmente no necesitan estar pendientes de cada sonido, cada conversación, cada gesto o cada expectativa social.

Y aquí aparece otra confusión familiar que puede hacer mucho daño: confundir recuperación con comodidad. El hijo se encierra y los padres piensan que está cómodo. Se queda en casa y creen que no quiere progresar. Rechaza una salida y piensan que se está volviendo flojo. Duerme más y concluyen que no tiene ambición. Pide estar solo y sienten que está rechazando a la familia. Poco a poco, el “mi hijo siempre está cansado” se transforma en “mi hijo nunca quiere hacer nada”. Y cuando esa segunda frase empieza a repetirse demasiado, deja de describir una conducta y comienza a convertirse en una etiqueta.

Lo complicado es que el hijo también puede terminar creyéndola. Empieza a pensar que realmente es flojo, que realmente es incapaz, que realmente no tiene ganas de nada. Y mientras los padres se preguntan por qué no reacciona, él puede estar cada vez más agotado de tener que explicar algo que ni siquiera sabe explicar bien. Porque muchas veces no va a decir: “Mamá, estoy experimentando agotamiento cognitivo después de una semana de sobrecarga ejecutiva y social”. Va a decir algo mucho más sencillo: “No quiero ir”. “Estoy cansado”. “Déjame”. “Quiero estar en mi cuarto”.

Y ahí es donde los adultos tenemos que aprender a escuchar un poco más allá de las palabras. No significa permitirlo todo, justificar cualquier conducta ni convertir el cansancio en una excusa permanente. Significa preguntarnos qué hay detrás de ese cansancio antes de convertirlo automáticamente en flojera, mala actitud o falta de voluntad. Porque un adolescente o un joven adulto con TDAH no necesita que le quitemos todas las exigencias de la vida; necesita que podamos distinguir entre una exigencia que lo ayuda a crecer y una exigencia que simplemente lo termina de agotar.

A veces papá y mamá llegan a un punto en el que ya no saben qué hacer. Han hablado, han castigado, han insistido, han negociado, han quitado el celular, han intentado motivarlo, lo han llevado a reuniones familiares, le han dicho que tiene que poner de su parte y, aun así, sienten que cada conversación termina igual. Y quizá ese sea precisamente el momento de dejar de preguntarse quién tiene la razón y empezar a preguntarse qué es lo que todavía no estamos entendiendo.

Porque hay situaciones en las que la familia ama profundamente a su hijo, pero ya está demasiado involucrada emocionalmente para poder mirar con claridad lo que está ocurriendo. Y eso no convierte a papá o mamá en malos padres. Los convierte en padres que también pueden necesitar que alguien los ayude a mirar desde otro lugar, a entender ese cansancio, a encontrar qué lo está provocando y, sobre todo, a descubrir cómo acompañar al hijo sin convertir cada día en otra batalla.

Tal vez ese adolescente que lleva meses diciendo “estoy cansado” no necesita escuchar una vez más “tienes que esforzarte”. Tal vez necesita que alguien pueda sentarse frente a él, escucharlo sin la historia familiar encima y ayudarlo a ponerle nombre a aquello que él tampoco sabe explicar. Y tal vez sus padres también necesitan que alguien les traduzca lo que su hijo lleva tiempo intentando decirles.

Porque cuando un hijo deja de salir, deja de participar, se encierra cada vez más y parece agotado incluso después de descansar, quizá la pregunta ya no debería ser solamente “¿por qué no quiere hacer nada?”. Quizá la pregunta que puede cambiarlo todo sea: “¿qué le está costando tanto que nosotros todavía no hemos logrado ver?”

Que quede claro: esto no es simplemente una etapa que mañana se pasa y ya está. El adolescente que hoy vive agotado, se encierra, evita reuniones y siente que cualquier demanda le cuesta demasiado puede convertirse en un adulto de 20, 30, 40 o 50 años que sigue viviendo ese mismo desgaste, quizá con otras formas y otras consecuencias, pero sin haber entendido nunca qué le estaba pasando. La edad por sí sola no enseña a una persona a comprenderse ni a manejar aquello que la desborda. Y cuando nadie ayuda a mirar ese agotamiento, muchas veces lo único que cambia con los años es la manera en que la persona aprende a esconderlo.

Y si papá y mamá ya no encuentran esa respuesta solos, pedir ayuda no significa que hayan fracasado. A veces significa exactamente lo contrario: que dejaron de pelear contra una conducta que no comprenden y decidieron intentar comprender al hijo que está detrás de ella. Porque quizá tu hijo no necesita que alguien le diga nuevamente que cambie. Quizá necesita que alguien ayude a ustedes a entender qué le está pasando para que, juntos, puedan empezar a cambiar la manera de acompañarlo.

🟨 Pablo Guerra✌🏻

EMPIEZA DE A 3

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⬛🟨⬛ ¿MIEDO A LA UNIVERSIDAD O… MIEDO A SER RECHAZADOS?Cuando lo que vivieron durante años en el colegio termina metiéndo...
24/09/2026

⬛🟨⬛ ¿MIEDO A LA UNIVERSIDAD O… MIEDO A SER RECHAZADOS?

Cuando lo que vivieron durante años en el colegio termina metiéndose, sin pedir permiso, en la decisión sobre qué harán con su vida.

Hay jóvenes que llegan al momento de elegir una carrera y dicen que no quieren universidad. Los adultos suelen escuchar esa frase como falta de interés, flojera, inmadurez o ausencia de metas, pero algunas veces hay una historia mucho más larga detrás. Porque para un joven neurodivergente, especialmente cuando ha pasado años siendo señalado, ridiculizado, excluido o tratado como “el raro”, estudiar puede dejar de estar asociado solamente con aprender. Puede empezar a estar asociado con exponerse, equivocarse delante de otros, no encajar, ser observado, ser comparado y volver a sentir aquello que durante años intentó esconder.

Lo veo en las videollamadas con los chicos con los que trabajo. No siempre llegan hablando de bullying. A veces llegan diciendo que no saben qué estudiar, que ninguna carrera les interesa o que prefieren trabajar. Pero cuando uno empieza a recorrer la historia, aparecen detalles que estaban escondidos detrás de esa respuesta: el chico al que se burlaban porque preguntaba demasiado, la adolescente que dejó de participar porque cada error terminaba en risas, el joven con TDAH al que durante años llamaron flojo y desordenado, el chico con rasgos autistas que aprendió a observar a los demás para copiar cómo comportarse, la estudiante que tuvo que cambiar su manera de hablar, vestirse o relacionarse para intentar entrar en un grupo. Y entonces la pregunta vocacional deja de ser solamente “¿qué te gusta?” y aparece otra mucho más importante: “¿qué experiencias hicieron que estudiar dejara de sentirse como un lugar seguro para ti?”

Porque la historia puede comenzar en el colegio, pero no necesariamente termina allí. Llega la preparatoria, la academia o ese espacio donde empieza a prepararse para la siguiente etapa y aparece una oportunidad: nadie conoce todavía su historia. Puede intentar empezar de nuevo, y algunos lo consiguen. Encuentran amigos, descubren personas con intereses parecidos y por primera vez experimentan lo que significa estar en un grupo sin tener que actuar todo el tiempo. Pero otros vuelven a encontrarse con las mismas dinámicas: burlas, exclusión, presión por encajar, compañeros que detectan rápidamente aquello que los hace diferentes y una persona que otra vez empieza a preguntarse qué debe cambiar de sí misma para ser aceptada.

Y eso importa muchísimo cuando llega la elección de una carrera. Porque elegir una profesión no ocurre en el vacío. Un joven no solamente se pregunta si le gustan la ingeniería, el diseño, la medicina, la gastronomía, la informática o cualquier otra área. También puede estar preguntándose, aunque no lo diga: “¿Dónde voy a encajar?”, “¿cómo serán mis compañeros?”, “¿volveré a ser el raro?”, “¿qué pasa si no consigo amigos?”, “¿qué pasa si todos se dan cuenta de que soy diferente?”. Entonces una carrera que podría interesarle empieza a perder frente al miedo. No porque no tenga capacidad, sino porque el costo emocional que imagina puede parecer demasiado alto.

Por eso me encuentro con chicos que pueden hablar durante una videollamada con entusiasmo cuando les pregunto por aquello que realmente les interesa, pero cambian completamente cuando hablamos de volver a un aula. Un joven puede emocionarse explicándome cómo funciona un programa, un videojuego, una computadora, una máquina o un proyecto que lleva semanas investigando y, cinco minutos después, decirme que no quiere estudiar una carrera relacionada con eso porque tendría que entrar a una universidad y relacionarse con demasiada gente. Ahí hay algo que vale la pena mirar. Quizá no estamos frente a falta de vocación. Quizá estamos frente a una vocación que está chocando contra una historia de rechazo.

Y no, esto no significa que todo joven neurodivergente que no quiera universidad haya sufrido bullying. Tampoco significa que toda decisión de estudiar una carrera tenga que pasar por la universidad. Hay jóvenes que prefieren una formación técnica, otros necesitan trabajar, algunos todavía no descubren qué quieren y otros simplemente desean construir un camino diferente. Pero cuando conocemos la historia y encontramos años de rechazo, humillación o aislamiento, sería demasiado fácil (y demasiado injusto) reducir todo a “no quiere estudiar”.

Porque algunas veces sí quiere aprender. Lo que no quiere es volver a sentirse como antes.

Ahí también tenemos que mirar a los adultos. Durante años podemos haberle preguntado a ese niño si hizo la tarea, por qué sacó esa nota, por qué no respondió, por qué no se defendió o por qué no consigue amigos. Y quizá nunca le preguntamos qué estaba pasando realmente dentro de ese salón. Cuando finalmente llega a los diecisiete o dieciocho años y dice que no quiere universidad, pretendemos que tome una decisión vocacional limpia, racional y sin pasado, como si todo aquello no tuviera ninguna relación.

Pero las personas no eligen su futuro desde cero.

Lo eligen llevando consigo lo que vivieron.

Por eso, cuando acompaño a un joven en una videollamada de exploración vocacional, no me interesa únicamente preguntarle qué carrera le parece bonita. Quiero entender qué despierta su curiosidad, qué problemas disfruta resolver, qué actividades consigue sostener, qué cosas lo frustran, cómo aprende, qué ambientes tolera, cuáles lo saturan y, especialmente, qué experiencias pueden estar interfiriendo con la posibilidad de imaginarse dentro de un determinado camino. Porque si un joven me dice “me gusta informática, pero no quiero estudiar eso”, la respuesta no debería ser inmediatamente convencerlo. Primero hay que descubrir qué significa ese “no quiero”.

A veces detrás de un “no quiero” hay desinterés.

A veces hay miedo.

A veces hay una mala experiencia.

Y a veces hay una mezcla de todo.

Lo preocupante es que podemos pasar años intentando encontrar la carrera correcta mientras ignoramos aquello que está haciendo que el joven descarte todas las posibilidades antes siquiera de probarlas. Puede rechazar una universidad porque teme los grupos, descartar una carrera porque imagina demasiadas exposiciones, evitar determinados ambientes porque recuerda experiencias anteriores o preferir quedarse en casa porque allí, por fin, nadie está esperando que se comporte como los demás.

Entonces vuelvo a la pregunta del título: ¿miedo a la universidad o miedo a ser rechazados?

Tal vez no podamos responderla desde una primera conversación. Pero sí podemos empezar a hacer mejores preguntas. Porque cuando un joven lleva años diciendo “no sé qué quiero”, “no me interesa nada” o “no quiero estudiar”, vale la pena escuchar también aquello que no está diciendo. Y si al recorrer su historia aparecen rechazo, maltrato, exclusión, vergüenza o miedo a volver a empezar, quizá no necesite otra presión para decidir. Quizá necesite que alguien se siente frente a él (aunque sea a través de una pantalla) y le ayude a separar lo que realmente quiere construir de aquello que aprendió a evitar para no volver a sufrir.

Porque elegir una vocación también puede significar recuperar la posibilidad de imaginar un futuro sin tener que esconderse para llegar hasta él.

🟦 Pablo Guerra✌🏻

Consejería Familiar | Exploración Vocacional para adolescentes y jóvenes con TDAH y neurodivergencia: +51 952 037 361

❌🛑❌ “SEXUALIZANDO LA AMISTAD”: CUANDO EL BULLYING LLEGA DE OTRA FORMA...(UN POST MUY MUY INCÓMODO)Escribo esto a partir ...
23/09/2026

❌🛑❌ “SEXUALIZANDO LA AMISTAD”: CUANDO EL BULLYING LLEGA DE OTRA FORMA...

(UN POST MUY MUY INCÓMODO)

Escribo esto a partir de lo que está ocurriendo alrededor del caso del Liceo Naval Almirante Guise, donde se investiga una presunta agresión sexual contra un estudiante de 16 años ocurrida durante el traslado de un grupo de escolares. Diez adolescentes fueron incluidos inicialmente en la investigación. Esto no significa que la responsabilidad individual de cada uno ya esté determinada; eso corresponde a la investigación y a las autoridades. Pero hay algo que este caso vuelve a poner delante de nosotros y que no pertenece únicamente a ese colegio: ¿qué está ocurriendo entre nuestros estudiantes cuando los adultos no están mirando?

Y aquí hay algo que me parece bastante hipócrita: no vale escandalizarnos ahora como si estuviéramos descubriendo algo completamente desconocido. Muchos padres conocen determinadas bromas que circulan entre adolescentes. Muchos profesores las han escuchado. Algunas escuelas se han encontrado con ellas. Yo mismo, en capacitaciones que he realizado con docentes, he puesto este tema sobre la mesa y he visto cómo aparece esa incomodidad que no necesita demasiadas palabras: silencio, miradas entre ellos, alguna sonrisa nerviosa e incluso más de un rostro colorado porque saben perfectamente de qué estoy hablando. No estoy diciendo que todos los profesores hayan vivido esto ni que todas las escuelas funcionen así. Digo que, cuando se habla seriamente de lo que ocurre entre estudiantes cuando los adultos no están presentes, hay conductas que muchos adultos reconocen inmediatamente.

Y cuando digo estudiantes, no estoy hablando solamente de los chicos. También están las niñas y las adolescentes de secundaria. Ellas también pueden recibir comentarios sexuales, bromas sobre su cuerpo, invasiones físicas, insinuaciones, tocamientos, humillaciones, presión del grupo o ser convertidas en objeto de burlas relacionadas con su sexualidad. Pueden escuchar comentarios sobre sus senos, sus piernas, su trasero, su menstruación, su ropa o su desarrollo físico. Pueden ser sexualizadas por chicos, por otras chicas o incluso por un grupo completo. También pueden participar en estas dinámicas, reírse para encajar, quedarse calladas por vergüenza o aprender a normalizar algo que en realidad les incomoda. El bullying sexualizado no tiene un único género, ni una única forma, ni una única dirección.

He preguntado a padres de adolescentes por esas bromas que muchos adultos conocen, por ese lenguaje sexual que circula entre escolares, por los empujones, los agarrones, las invasiones del cuerpo, las bromas con los genitales y por determinadas conductas que, cuando aparecen entre amigos, suelen recibir una respuesta que se repite demasiado: “Son cosas de adolescentes”, “son chicos”, “son muchachos que están jugando”, “ellos se llevan así”. Cambia la palabra según el país, pero la justificación puede ser exactamente la misma: “no pasa nada, son cosas de chicos”.

Y aquí también tenemos que cambiar el lenguaje. Porque cuando hablamos de “cosas de chicos” podemos terminar dejando fuera precisamente a las chicas que viven situaciones similes. Son cosas de adolescentes. De chicos y chicas. De amigos, compañeros y grupos que pueden normalizar conductas que deberían estar aprendiendo a cuestionar.

Y no hablo solamente de decir “pene”, “culo” o cualquier otra palabra que a algunos adultos todavía les incomoda escuchar. Hablo de expresiones abiertamente obscenas que circulan entre escolares y que muchas veces se lanzan como si fueran simples saludos, bromas o insultos: “put*”, “hij* de put*”, “ch*úp@mela” y otras expresiones todavía más explícitas que no necesito escribir completas para que sepamos perfectamente de qué estoy hablando. Pero aquí hay algo más que tampoco podemos seguir ignorando: muchas veces meten a la familia dentro de esas obscenidades. La madre, la hermana, la pareja o incluso otros familiares aparecen convertidos en material sexual para insultar, provocar, humillar o hacer reír. Se habla del cuerpo de la madre, se hacen insinuaciones sexuales sobre una hermana, se utilizan supuestas relaciones sexuales de familiares como insulto y se pretende que todo eso sea simplemente “una broma”.

Y no, tampoco podemos mirar esto como una conducta exclusivamente masculina. Una chica puede utilizar ese lenguaje contra otra chica. Una adolescente puede hacerlo contra un chico. Un grupo de chicas puede sexualizar a otra compañera. Un grupo mixto puede convertir a una madre o una hermana en parte de una obscenidad. El problema no está en si quien lo dice es hombre o mujer. El problema está en utilizar el cuerpo, la sexualidad o la familia de otra persona como herramienta de humillación.

No se trata de escandalizarnos porque un adolescente conozca una grosería o diga una palabra obscena; el problema aparece cuando el cuerpo, los genitales, la sexualidad o incluso la familia de otra persona se convierten en material cotidiano para insultar, humillar, provocar risas o demostrar pertenencia. Cuando estas frases se repiten tanto que dejan de generar siquiera una reacción en quienes las escuchan, cuando un compañero o una compañera puede recibirlas todos los días y los demás simplemente se ríen, algo ya se está normalizando. Y quizá deberíamos preguntarnos qué estamos enseñando cuando nuestros hijos e hijas aprenden que hablarle así al cuerpo de otro, sexualizar a su madre o hermana, o convertir a la familia en parte de una obscenidad es simplemente “joder”, “molestar”, “vacilar”, “chacotear” o “hacer una broma”.

Porque el bullying no siempre empieza con un insulto evidente, con alguien empujando a otro contra una pared o con un grupo diciéndole que no quiere ser su amigo. A veces empieza de una manera mucho más difícil de identificar porque viene disfrazado de confianza. Un grupo de amigos puede tocarse, empujarse, hacer bromas físicas, hablar de s**o o decirse barbaridades. Y sí, existen adolescentes que participan de ese juego porque realmente lo encuentran divertido. No todo contacto físico es una agresión sexual. No todo adolescente que participa de una broma está siendo víctima. No todo adolescente que hace una broma es automáticamente un agresor. La adolescencia también es una etapa de curiosidad, exploración, búsqueda de identidad y necesidad de pertenecer.

El problema aparece cuando dejamos de enseñar dónde está el límite. Porque una cosa es una broma compartida y otra muy distinta es una humillación que solamente divierte a quienes la realizan. Una cosa es la curiosidad y otra la presión. Una cosa es jugar y otra obligar. Una cosa es que dos adolescentes acepten una dinámica y otra que alguien diga “para”, intente apartarse o muestre incomodidad y los demás continúen porque “todos se están riendo”. Reírse no siempre significa consentir.

Una adolescente puede reírse porque realmente le parece gracioso, pero también puede hacerlo porque siente vergüenza, porque tiene miedo de convertirse en el siguiente objetivo, porque no quiere parecer débil, porque necesita pertenecer al grupo o porque simplemente no sabe cómo salir de una situación que ya se le fue de las manos. Lo mismo puede ocurrirle a un adolescente. Y eso es precisamente lo que los adultos tenemos que enseñarles a reconocer. Una amistad no suspende los límites del cuerpo. Ser hombre no suspende los límites del cuerpo. Ser mujer tampoco. Tener catorce, quince o dieciséis años no suspende los límites del cuerpo. Y que cinco amigos estén riéndose tampoco convierte automáticamente una conducta en aceptable.

Esto también necesita hablarse con los varones. Porque a muchos niños se les enseña desde pequeños que “los hombres son así”, que tienen que aguantar empujones, golpes, insultos, bromas sexuales, agarrones o cualquier invasión corporal sin quejarse porque, si dicen que algo les incomoda, inmediatamente aparece el famoso “¿qué pasa?, ¿no eres hombre?”. Y esa frase puede hacer muchísimo daño. Un niño también tiene derecho a decir que no. Un adolescente también puede sentirse incómodo. Un muchacho también puede poner un límite. Ser hombre no significa aguantarlo todo. Y tampoco significa hacerle a otro lo que no aceptarías que te hicieran a ti.

Pero tampoco podemos olvidar lo que ocurre con las niñas y adolescentes. A muchas se les enseña desde pequeñas a tolerar determinados comentarios sobre su cuerpo, a aceptar que “los chicos molestan porque les gustan”, a soportar bromas sobre su apariencia, su desarrollo físico, su ropa o su sexualidad y, en algunos casos, a interpretar determinadas invasiones como algo que simplemente forma parte de crecer. También puede existir presión entre ellas, comentarios sobre el cuerpo de otras compañeras, burlas sobre su desarrollo, sexualidad, orientación, relaciones o apariencia. Una chica puede ser señalada por tener un cuerpo que se desarrolló antes, por tener un cuerpo que se desarrolló después, por su ropa, por tener pareja, por no tenerla o simplemente por no responder como el grupo espera. Y cuando una adolescente aprende que debe reírse para no parecer exagerada, también puede terminar perdiendo la capacidad de reconocer que algo que le incomoda merece ser detenido. No podemos enseñarles límites a los varones mientras educamos a las chicas para soportarlos.

Y aquí aparece otro punto del que casi nunca hablamos cuando discutimos bullying: los adolescentes con TDAH y autismo también pueden quedar atrapados en estas dinámicas de una manera particularmente compleja. Y esto puede ocurrir tanto en chicos como en chicas. No porque todos sean vulnerables ni porque la neurodivergencia convierta automáticamente a alguien en víctima, sino porque algunas dificultades para interpretar determinadas señales sociales, comprender dobles intenciones, reconocer cuándo una broma dejó de ser una broma o medir las consecuencias de una conducta pueden hacer que ciertas situaciones sean mucho más difíciles de leer y detener.

Una adolescente puede seguir riéndose porque cree que realmente está participando del juego. Puede tardar en comprender que la están humillando. Puede no identificar que una conducta que empezó como una broma ya cruzó un límite. Incluso puede participar en una dinámica sin dimensionar completamente lo que significa para otra compañera. Lo mismo puede ocurrirle a un adolescente varón. Y también ocurre al revés: una adolescente o un adolescente con TDAH o autismo puede tener formas particulares de expresarse, reaccionar corporalmente o poner límites que los demás interpretan como “raras”, exageradas o divertidas. Entonces puede convertirse en el blanco perfecto para que el grupo repita una broma una y otra vez. Lo que para algunos es “solo molestarlo” o “solo molestarla” puede convertirse para ese adolescente en una experiencia repetida de invasión, vergüenza y exclusión.

Por eso, cuando hablamos de enseñar consentimiento, límites y respeto, también tenemos que enseñar a reconocer que no todos los adolescentes leen una situación social de la misma manera. Y esto importa muchísimo cuando hablamos de TDAH y autismo. No basta con decirle a un chico o a una chica “date cuenta”, “defiéndete” o “si no te gusta, dilo”. También tenemos que enseñar a los demás a detenerse cuando una persona muestra incomodidad, incluso cuando esa persona no consigue expresarlo de la manera que esperamos.

Pero hay otra parte de esta conversación que también debemos tener el valor de mirar: un adolescente con TDAH o autismo tampoco está exento de aprender estos límites. La neurodivergencia puede explicar determinadas dificultades para interpretar una situación social, pero no convierte automáticamente una conducta en aceptable. Si un adolescente cruza el límite corporal de otro porque no comprendió una señal, necesita que un adulto se lo explique, que aprenda a reconocerla y que entienda qué debe hacer diferente la próxima vez. No se trata de justificarlo ni de etiquetarlo. Se trata de enseñarle algo que quizá otros adolescentes aprendieron de manera más intuitiva: que si alguien se aparta, se incomoda, dice que no o pide que pares, se para. La neurodivergencia no elimina los límites del cuerpo y tampoco elimina el derecho de un adolescente a que los demás aprendan a respetar sus límites.

Además, hay algo que deberíamos mirar desde mucho antes de la secundaria. A veces escuchamos a niños de ocho, nueve o diez años utilizando expresiones sexuales que claramente no corresponden a su etapa de desarrollo, repitiendo palabras, gestos o bromas que han escuchado de adolescentes, de internet, de redes sociales o de otros estudiantes. Y muchas veces los adultos reaccionan con una carcajada: “Mira lo que aprendió”, “qué gracioso”, “estos niños ya vienen terribles”. Pero si un niño aprende que una referencia sexual provoca risas, también puede aprender que utilizar el cuerpo de otra persona como material para conseguirlas es una manera válida de relacionarse. Y ahí tenemos que detenernos, porque quizá esa conducta todavía parezca pequeña, pero ya estamos enseñando algo sobre el cuerpo, sobre el respeto y sobre lo que ocurre cuando una persona se convierte en objeto de diversión para los demás.

Y entonces llegamos a una contradicción bastante absurda. Durante años les decimos a nuestros hijos: “Tu cuerpo es tuyo. Tu cuerpo es importante. Nadie tiene derecho a tocarte sin permiso”. Pero después llegan a la escuela y alguien puede tocar una parte íntima de otro como una supuesta broma, bajarle la ropa, hacer una referencia sexual sobre su cuerpo o convertirlo en el centro de una carcajada colectiva. ¿Qué ocurre cuando ese niño o esa niña dice que pare y le responden “relájate, estamos jugando”? ¿Qué aprende cuando los adultos minimizan la situación porque “son chibolos”? Aprende algo que puede resultar muy peligroso: que los límites del cuerpo aparentemente desaparecen cuando suficientes personas están riéndose.

Y esto también puede ocurrirle a una niña o a una adolescente. Puede recibir comentarios sobre sus senos, sus piernas, su trasero, su menstruación, su ropa o su desarrollo físico y escuchar que todo forma parte de “las bromas”. Puede ser tocada como parte de un supuesto juego, puede recibir insinuaciones sexuales o convertirse en objeto de comentarios de un grupo. También puede ocurrir que otra chica participe de esas burlas o que una adolescente sea presionada por sus propias compañeras para hablar, mostrar, responder o comportarse de determinada manera frente a temas relacionados con su cuerpo y su sexualidad. Y si alrededor todos se ríen, puede terminar preguntándose si realmente tiene derecho a sentirse incómoda o si simplemente está exagerando, que es precisamente una de las cosas que más necesitamos cambiar.

Por eso también necesitamos ampliar la manera en que hablamos de educación sexual. No debería reducirse a reproducción, menstruación, embarazo, anticoncepción o infecciones. También hay que enseñar algo mucho más básico y, al mismo tiempo, mucho más incómodo: cómo respetar el cuerpo de otra persona, cómo pedir permiso, cómo detenerse cuando alguien dice que no, cómo reconocer una situación que dejó de ser divertida, cómo no participar en una humillación aunque todo el grupo esté riéndose y cómo entender que una amistad no convierte el cuerpo del otro en propiedad colectiva. Y esto vale exactamente igual para chicos y chicas, porque no podemos construir una educación sobre los límites que solamente enseñe a los varones a no cruzarlos mientras enseña a las mujeres a soportarlos.

Y los padres tienen que poder hacer preguntas que quizá incomoden, pero que son mucho más útiles que esperar a que ocurra algo grave para recién conversar sobre estos temas. No solamente preguntar “¿te hacen bullying?”, sino también “¿qué bromas hacen entre ustedes?”, “¿cómo hablan del cuerpo de los demás?”, “¿se tocan como parte de las bromas?”, “¿alguna vez alguien dijo que pararan y continuaron?”, “¿alguna vez te reíste de algo que en realidad te incomodaba?”, “¿alguna vez hiciste algo solamente porque todos los demás lo estaban haciendo?” o incluso “¿alguna vez tú hiciste algo que pudo incomodar a otro compañero o compañera?”. Son preguntas que pueden abrir una conversación mucho más profunda porque permiten que nuestros hijos entiendan que no solamente tienen que aprender a defender sus propios límites, sino también a reconocer y respetar los límites de los demás.

Y si tu hijo o tu hija tiene TDAH o autismo, hay todavía más preguntas que vale la pena hacer sin convertirlas en un interrogatorio. ¿Sabes reconocer cuándo alguien realmente está jugando y cuándo ya está incómodo? ¿Qué haces si alguien te dice “para”? ¿Qué haces si tú no entiendes por qué una broma molestó? ¿Sabes pedir permiso antes de tocar a alguien? ¿Sabes decir que no cuando algo te incomoda? ¿Sabes retirarte aunque todos los demás sigan riéndose? Porque educar no consiste solamente en enseñarle a un hijo a defenderse cuando alguien cruza su límite; también consiste en enseñarle a reconocer cuándo él o ella puede estar cruzando el límite de otra persona. En algunos adolescentes neurodivergentes estas situaciones pueden necesitar explicaciones mucho más concretas y directas, porque determinadas señales sociales, dobles intenciones o cambios en una dinámica de juego no siempre resultan fáciles de interpretar.

Y aquí está una de las preguntas que más me interesa dejar sobre la mesa: ¿en qué momento pasamos de enseñar “nadie puede tocarte” a decir “bueno, pero son chibolos”? ¿En qué momento el hecho de que estén jugando se convierte en una especie de permiso colectivo para ignorar la incomodidad de uno de ellos? No se trata de convertir cada broma adolescente en un caso policial ni de mirar a nuestros adolescentes como si fueran pequeños monstruos incapaces de distinguir entre juego, curiosidad, amistad y violencia. Se trata justamente de lo contrario: de tomarlos suficientemente en serio como para enseñarles a distinguirlo, porque la adolescencia también es el momento en que necesitan aprender que una relación sana no depende de cuánto puedes aguantar, cuánto puedes humillar o cuánto puedes hacer reír al grupo a costa de otra persona.

Porque el bullying cambia de ropa. A veces llega insultando, a veces excluyendo, a veces golpeando, a veces discriminando y otras veces llega diciendo “relájate, somos amigos”, mientras alguien invade el cuerpo de otro y todos alrededor se ríen. También puede llegar a través de un comentario sexual sobre una chica, de una broma sobre el cuerpo de un chico, de una obscenidad que involucra a la madre o a la hermana de alguien, de un toque que supuestamente era un juego o de una presión grupal que obliga a una persona a participar en algo que realmente no quiere. Y cuando todo eso se repite, cuando siempre es la misma persona la que queda expuesta, humillada o incómoda, ya no basta con decir que “todos se llevan así”.

El caso del Liceo Naval tendrá que seguir su propio proceso y determinar qué ocurrió, qué responsabilidad corresponde a cada adolescente y qué ocurrió antes, durante y después de los hechos. La Defensoría del Pueblo ha informado que viene supervisando las actuaciones de la Policía y del Ministerio Público y que también está verificando las medidas adoptadas por el colegio. Pero sería un error mirar solamente el caso puntual y cerrar el tema cuando termine la noticia, porque este problema no empieza el día en que aparece una denuncia. Empieza mucho antes, cuando una broma sexual se convierte en lenguaje cotidiano, cuando una madre o una hermana pueden ser utilizadas como parte de una obscenidad y nadie pregunta qué estamos enseñando, cuando una chica aprende que debe reírse para que no la llamen exagerada, cuando un chico aprende que debe aguantar para demostrar que es hombre o cuando alguien dice “para” y el grupo decide continuar porque “solo estaban jugando”.

Entonces dejemos de llamar automáticamente “cosas de chibolos” a todo aquello que deberíamos estar enseñándoles a comprender. Una broma puede ser una broma, por supuesto, y una amistad puede estar llena de confianza, juegos, bromas y una manera particular de hablar que quienes están dentro del grupo entienden. Pero esa confianza nunca debería convertirse en un permiso permanente para tocar, sexualizar, humillar o invadir a otra persona. El límite aparece precisamente cuando alguien deja de sentirse cómodo, cuando pide que algo termine, cuando intenta apartarse o cuando la supuesta diversión solamente existe para quienes están haciendo la broma. Y ahí es donde nuestros hijos necesitan saber que pueden detenerse, pedir ayuda, decir que no y, sobre todo, entender que respetar el cuerpo de los demás no es una formalidad: es una de las bases más elementales de cualquier relación humana.

Quizá el primer límite que tenemos que enseñar no sea el que aparece cuando el daño ya ocurrió, sino el que se aprende mucho antes. TU CUERPO ES TUYO. EL CUERPO DE LOS DEMÁS TAMBIÉN ES SUYO. Y UNA AMISTAD NUNCA DEBERÍA SER UNA EXCUSA PARA OLVIDARLO. LÍMITE.

Si este tema está tocando algo que está ocurriendo en tu familia y necesitas conversar sobre la relación con tu hijo, tu hija o la dinámica familiar, puedes escribirme para Consejería Familiar. No necesitas tener las palabras correctas ni saber exactamente qué está pasando para pedir orientación.

Pablo Guerra
EMPIEZA DE A 3

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