23/09/2026
❌🛑❌ “SEXUALIZANDO LA AMISTAD”: CUANDO EL BULLYING LLEGA DE OTRA FORMA...
(UN POST MUY MUY INCÓMODO)
Escribo esto a partir de lo que está ocurriendo alrededor del caso del Liceo Naval Almirante Guise, donde se investiga una presunta agresión sexual contra un estudiante de 16 años ocurrida durante el traslado de un grupo de escolares. Diez adolescentes fueron incluidos inicialmente en la investigación. Esto no significa que la responsabilidad individual de cada uno ya esté determinada; eso corresponde a la investigación y a las autoridades. Pero hay algo que este caso vuelve a poner delante de nosotros y que no pertenece únicamente a ese colegio: ¿qué está ocurriendo entre nuestros estudiantes cuando los adultos no están mirando?
Y aquí hay algo que me parece bastante hipócrita: no vale escandalizarnos ahora como si estuviéramos descubriendo algo completamente desconocido. Muchos padres conocen determinadas bromas que circulan entre adolescentes. Muchos profesores las han escuchado. Algunas escuelas se han encontrado con ellas. Yo mismo, en capacitaciones que he realizado con docentes, he puesto este tema sobre la mesa y he visto cómo aparece esa incomodidad que no necesita demasiadas palabras: silencio, miradas entre ellos, alguna sonrisa nerviosa e incluso más de un rostro colorado porque saben perfectamente de qué estoy hablando. No estoy diciendo que todos los profesores hayan vivido esto ni que todas las escuelas funcionen así. Digo que, cuando se habla seriamente de lo que ocurre entre estudiantes cuando los adultos no están presentes, hay conductas que muchos adultos reconocen inmediatamente.
Y cuando digo estudiantes, no estoy hablando solamente de los chicos. También están las niñas y las adolescentes de secundaria. Ellas también pueden recibir comentarios sexuales, bromas sobre su cuerpo, invasiones físicas, insinuaciones, tocamientos, humillaciones, presión del grupo o ser convertidas en objeto de burlas relacionadas con su sexualidad. Pueden escuchar comentarios sobre sus senos, sus piernas, su trasero, su menstruación, su ropa o su desarrollo físico. Pueden ser sexualizadas por chicos, por otras chicas o incluso por un grupo completo. También pueden participar en estas dinámicas, reírse para encajar, quedarse calladas por vergüenza o aprender a normalizar algo que en realidad les incomoda. El bullying sexualizado no tiene un único género, ni una única forma, ni una única dirección.
He preguntado a padres de adolescentes por esas bromas que muchos adultos conocen, por ese lenguaje sexual que circula entre escolares, por los empujones, los agarrones, las invasiones del cuerpo, las bromas con los genitales y por determinadas conductas que, cuando aparecen entre amigos, suelen recibir una respuesta que se repite demasiado: “Son cosas de adolescentes”, “son chicos”, “son muchachos que están jugando”, “ellos se llevan así”. Cambia la palabra según el país, pero la justificación puede ser exactamente la misma: “no pasa nada, son cosas de chicos”.
Y aquí también tenemos que cambiar el lenguaje. Porque cuando hablamos de “cosas de chicos” podemos terminar dejando fuera precisamente a las chicas que viven situaciones similes. Son cosas de adolescentes. De chicos y chicas. De amigos, compañeros y grupos que pueden normalizar conductas que deberían estar aprendiendo a cuestionar.
Y no hablo solamente de decir “pene”, “culo” o cualquier otra palabra que a algunos adultos todavía les incomoda escuchar. Hablo de expresiones abiertamente obscenas que circulan entre escolares y que muchas veces se lanzan como si fueran simples saludos, bromas o insultos: “put*”, “hij* de put*”, “ch*úp@mela” y otras expresiones todavía más explícitas que no necesito escribir completas para que sepamos perfectamente de qué estoy hablando. Pero aquí hay algo más que tampoco podemos seguir ignorando: muchas veces meten a la familia dentro de esas obscenidades. La madre, la hermana, la pareja o incluso otros familiares aparecen convertidos en material sexual para insultar, provocar, humillar o hacer reír. Se habla del cuerpo de la madre, se hacen insinuaciones sexuales sobre una hermana, se utilizan supuestas relaciones sexuales de familiares como insulto y se pretende que todo eso sea simplemente “una broma”.
Y no, tampoco podemos mirar esto como una conducta exclusivamente masculina. Una chica puede utilizar ese lenguaje contra otra chica. Una adolescente puede hacerlo contra un chico. Un grupo de chicas puede sexualizar a otra compañera. Un grupo mixto puede convertir a una madre o una hermana en parte de una obscenidad. El problema no está en si quien lo dice es hombre o mujer. El problema está en utilizar el cuerpo, la sexualidad o la familia de otra persona como herramienta de humillación.
No se trata de escandalizarnos porque un adolescente conozca una grosería o diga una palabra obscena; el problema aparece cuando el cuerpo, los genitales, la sexualidad o incluso la familia de otra persona se convierten en material cotidiano para insultar, humillar, provocar risas o demostrar pertenencia. Cuando estas frases se repiten tanto que dejan de generar siquiera una reacción en quienes las escuchan, cuando un compañero o una compañera puede recibirlas todos los días y los demás simplemente se ríen, algo ya se está normalizando. Y quizá deberíamos preguntarnos qué estamos enseñando cuando nuestros hijos e hijas aprenden que hablarle así al cuerpo de otro, sexualizar a su madre o hermana, o convertir a la familia en parte de una obscenidad es simplemente “joder”, “molestar”, “vacilar”, “chacotear” o “hacer una broma”.
Porque el bullying no siempre empieza con un insulto evidente, con alguien empujando a otro contra una pared o con un grupo diciéndole que no quiere ser su amigo. A veces empieza de una manera mucho más difícil de identificar porque viene disfrazado de confianza. Un grupo de amigos puede tocarse, empujarse, hacer bromas físicas, hablar de s**o o decirse barbaridades. Y sí, existen adolescentes que participan de ese juego porque realmente lo encuentran divertido. No todo contacto físico es una agresión sexual. No todo adolescente que participa de una broma está siendo víctima. No todo adolescente que hace una broma es automáticamente un agresor. La adolescencia también es una etapa de curiosidad, exploración, búsqueda de identidad y necesidad de pertenecer.
El problema aparece cuando dejamos de enseñar dónde está el límite. Porque una cosa es una broma compartida y otra muy distinta es una humillación que solamente divierte a quienes la realizan. Una cosa es la curiosidad y otra la presión. Una cosa es jugar y otra obligar. Una cosa es que dos adolescentes acepten una dinámica y otra que alguien diga “para”, intente apartarse o muestre incomodidad y los demás continúen porque “todos se están riendo”. Reírse no siempre significa consentir.
Una adolescente puede reírse porque realmente le parece gracioso, pero también puede hacerlo porque siente vergüenza, porque tiene miedo de convertirse en el siguiente objetivo, porque no quiere parecer débil, porque necesita pertenecer al grupo o porque simplemente no sabe cómo salir de una situación que ya se le fue de las manos. Lo mismo puede ocurrirle a un adolescente. Y eso es precisamente lo que los adultos tenemos que enseñarles a reconocer. Una amistad no suspende los límites del cuerpo. Ser hombre no suspende los límites del cuerpo. Ser mujer tampoco. Tener catorce, quince o dieciséis años no suspende los límites del cuerpo. Y que cinco amigos estén riéndose tampoco convierte automáticamente una conducta en aceptable.
Esto también necesita hablarse con los varones. Porque a muchos niños se les enseña desde pequeños que “los hombres son así”, que tienen que aguantar empujones, golpes, insultos, bromas sexuales, agarrones o cualquier invasión corporal sin quejarse porque, si dicen que algo les incomoda, inmediatamente aparece el famoso “¿qué pasa?, ¿no eres hombre?”. Y esa frase puede hacer muchísimo daño. Un niño también tiene derecho a decir que no. Un adolescente también puede sentirse incómodo. Un muchacho también puede poner un límite. Ser hombre no significa aguantarlo todo. Y tampoco significa hacerle a otro lo que no aceptarías que te hicieran a ti.
Pero tampoco podemos olvidar lo que ocurre con las niñas y adolescentes. A muchas se les enseña desde pequeñas a tolerar determinados comentarios sobre su cuerpo, a aceptar que “los chicos molestan porque les gustan”, a soportar bromas sobre su apariencia, su desarrollo físico, su ropa o su sexualidad y, en algunos casos, a interpretar determinadas invasiones como algo que simplemente forma parte de crecer. También puede existir presión entre ellas, comentarios sobre el cuerpo de otras compañeras, burlas sobre su desarrollo, sexualidad, orientación, relaciones o apariencia. Una chica puede ser señalada por tener un cuerpo que se desarrolló antes, por tener un cuerpo que se desarrolló después, por su ropa, por tener pareja, por no tenerla o simplemente por no responder como el grupo espera. Y cuando una adolescente aprende que debe reírse para no parecer exagerada, también puede terminar perdiendo la capacidad de reconocer que algo que le incomoda merece ser detenido. No podemos enseñarles límites a los varones mientras educamos a las chicas para soportarlos.
Y aquí aparece otro punto del que casi nunca hablamos cuando discutimos bullying: los adolescentes con TDAH y autismo también pueden quedar atrapados en estas dinámicas de una manera particularmente compleja. Y esto puede ocurrir tanto en chicos como en chicas. No porque todos sean vulnerables ni porque la neurodivergencia convierta automáticamente a alguien en víctima, sino porque algunas dificultades para interpretar determinadas señales sociales, comprender dobles intenciones, reconocer cuándo una broma dejó de ser una broma o medir las consecuencias de una conducta pueden hacer que ciertas situaciones sean mucho más difíciles de leer y detener.
Una adolescente puede seguir riéndose porque cree que realmente está participando del juego. Puede tardar en comprender que la están humillando. Puede no identificar que una conducta que empezó como una broma ya cruzó un límite. Incluso puede participar en una dinámica sin dimensionar completamente lo que significa para otra compañera. Lo mismo puede ocurrirle a un adolescente varón. Y también ocurre al revés: una adolescente o un adolescente con TDAH o autismo puede tener formas particulares de expresarse, reaccionar corporalmente o poner límites que los demás interpretan como “raras”, exageradas o divertidas. Entonces puede convertirse en el blanco perfecto para que el grupo repita una broma una y otra vez. Lo que para algunos es “solo molestarlo” o “solo molestarla” puede convertirse para ese adolescente en una experiencia repetida de invasión, vergüenza y exclusión.
Por eso, cuando hablamos de enseñar consentimiento, límites y respeto, también tenemos que enseñar a reconocer que no todos los adolescentes leen una situación social de la misma manera. Y esto importa muchísimo cuando hablamos de TDAH y autismo. No basta con decirle a un chico o a una chica “date cuenta”, “defiéndete” o “si no te gusta, dilo”. También tenemos que enseñar a los demás a detenerse cuando una persona muestra incomodidad, incluso cuando esa persona no consigue expresarlo de la manera que esperamos.
Pero hay otra parte de esta conversación que también debemos tener el valor de mirar: un adolescente con TDAH o autismo tampoco está exento de aprender estos límites. La neurodivergencia puede explicar determinadas dificultades para interpretar una situación social, pero no convierte automáticamente una conducta en aceptable. Si un adolescente cruza el límite corporal de otro porque no comprendió una señal, necesita que un adulto se lo explique, que aprenda a reconocerla y que entienda qué debe hacer diferente la próxima vez. No se trata de justificarlo ni de etiquetarlo. Se trata de enseñarle algo que quizá otros adolescentes aprendieron de manera más intuitiva: que si alguien se aparta, se incomoda, dice que no o pide que pares, se para. La neurodivergencia no elimina los límites del cuerpo y tampoco elimina el derecho de un adolescente a que los demás aprendan a respetar sus límites.
Además, hay algo que deberíamos mirar desde mucho antes de la secundaria. A veces escuchamos a niños de ocho, nueve o diez años utilizando expresiones sexuales que claramente no corresponden a su etapa de desarrollo, repitiendo palabras, gestos o bromas que han escuchado de adolescentes, de internet, de redes sociales o de otros estudiantes. Y muchas veces los adultos reaccionan con una carcajada: “Mira lo que aprendió”, “qué gracioso”, “estos niños ya vienen terribles”. Pero si un niño aprende que una referencia sexual provoca risas, también puede aprender que utilizar el cuerpo de otra persona como material para conseguirlas es una manera válida de relacionarse. Y ahí tenemos que detenernos, porque quizá esa conducta todavía parezca pequeña, pero ya estamos enseñando algo sobre el cuerpo, sobre el respeto y sobre lo que ocurre cuando una persona se convierte en objeto de diversión para los demás.
Y entonces llegamos a una contradicción bastante absurda. Durante años les decimos a nuestros hijos: “Tu cuerpo es tuyo. Tu cuerpo es importante. Nadie tiene derecho a tocarte sin permiso”. Pero después llegan a la escuela y alguien puede tocar una parte íntima de otro como una supuesta broma, bajarle la ropa, hacer una referencia sexual sobre su cuerpo o convertirlo en el centro de una carcajada colectiva. ¿Qué ocurre cuando ese niño o esa niña dice que pare y le responden “relájate, estamos jugando”? ¿Qué aprende cuando los adultos minimizan la situación porque “son chibolos”? Aprende algo que puede resultar muy peligroso: que los límites del cuerpo aparentemente desaparecen cuando suficientes personas están riéndose.
Y esto también puede ocurrirle a una niña o a una adolescente. Puede recibir comentarios sobre sus senos, sus piernas, su trasero, su menstruación, su ropa o su desarrollo físico y escuchar que todo forma parte de “las bromas”. Puede ser tocada como parte de un supuesto juego, puede recibir insinuaciones sexuales o convertirse en objeto de comentarios de un grupo. También puede ocurrir que otra chica participe de esas burlas o que una adolescente sea presionada por sus propias compañeras para hablar, mostrar, responder o comportarse de determinada manera frente a temas relacionados con su cuerpo y su sexualidad. Y si alrededor todos se ríen, puede terminar preguntándose si realmente tiene derecho a sentirse incómoda o si simplemente está exagerando, que es precisamente una de las cosas que más necesitamos cambiar.
Por eso también necesitamos ampliar la manera en que hablamos de educación sexual. No debería reducirse a reproducción, menstruación, embarazo, anticoncepción o infecciones. También hay que enseñar algo mucho más básico y, al mismo tiempo, mucho más incómodo: cómo respetar el cuerpo de otra persona, cómo pedir permiso, cómo detenerse cuando alguien dice que no, cómo reconocer una situación que dejó de ser divertida, cómo no participar en una humillación aunque todo el grupo esté riéndose y cómo entender que una amistad no convierte el cuerpo del otro en propiedad colectiva. Y esto vale exactamente igual para chicos y chicas, porque no podemos construir una educación sobre los límites que solamente enseñe a los varones a no cruzarlos mientras enseña a las mujeres a soportarlos.
Y los padres tienen que poder hacer preguntas que quizá incomoden, pero que son mucho más útiles que esperar a que ocurra algo grave para recién conversar sobre estos temas. No solamente preguntar “¿te hacen bullying?”, sino también “¿qué bromas hacen entre ustedes?”, “¿cómo hablan del cuerpo de los demás?”, “¿se tocan como parte de las bromas?”, “¿alguna vez alguien dijo que pararan y continuaron?”, “¿alguna vez te reíste de algo que en realidad te incomodaba?”, “¿alguna vez hiciste algo solamente porque todos los demás lo estaban haciendo?” o incluso “¿alguna vez tú hiciste algo que pudo incomodar a otro compañero o compañera?”. Son preguntas que pueden abrir una conversación mucho más profunda porque permiten que nuestros hijos entiendan que no solamente tienen que aprender a defender sus propios límites, sino también a reconocer y respetar los límites de los demás.
Y si tu hijo o tu hija tiene TDAH o autismo, hay todavía más preguntas que vale la pena hacer sin convertirlas en un interrogatorio. ¿Sabes reconocer cuándo alguien realmente está jugando y cuándo ya está incómodo? ¿Qué haces si alguien te dice “para”? ¿Qué haces si tú no entiendes por qué una broma molestó? ¿Sabes pedir permiso antes de tocar a alguien? ¿Sabes decir que no cuando algo te incomoda? ¿Sabes retirarte aunque todos los demás sigan riéndose? Porque educar no consiste solamente en enseñarle a un hijo a defenderse cuando alguien cruza su límite; también consiste en enseñarle a reconocer cuándo él o ella puede estar cruzando el límite de otra persona. En algunos adolescentes neurodivergentes estas situaciones pueden necesitar explicaciones mucho más concretas y directas, porque determinadas señales sociales, dobles intenciones o cambios en una dinámica de juego no siempre resultan fáciles de interpretar.
Y aquí está una de las preguntas que más me interesa dejar sobre la mesa: ¿en qué momento pasamos de enseñar “nadie puede tocarte” a decir “bueno, pero son chibolos”? ¿En qué momento el hecho de que estén jugando se convierte en una especie de permiso colectivo para ignorar la incomodidad de uno de ellos? No se trata de convertir cada broma adolescente en un caso policial ni de mirar a nuestros adolescentes como si fueran pequeños monstruos incapaces de distinguir entre juego, curiosidad, amistad y violencia. Se trata justamente de lo contrario: de tomarlos suficientemente en serio como para enseñarles a distinguirlo, porque la adolescencia también es el momento en que necesitan aprender que una relación sana no depende de cuánto puedes aguantar, cuánto puedes humillar o cuánto puedes hacer reír al grupo a costa de otra persona.
Porque el bullying cambia de ropa. A veces llega insultando, a veces excluyendo, a veces golpeando, a veces discriminando y otras veces llega diciendo “relájate, somos amigos”, mientras alguien invade el cuerpo de otro y todos alrededor se ríen. También puede llegar a través de un comentario sexual sobre una chica, de una broma sobre el cuerpo de un chico, de una obscenidad que involucra a la madre o a la hermana de alguien, de un toque que supuestamente era un juego o de una presión grupal que obliga a una persona a participar en algo que realmente no quiere. Y cuando todo eso se repite, cuando siempre es la misma persona la que queda expuesta, humillada o incómoda, ya no basta con decir que “todos se llevan así”.
El caso del Liceo Naval tendrá que seguir su propio proceso y determinar qué ocurrió, qué responsabilidad corresponde a cada adolescente y qué ocurrió antes, durante y después de los hechos. La Defensoría del Pueblo ha informado que viene supervisando las actuaciones de la Policía y del Ministerio Público y que también está verificando las medidas adoptadas por el colegio. Pero sería un error mirar solamente el caso puntual y cerrar el tema cuando termine la noticia, porque este problema no empieza el día en que aparece una denuncia. Empieza mucho antes, cuando una broma sexual se convierte en lenguaje cotidiano, cuando una madre o una hermana pueden ser utilizadas como parte de una obscenidad y nadie pregunta qué estamos enseñando, cuando una chica aprende que debe reírse para que no la llamen exagerada, cuando un chico aprende que debe aguantar para demostrar que es hombre o cuando alguien dice “para” y el grupo decide continuar porque “solo estaban jugando”.
Entonces dejemos de llamar automáticamente “cosas de chibolos” a todo aquello que deberíamos estar enseñándoles a comprender. Una broma puede ser una broma, por supuesto, y una amistad puede estar llena de confianza, juegos, bromas y una manera particular de hablar que quienes están dentro del grupo entienden. Pero esa confianza nunca debería convertirse en un permiso permanente para tocar, sexualizar, humillar o invadir a otra persona. El límite aparece precisamente cuando alguien deja de sentirse cómodo, cuando pide que algo termine, cuando intenta apartarse o cuando la supuesta diversión solamente existe para quienes están haciendo la broma. Y ahí es donde nuestros hijos necesitan saber que pueden detenerse, pedir ayuda, decir que no y, sobre todo, entender que respetar el cuerpo de los demás no es una formalidad: es una de las bases más elementales de cualquier relación humana.
Quizá el primer límite que tenemos que enseñar no sea el que aparece cuando el daño ya ocurrió, sino el que se aprende mucho antes. TU CUERPO ES TUYO. EL CUERPO DE LOS DEMÁS TAMBIÉN ES SUYO. Y UNA AMISTAD NUNCA DEBERÍA SER UNA EXCUSA PARA OLVIDARLO. LÍMITE.
Si este tema está tocando algo que está ocurriendo en tu familia y necesitas conversar sobre la relación con tu hijo, tu hija o la dinámica familiar, puedes escribirme para Consejería Familiar. No necesitas tener las palabras correctas ni saber exactamente qué está pasando para pedir orientación.
Pablo Guerra
EMPIEZA DE A 3
WhatsApp — Consejería Familiar conmigo: 952 037 361