21/12/2025
LA GUÍA
I
Desde muy joven –en realidad, desde que comencé a laborar, adolescente todavía- he tenido afición por los viajes y full days, dentro del territorio nacional. Habiendo tanto por conocer en nuestro país, no me entusiasma la idea de viajar al extranjero. Ahora, quiero decir, quién sabe más adelante…
En todos esos años he conocido muy buenos guías –hombres y mujeres- simpáticos y amables, con algunos de los cuales trabe amistad que han durado lo suyo, pero nunca había tratado a una joven tan guapa y agradable: Miriam Flores. Y aún me cuesta creer lo que sucedió aquella vez en Lima y que hoy quiero contarles. Mi esposa –Wanda- me pide que no lo haga, que nadie se lo va a creer, pero yo siento que debo hacerlo. Un caso bastante extraño, la verdad, no es ficción ni fruto de “esa fértil imaginación tuya” como dijo alguna vez.
II
Fue en octubre del 2020 –si mi memoria no falla- que el colectivo “Salvemos las lomas” organizó recorridos por lomas de El Mirador, en San Juan de Lurigancho. El objetivo era evidente –y así lo explicaron- mientras mayor cantidad de gente visitara esos lugares y se involucrara, más efectiva sería su protección y el compromiso de las autoridades locales. Los excursionistas –unos treinta- nos encontramos en la estación Los Postes del metro de Lima; con mis cuarenta y dos años yo era el de más edad, pero por nada hubiera perdido esa visita. Y además, habiendo sido vacunado contra el virus del covid ¿por qué no? Después de meses de cuarentena, lo veía como un escape al encuentro de la naturaleza. Tres muchachos y dos chicas, todos muy jóvenes, serian nuestros guías y orientadores. Los veía con ternura… tenían tanta edad como para ser mis sobrinos o hermanos menores.
— ¡Mascarillas listas! –grita Melania, una de las guías. Trigueña, muy hermosa. Parece alumna de secundaria.
— ¡Listos!
— ¡Alcohol en gel!
— ¡Listo!
— ¡En marcha!
— ¡Nos fuimos! – se escucha la voz estentórea de Julia, una linda ayacuchana.
Y comenzamos a movilizarnos en lo que parecía una caravana de mototaxis hasta un lugar próximo al comienzo de las lomas. Desde allí iniciaríamos la caminata.
Luego de casi dos horas de ascender a pie llegamos hasta la cresta de las lomas. Me fatigó algo, bastante en realidad, después de todo, uno ya tiene su edad.
— No tome mucha agua –aconseja Julia, al ver que le doy largos tragos a la cantimplora.
— ¿Ah?¿por qué? – una pregunta imprudente, según descubrí después.
— En la cresta no hay servicios … -no precisa decir más.
— Okey, okey, gracias –no puedo evitar sonrojarme.
— De nada, caballero
El lugar que visitamos es hermoso, a condición de ir en invierno. Vegetación y vida silvestre vivificada por la humedad de la neblina costera que, desde el mar, avanza arrastrada por la brisa sobre toda esta zona. Aunque ubicado a pocos kilómetros de la ciudad es todo un espectáculo. Parecíamos tan lejos del caótico San Juan de Lurigancho, que uno deseaba aquel recorrido se prolongara por horas.
Bien pronto me separé del grueso de excursionistas. Casi todo el tiempo, yo era uno de los últimos en la caminata. Iba rezagado a propósito -bueno, también algo por la edad- para poder filmar y fotear el paisaje, aves silvestres, la variada vegetación. A veces me detenía en algún punto a contemplar la neblina avanzando sobre ese lugar; ¡sí! como esas clásicas escenas de película en cámara rápida. Respiraba a todo pulmón, experimentando una sensación bienhechora de paz y tranquilidad. Hubiera podido quedarme allí mucho rato. En algún momento me senté sobre una gran roca, rodeado por la vegetación y la soledad. A veces el viento traía hilachas de voces de los excursionistas. El lugar de alguna forma me recordaba a Santa Cruz de Ucro, la comunidad campesina donde, de pequeño, viví con mamá Hermelinda, maestra rural en esa época.
¿Cuánto tiempo estuve allí sentado? ¿quince minutos? ¿media hora? Abstraído en mis pensamientos, reflexionando lo que había sido mi vida hasta entonces, trayendo a la memoria recuerdos del pasado. Me sacó de mis abstracciones el revolotear de golondrinas alrededor mío, incluso alguna, confundida, se posó en mi cabeza, sin temor.
¡Qué flojera! ponerse en pie y recorrer el camino, acelerando algo para reunirme con el grupo que estaba ya buen rato en la cumbre del mirador.
IV
Fue en el momento del retorno, durante el descenso de la cumbre. Nuevamente, iba muy separado del grueso de excursionistas, ya lo dije, cuando, de pronto, la vi parada como si estuviera esperándome, allí en medio de la verdura; aves revoloteaban cerca de ella. Una señorita guía muy linda, de trenzas y chaleco amarillo.
— Creí que ya todos habían pasado –dijo sorprendida.
— Me quedé rezagado.
— Ya veo.
Me mira extrañamente, luego agrega, acercándose.
— Lo acompaño, no queremos que se extravíe.
Mi paso es cansino, lo ha sido siempre. “Caminas como un viejo” me dijo alguna vez mi viejita. Todo el cansancio por el ascenso, fatigoso en verdad, se evaporó durante el regreso.
V
No soy mucho de hablar, pero íbamos conversando durante el trayecto. Su nombre: Miriam Flores, estudiante de Comunicación Social en San Marcos. Por fín algo en común.
— Una sorpresa agradable, señorita.
— ¿Perdón?
— Yo también soy de San Marcos, de la Facultad de Educación pero de varios años anteriores evidentemente. Unos treinta, por lo menos.
— Evidentemente –sonríe con delicadeza, enrojeciendo ligeramente.
— Pero no recuerdo haberla visto con los otros guías, cuando partimos de Los Postes.
No sé si no me escuchó o no quiso responder, pero no insistí. Cambiando de tema, contó sobre su participación, desde hacía cinco años, en el proyecto en defensa de las lomas costeras.
— Tendrá sus anécdotas, me imagino.
— Ciertamente, caballero. Historias que ni se imagina.
No pudo seguir hablando. La verdad, fue culpa mía, me distraje del sendero y resbalé cayendo sentado. Se asustó y me ayudó a levantar.
— Tenga cuidado, el sendero de cabras puede ser resbaloso.
— ¿Sendero de cabras?
— Les decimos así, antaño fueron los caminos que usaban los pastores de chivos o cabras y en siglos anteriores, los de llamas.
El resto del camino lo hicimos ella tomándome del brazo. Llegamos a una pequeña eminencia donde había un triángulo de cemento con una pequeña cruz, como la que se suele poner cuando alguien muere atropellado en la carretera. Nos detenemos un momento. Con un tono de voz singular me dice, antes que pregunte.
— Aquí es donde encontraron el cadáver de una joven.
— ¿Ah? Entonces… ¿es peligrosa la zona?
— Eso fue hace tres años. Ahora no. La comunidad apoya con la seguridad. Saben que los visitantes a las lomas también representan ingresos económicos si saben aprovecharlo.
Cierto. Había visto algunos pequeños restaurantes ofreciendo variedad de comidas y bebidas. Después de una pausa agrega, con voz sorda.
— La policía no dio nunca con el matador.
No sé porque, conforme me contaba lo que había pasado, me comenzó a doler la cabeza y a sentir mucho frío.
— Debe ser por la altura –dijo ella- o por la presión.
Cerca de una pequeña hondonada, se detuvo.
— Aquí me quedo yo. Tengo que ver si hay otros rezagados. Sólo siga el sendero, no hay forma de que se pierda.
— Gracias
Comencé el descenso sólo, pero desde allí podía ver a los del grupo que se retiraban, varias cuadras adelante.
VI
Quedé encantado con la excursión y lo recomendé a mis amigos y conocidos a través de las redes sociales. Semanas después, hablando por inbox con Pamela, una de las chicas guías que se hizo mi amiga, muy simpática también, le comenté sobre la joven asesinada.
— Hummm es algo que no nos gusta contar, para no asustar a los visitantes. Con todo, ahora hay más seguridad. La comunidad de los alrededores nos apoya en eso también.
— Ah que bueno.
— Pero me da curiosidad. ¿Cómo se enteró? Digo, somos muy discretos con eso, no es que sea un secreto, pero en fin…
— ¿Ah? Me lo contó Miriam.
— ¿Quién Miriam?
— Miriam Flores, la guía de trenzas.
Hay un breve silencio en la línea.
— ¿Con un lunar en la mejilla?
— Sí, claro
Nuevamente silencio.
— Creo que usted se está confundiendo.
— ¿Por qué?
— Hummm espere un momento.
Tras una pausa. Me envía una foto de una joven muy bonita, de trenzas con chaleco amarillo.
— ¿Ella?
— Sí, claro. Disculpe ¿ocurre algo? –ya estaba comenzando a sentirme incómodo.
Nuevamente un breve silencio.
— La foto es de hace tres años… el cadáver de la muchacha que encontramos esa vez… fue el de Miriam Flores, nuestra compañera guía.
Recuerdo que estaba de noche, en mi cuarto, frente a la computadora y me puse a gritar, lleno de pánico.
— Ahhh… Entonces qué he visto.
Y –como una revelación- por fín recordé lo que me habían dicho una vez, “te comienza a doler la cabeza cuando un fantasma está cerca”.
VII
Por un tiempo me alejé de Pamela, y de todas las chicas guías. El suceso me había alterado. Al principio creí que me estaba volviendo loco. (¿Me estaré volviendo decrépito prematuramente?) No me avergüenza decirlo, incluso asistí a tratamiento psicológico –durante varias semanas- en el hospital Almenara. Allí conocí a Wanda, una enfermera novata, muy amable que se hizo mi amiga. Ella tenía sus ideas, poco ortodoxas, la verdad.
— Quizás la joven ¿Miriam dices que se llamaba?
— Sí
— Quizás está tratando de decirte algo…
— ¿Tú crees?
— Lo escuché en un programa de Anthony Choy. Quizás la joven tenga asuntos pendientes por resolver. Por eso está atrapada en ese lugar.
Estuve a punto de soltar la risa, “era lo que me faltaba ahora. Escuchar las teorías de Anthony Choy”. Pero entonces recordé la frase “La policía no dio nunca con el matador”. Me sentí confuso, la verdad ¿Y si Wanda llevaba razón?
VIII
Medio año después, a raíz de la muerte del tío Alberto, recibí como herencia un pequeño fundo en Huarochirí. Él había sido toda su vida un chacarero, hombre de campo. Él único entre sus hermanos que se dedicó a la crianza de gallinas, cerdos y cultivo de maíz.
Me gusta la ciudad y aunque pasé una temporada en ese lugar, vivir en una comunidad campesina no era lo mío. Con todo, estuve unas semanas sin decidirme.
— Tiene que venirse a vivir aquí, don Jorge –dice el señor Vidal, el dueño de la bodega en Santa Cruz de Ucro, la comunidad más cercana.
— ¿Ah?
— La tierra de su tío es apropiada para el cultivo de frutas o crianza de gallinas. Si no las ocupa usted, los traficantes de tierras las pueden invadir o los mismos vecinos y…
No agrega nada más, pero entiendo… un juicio de años para desalojarlos si alguna vez termina…
Eso me decidió. Terminé vendiéndolo a una Cooperativa Agrícola - Ganadera. Obtuve un buen precio además: noventa mil dólares.
Concretada la venta y obtenido el dinero, lo deposité en el banco mientras pensaba con calma en qué invertirlo. Con todo, no me había olvidado lo que me tocó vivir en las lomas. Algunas noches –ahora puedo decirlo- veía en sueños a Miriam Flores mirándome con tristeza.
Entonces un día se me ocurrió. ¿Y por qué no ayudarla? Así que, con el apoyo de Wanda, comencé a buscar casas especializadas de Detectives Privados en Lima. (Los hay de mucho prestigio, cuestan un ojo de la cara pero obtienen resultados)
Por fin di con una que me recomendaron como la más seria y eficiente; dirigida por un ex general de la policía, varios de sus integrantes eran policías o detectives retirados o licenciados de sus instituciones. Ajustamos los precios y todos los detalles que conocíamos de la muerte de la joven. Pamela contó todo lo que se sabía de las últimas horas de Miriam.
IX
Tres semanas después me entregaron un voluminoso expediente, que pasé copia a la policía, sobre la muerte de la muchacha. El asesino había sido un tal Walter Ausejo, un ex enamorado –estudiante de San Marcos- al que la muchacha ya había terminado antes. Como se descubrió, las cosas habían sucedido así:
Miriam Flores era guía en el proyecto “Salvemos las lomas de Lurigancho”. Había ido a marcar el recorrido acompañada de Walter, pero eso no lo sabían los demás. Esto consistía en hacer el recorrido anotando en un block los puntos de referencia, haciendo un croquis o fotografiando la zona. Su inexperiencia –recién se iba abrir el circuito turístico- la perdió. Iban a ir otros dos guías, pero a última hora uno no pudo asistir y el otro –extraviado- llegó varias horas tarde al punto de encuentro.
La muchacha cometió el error que le costó la vida, “Nunca se va sola a explorar”. Cansada de esperarlos la joven se aventuró sola con su acompañante.
Cerca de la hondonada, donde ahora está la cruz tuvieron una fuerte discusión. El muchacho quería retomar su relación, incluso –aprovechando la soledad del lugar- quiso besarla a la fuerza, pero ella se negó, no le gustaba que fuera celoso y agresivo; ya la había golpeado antes, incluso en la misma universidad; una relación tóxica de la que le costaba salir.
Irritado por su negativa –él era muy impulsivo- descargó un fuerte golpe con un bastón en la frente de la muchacha, con tan mala suerte que esta cayó de espaldas golpeándose la cabeza en una roca. Los médicos legistas informarían que su muerte fue casi instantánea.
Sin intentar siquiera socorrerla, el matador, el hombre que decía amarla, huyó como un cobarde. Al día siguiente –Miguel, Julia, Marcos y Pamela- asustados por su ausencia, presintiendo lo peor, fueron a recorrer la zona. Las chicas entraron en crisis ante la presencia del cadáver. Pero ¿quién había sido?
En su momento, las indagaciones de la policía no arrojaron ningún resultado, los sospechosos –Walter y dos o tres tipos de un asentamiento humano de los alrededores- tenían coartadas y nada se pudo probar. No hubo mayor interés, la verdad, después de todo, era un crimen de los cientos que hay en la ciudad. Con todo, Sergio Martínez, uno de los más hábiles del pool de detectives privados -él mismo era capitán retirado- localizó a testigos obviados en la primitiva investigación; una corazonada, cierta presión… y el resto es historia conocida….
X
El día que por fin lo detuvieron, presentado en los noticieros y llevado a juicio, fui con Wanda y los seis guías a depositar una corona de flores en la cruz que aún existe en las lomas. Rezamos y estuvimos un buen rato allí.
— Por fin descansa en paz –comentó Pamela.
— Así es –agregó Julia.
Cuando nos retirábamos, estábamos ya a cierta distancia, algo, la curiosidad, una intuición o no sé qué me hizo volver la cabeza… y allí estaba; parada al costado de la cruz, sonriendo, haciendo adiós con la mano mientras se desvanecía. Yo también me sonrío mientras se me llenan los ojos de lágrimas.
— ¿Qué estás mirando? –pregunta Wanda mientras me toma amorosamente del brazo.
Estaba muy emocionado. Sólo dije.
— En otro momento te cuento.