04/06/2026
Grabar terapias no es una solución simple. Puede ser un problema clínico enorme.
Hay que decirlo con claridad: proteger a menores de edad y a personas con limitaciones significativas de comunicación es una obligación ética, clínica y social. Eso no está en discusión. Lo que sí debe discutirse con mucha seriedad es si la solución correcta es permitir que sesiones terapéuticas sean grabadas en audio y video.
El Proyecto del Senado 1301 propone reconocer el derecho de padres, madres, tutores o encargados legales a requerir la grabación de intervenciones terapéuticas individuales cuando el paciente permanezca solo con el profesional. El texto incluye menores de 12 años, menores de 21 años con autismo, discapacidad intelectual, condiciones del neurodesarrollo, cognitivas, neurológicas, emocionales, conductuales o limitaciones de comunicación, y también adultos declarados incapaces o con capacidad modificada judicialmente. Además, dispone que la grabación sea íntegra y continua, que forme parte del expediente clínico, y que pueda utilizarse para fines clínicos, investigaciones administrativas o criminales y procedimientos judiciales.
El problema no es la intención. El problema es el impacto.
La psicoterapia no es simplemente una conversación que ocurre en una oficina. Es un espacio clínico donde muchas personas, incluyendo menores, revelan información que no han podido decir en ningún otro lugar: abuso, negligencia, miedo a sus cuidadores, ideación suicida, experiencias traumáticas, vergüenza, sexualidad, consumo de sustancias, conflictos familiares, síntomas psicóticos, autolesiones o pensamientos que todavía no saben cómo explicar.
Cuando una persona sabe que todo lo que diga será grabado, el espacio terapéutico cambia. Ya no se pregunta únicamente: “¿qué necesito decir para sanar?”. Se pregunta: “¿quién va a ver esto?”, “¿esto se puede usar contra mí?”, “¿mis padres lo van a saber?”, “¿esto terminará en un tribunal?”. Esa duda no es menor. La alianza terapéutica es uno de los factores asociados a mejores resultados en psicoterapia con niños y adolescentes; varios meta-análisis han encontrado una relación significativa entre alianza y resultados terapéuticos en niños y jóvenes.
También hay un error peligroso: asumir que el padre, madre o tutor siempre representa un lugar seguro. En muchos casos sí. Pero en otros, el hogar es precisamente el contexto del daño. Hay menores que revelan en terapia información sobre abuso, violencia, negligencia o dinámicas familiares altamente conflictivas. Convertir la grabación en un derecho unilateral del adulto puede poner al menor en una posición de mayor vulnerabilidad.
Además, decir que las grabaciones estarán protegidas por HIPAA no resuelve todo. HIPAA establece reglas de privacidad, pero no convierte una grabación en un objeto clínicamente inocuo. Una grabación de terapia es mucho más sensible que una nota de progreso: contiene rostro, voz, emoción, lenguaje corporal, silencios, contenido íntimo y material potencialmente traumático. El propio marco federal reconoce protecciones especiales para las notas de psicoterapia por su sensibilidad, y la regla de privacidad insiste en limitar usos y divulgaciones a lo necesario.
Este proyecto también puede producir otro efecto no deseado: práctica defensiva. Profesionales hablando para la cámara. Intervenciones menos espontáneas. Menos trabajo clínico profundo. Más preocupación legal que juicio terapéutico. Y posiblemente menos profesionales dispuestos a trabajar con poblaciones vulnerables por el riesgo de almacenar, custodiar y responder legalmente por horas de material audiovisual altamente sensible.
La seguridad de menores no se logra convirtiendo la terapia en vigilancia permanente. Se logra con protocolos robustos de consentimiento informado, supervisión clínica, credenciales verificadas, adiestramiento en manejo de poblaciones vulnerables, política clara de puertas y espacios clínicos, documentación adecuada, canales de querellas, auditorías, cámaras en áreas comunes cuando aplique, presencia de acompañantes en situaciones específicas, y mecanismos de protección que no destruyan la privacidad terapéutica.
Proteger no siempre significa grabar.
A veces, proteger significa entender que la confidencialidad no es un privilegio del terapeuta. Es una condición clínica para que el paciente pueda hablar. Y si destruimos ese espacio, podríamos terminar afectando precisamente a las personas que decimos querer proteger.