17/10/2021
OMETEOTL
Serie de bosquejos de Toltequidad
Cosmovisión del Ometeotl
El aprendizaje del ser humano surgió por pura lógica e intensa observación, y por repetirlo para comprobar y transmitir este conocimiento entre generaciones y culturas.
A lo largo de este trayecto se perdió, olvidó, degeneró o fue borrado a fuerza de conocimientos y habilidades. Sin embargo la ciencia hoy día tiene su fundamento en estas sabidurías muy remotas de los abuelos, de nuestros ancestros.
Gracias a ellos somos aquello que somos. Ni somos más ni somos menos, y somos capaces de añadir y mejorarnos cada día, corregir errores y avanzar, siempre con un humilde respeto por cumplir nuestro propósito y entregar el don que tenemos aquí y ahora.
Si nos fijamos en un árbol gigante, podemos imaginar que sólo somos una ramita pequeñita en él, pero por supuesto con capullos y hojitas verdes que brotan. El agua que sube desde su base, de sus raíces, es lo que nos nutre con su información y experiencia. Nosotros, por nuestra parte, ayudamos a través de la fotosíntesis con la respiración, para mantener todo este organismo en crecimiento, para que se forme otro anillo.
Hace generaciones que nuestros antepasados han ido marcando los distintos ciclos y ahora nos toca a nosotros hacerlo durante nuestra estancia en la Tierra. Compartimos en la Tierra el tiempo y el espacio y dejamos huellas con nuestros pensamientos, sueños, actos, los pasos que damos y las condiciones que creamos y encontramos.
Todo en el Universo es vibración; hasta nosotros vibramos en cada instante, no debemos olvidar que somos capaces de elegir entre las frecuencias.
El viento jugando entre las hojas tiernas les permite cantar y suspirar, la lluvia las moja y las fortalece, el sol las seca y las colorea al ritmo de las estaciones, la tormenta las arrastra y los cristales de hielo cubren las ramitas bajo el brillo blanco de pureza.
Lo que brotó de una semilla un día para una futura generación, somos nosotros aquí y ahora, y al mismo tiempo somos la semilla. Como nos dice Roy Littlesun : “el árbol está en la semilla y la semilla en el árbol”.
Las raíces, formadas en la vida de nuestros abuelitos, somos nosotros. Ellos son nuestro sostén y para nuestros niños lo somos nosotros, con la misma responsabilidad y con el mismo respeto. Es el cuidado que dedicamos a la continuación de la raíz, somos el tronco, la rama, las venas que llegan al brote, perfecto y precioso, para formar un nueva ramita que crea una flor en su desarrollo, hacia una fruta con sus semillas para el destino de la raza humana. Para brindar una nueva primavera.
Así de sencillo llegaron a la cosmovisión, al contemplar y comprender la esencia del ser llegaron a entender un poco de la inmensa creación. Del rayo hacia el trueno, del trueno hacia el viento, del viento hacia la lluvia y la lluvia penetrando en la tierra.
En tiempos remotos los abuelos se sentaban en contemplación bajo los astros y estrellas, que por la mañana se perdían en la claridad. Mientras tanto el Sol con sus rayos de calor se levantaba con este amanecer y hacía su recorrido por el firmamento.
Si miramos hacia el cielo hoy día podemos observar todavía el mismo movimiento. Las sombras aparecen y crecen, caminan en el sentido de las agujas del reloj o mejor dicho las agujas del reloj caminan en el sentido de las sombras. Ellas vuelven a ser gigantes antes de desaparecer en el fuego de la puesta del sol.
Todo para dar lugar al siguiente espectáculo de las estrellas, que siempre están, y solamente reviven en su iluminación por la ausencia de la luz. Parece que se mueven por la noche de un lado al otro, mientras la Tierra sigue girando por su eje en continuidad y orden cíclico.
Nuestros antepasados entendieron esta impresionante unidad del Universo y sus movimientos por el principio de un cambio permanente: que todo existe por el opuesto complementario. En su esencia dual, entre el espacio y la materia, lo vacío y lo lleno. Si hay luz tenemos por el otro lado la sombra, el día tiene la noche, el movimiento el reposo, el masculino lo femenino, la atracción la repulsión, el frío lo caliente y lo denso lo ligero.
Es lo que se conoce como el “Yin” y “Yang”, la base de la filosofía y la medicina China. En Náhuatl, idioma del antiguo México, lo llaman “Ometeotl”, que significa “ome” - dos y “teotl” – energía: dos energías o energía dual. “Teotl” se puede traducir también como dios, entonces sería el dios dual o divina dualidad. Esta dualidad es un acto de movimiento y de balance, es el resultado de energías que cambian de un estado a otro en absoluta armonía. Los mayas lo llaman Hunab Ku.
No hay ninguna noche que de pronto se transforme en día; siempre transcurre a través del amanecer, que tiene cada vez más de su opuesto y menos del estado del que va a salir.
En la antigua cultura de México esta unidad del todo lo llamaron “Omeyocan” (el lugar en donde reside el dos del uno). Sus aspectos son la parte femenina, “Omecihuatl”, y la parte masculina, “Ometecuhtli”; lo podemos traducir como madre de dos y padre de dos. Tiene una dinámica muy simple.
Si observamos la reproducción humana, necesitamos un espermatozoide y un óvulo, que causan en su alquimia una duplicación celular. El uno no tiene sentido sin el otro y juntos están en la unidad universal y forman una unión. Siguen la ley de la creación, del cambio, de la transmutación, y forman por multiplicaciones celulares un nuevo ser dentro del vientre materno.
Una planta tiene su parte alta y baja, raíces dentro la tierra y hojas extendidas hacia el cielo con sus propias funciones, que según su actividad cambian: por el día produce oxígeno y durante la noche genera anhídrido carbónico.
El agua sale de un manantial, recorre por venas la tierra hacia el mar, se vaporiza para formar nubes y cae en forma de lluvia para fecundar la tierra y plantas y para continuar de nuevo por otra fuente terrestre.
El agua está tanto arriba como abajo, y es cambiada y transformada según su estado de agregación. Pasando por el proceso de la dualidad, una vez pesada, pegada al suelo de la tierra, y en otro momento volando ligera entre los vientos del cielo.
Una sabia observación y enseñanza para nosotros, mientras seguimos equilibrando entre guerra y paz, enfermedad y salud. Podemos aplicar este concepto de armonía que afecta en sincronismo y causa la vibratoria. Nos sirve para reconocernos y aceptar que somos tan buenos como malos, que tenemos tanto miedo como valor, que estamos llenos de alegría como llenos de tristeza y entre los extremos en nuestro absoluto equilibrio en movimiento.
Dentro de la tristeza crece ya la alegría y viceversa pasando por el punto del equilibrio. Para enterarnos de que todo en uno, es de dos; debemos tener una posición desde afuera para observar y contemplarlo. Así llegamos a dicha trinidad, a nosotros enfrente de un espejo imaginativo que refleja nuestra conciencia sobre nuestro propio cuerpo. Dos ojos, dos vías nasales, dos labios, dos orejas, dos brazos, dos piernas, dos riñones, dos lóbulos pulmonares, dos sistemas arteriales y dos sistemas nerviosos, hasta el corazón y el cerebro existen en dos partes principales.
Es el punto de referencia total en esta dinámica, reconociendo quienes somos. La persona que siente los chispazos dentro de la oscuridad, este calor en el frío que siente uno en su dualidad interior.
Imaginemos la gran nada, que no contiene nada, y de la cual sale una fuerza para crear los opuestos que producen la vibración.
Como relata Vusamazulu Credo Mutwa en su cuento de África “Indaba my children ...” “No stars were there – no sun, Neither moon nor earth – Nothing existed but darkness itself – A darkness everywhere. Nothing existed but nothingness, A Nothingness neither hot nor cold, Dead nor alive – A Nothingness far worse than nothing and frightening in its utter nothingness”.
Hablando de la gran nada nos sigue contando acerca de una chispa de luz que aparece, pero ya hemos entrado en el Ometeotl. Eso es la dinámica de la dualidad, entre el opuesto y el complementario, el consciente y el subconsciente, la fuerza y la debilidad, lo evidente y lo oculto; y al mencionar la chispa de luz se muestra igualmente su ausencia. Hay luz en la oscuridad como hay sombra en la claridad. ¿Qué ocurre a través de la dualidad y debido a su cambio permanente?
Palpitando, hasta nosotros formamos parte de esta matriz; es el movimiento que emerge de nosotros, es la capacidad de esfuerzo y de relajación, de comer y de excretar, de estar despierto y de dormir, incluso hasta de nacer y de morir. Todo lo hacemos intuitivamente o por hábito; mientras todo eso representa el pulso de la vida en dualidad, vivimos en exhalación e inhalación, en contracción y dilatación. En el ritmo de nuestro propio corazón escuchamos la dualidad creada por el correr de la sangre por nuestras venas y luego por las arterias.
El cambio es la verdadera ley de la vida. Un concepto que no está limitado a una cultura ni a una época, que está permanentemente abriendo camino y cerrando puertas, transformando y mutando en la eternidad, y no hay nada ni nadie con poder para detenerlo. Es una fusión de uno en dos y los dos en unión.
Tochtletl Uwe Jürgens
Tlahui