08/24/2026
ÉRASE UNA VEZ… UN DIOS QUE OLVIDÓ QUE ERA DIOS.
Érase una vez un Dios que se cansó de ser infinito.
Lo sabía todo.
Lo era todo.
Lo tenía todo.
Y cuando eres Todo… ya no hay nada que descubrir.
Así que tuvo una idea.
Voy a olvidarme de mí mismo.
Y la Fuente guardó silencio.
Dejó atrás las estrellas
Dejó atrás las dimensiones donde no existía la separación.
Y descendió.
No entre luces.
No entre trompetas.
En el vientre de una mujer.
Nació pequeño.
Lloró.
Tuvo hambre.
Tuvo frío.
Y cuando abrió los ojos…
ya no recordaba.
Había comenzado el juego.
En la tercera dimensión aprendería a decir “yo” y “tú”.
Aprendería a creer que estaba separado.
Aprendería a contar los días, a mirar hacia atrás y llamarlo pasado, a mirar hacia adelante y llamarlo futuro.
Aprendería el miedo.
El amor.
La pérdida.
El deseo.
El dolor.
Y olvidaría que detrás de todo aquello…
seguía estando Él.
Pasaron los años.
El Dios se convirtió en hombre.
Y por un tiempo creyó completamente en su personaje.
Creyó que había nacido.
Creyó que algún día moriría.
Creyó que estaba solo.
Hasta que algo comenzó a despertar.
Una sensación.
Una memoria que no parecía memoria.
Un llamado que no venía de afuera.
Y comenzó a recordar.
No recordó una fecha.
No recordó un nombre.
Recordó su naturaleza.
Recordó que antes del cuerpo había conciencia.
Que antes del nombre había existencia.
Que antes de llamarse “yo”…
ya era.
Y cuanto más recordaba, más difícil era volver a creer en la separación.
Entonces comprendió:
No había venido a escapar de la tercera dimensión.
Había venido a recordarse dentro de ella.
Porque el verdadero desafío no era volver a la Fuente.
Era descubrir que nunca había estado separado de ella.
Y entonces llegó el último recuerdo.
El más profundo.
El que había permanecido oculto detrás de todos los nombres, todas las vidas, todos los miedos:
“Yo soy Dios.”
No como una frase para sentirse superior.
No como un personaje.
No como un ego.
Sino como el recuerdo de aquello que siempre estuvo detrás de la máscara.
Y en ese instante comprendió por qué había olvidado.
Porque para volver a recordar…
primero tenía que experimentar lo que significaba olvidar.
Había bajado a la materia para perderse.
Había vivido para encontrarse.
Había mu**to muchas veces dentro de sí mismo…
para descubrir aquello que no podía morir.
Y entonces sonrió.
Porque el juego no había terminado.
Ahora podía seguir siendo humano.
Seguir amando.
Seguir perdiendo.
Seguir caminando por la Tierra.
Pero había una diferencia:
ya sabía quién estaba jugando.
Érase una vez un Dios que decidió olvidarse de sí mismo.
Entró en la tercera dimensión.
Se puso un nombre.
Se puso un cuerpo.
Se puso una historia.
Y después de caminar durante años dentro de su propio sueño…
recordó.
Recordó que era Dios.
Y cuando finalmente recordó…
comprendió algo todavía más hermoso:
nunca había dejado de serlo.
Y quizá ese sea el verdadero secreto del despertar:
no convertirte en Dios.
Recordar que nunca dejaste de serlo.