18/06/2026
Hoy les quiero compartir algo que estoy sintiendo hace tiempo.
Algo que veo repetirse en muchas personas que llegan al espacio, y que también me toca observar en mí misma.
Vivimos en una sociedad que nos enseñó a estar disponibles para todos. A resolver, acompañar, sostener, responder, dar.
Y aunque dar puede ser un acto hermoso, a veces nos perdemos tanto en las necesidades de los demás que dejamos de preguntarnos cómo estamos nosotros.
Con el tiempo fui entendiendo que el amor propio no siempre se ve como una gran declaración de amor hacia uno mismo.
Muchas veces se encuentra en los pequeños gestos cotidianos.
Cuando me doy una ducha y me permito sentir el calor del agua relajando mi espalda.
Cuando me hidrato la cara y me hablo con respeto, con dulzura y con amor.
Cuando me peino suavemente, sin apuro, como quien cuida algo valioso.
Cuando le pregunto a mi cuerpo qué tiene ganas de comer, en lugar de ignorarlo.
Cuando me miro al espejo y sostengo mi propia mirada sin críticas ni exigencias.
Cuando descanso porque lo necesito, sin sentir culpa.
Porque cultivar el amor propio no siempre implica hacer más.
A veces implica detenernos.
Escucharnos.
Tratarnos con la misma amabilidad que solemos ofrecerles a los demás.
Y quizás hoy sea un buen día para preguntarnos:
¿Cuánto amor me estoy dando a mí mismo en los pequeños momentos de mi vida cotidiana?
Te leo.