19/10/2025
Durante la adolescencia, muchos padres sienten que pierden el control. Las reglas ya no funcionan igual, las conversaciones son menos y el clásico “nada” aparece cada vez que intentas preguntar qué pasa.
Pero ese “nada” generalmente quiere decir: “no sé cómo explicarlo”, “no quiero decepcionarte” o “no quiero discutir otra vez”.
Cuando intentamos controlar sus reacciones, solo generamos más distancia.
Porque lo que realmente necesitan de nosotros no es control, es conexión.
Recuerdo la primera vez que un adolescente me respondió con un portazo.
Un simple gesto… pero en mi cabeza se encendieron todas las alarmas:
“no me respeta”, “está desafiando mi autoridad”, “si dejo pasar esto, se me va a ir de las manos”.
Y esos pensamientos me hicieron sentir molesta, pero también asustada. Asustada de perder el control, de que no me escuchara más, de perder mi autoridad.
Claro que mi primer impulso fue reaccionar: abrir la puerta, exigir respeto, dejarle claro que a mí no me azotas la puerta.
Pero me detuve.
Respiré.
Y empecé a generar mi hipótesis: ¿qué podría estar detrás de ese portazo?
Podría ser frustración, cansancio, confusión… miedo. No necesariamente era una falta de respeto… más bien, una emoción desbordada.
Y es que no se trata de permitirlo todo. Se trata de priorizar la conexión.
Lo que significa no reaccionar en caliente, dar espacio para que ambos se calmen y, más tarde, decir algo como:
“Noté que te molestaste hace rato, ¿quieres hablar de eso?”
Y si responde que no, simplemente agregar:
“Está bien, cuando necesites, aquí estoy.”
A veces, eso basta para abrir una puerta sin forzarla.
Lo que necesitamos entender es que educar desde la conexión no debilita tu autoridad, la fortalece. Porque cuando eliges escuchar antes que controlar, enseñas lo mismo que esperas recibir: respeto.
¿Has sentido miedo de “perder el control” con tu hijo o hija adolescente?
¿Qué te ha ayudado a responder con calma?
MO