01/06/2026
Cuento Infantil, de Rodolfo Abraham Arrayago Conde.
Sinopsis.
Sofía, Miguel y Ana descubren un misterioso tren fantasma en las viejas vías del ferrocarril de Naguanagua. A través de su aventura, aprenden sobre la historia de su pueblo y la importancia de preservar los recuerdos del pasado. Deciden cuidar la locomotora abandonada, convirtiéndola en un símbolo de la magia y la historia de Naguanagua.
EL FERROCARRIL FANTASMA.
En el corazón de Naguanagua, donde el sol brillaba con fuerza y los mangos caían maduros de los árboles, vivían tres amigos inseparables: Sofía, Miguel y Ana. A Sofía le encantaba construir castillos de arena imaginarios. Miguel era un experto en hacer volar gurrufios que se elevaban hasta tocar las nubes. Y Ana, bueno, Ana tenía una curiosidad insaciable por todo lo que la rodeaba.
Un día, mientras jugaban cerca de las viejas vías del ferrocarril, una idea brillante iluminó la mente de Ana. "¡Deberíamos explorar las vías del tren!", exclamó, sus ojos brillando con entusiasmo. Sofía y Miguel, aunque un poco asustados al principio, no pudieron resistirse al espíritu aventurero de Ana. Así que, armados de mucho valor, entusiasmo y llenos de energía, comenzaron su expedición a través de las montañas.
Las vías del ferrocarril, cubiertas de hierba y olvidadas por el tiempo, se extendían como una serpiente de metal oxidado a través del paisaje. A medida que avanzaban, el silencio del lugar era interrumpido solo por el crujido de las piedras bajo sus pies y el zumbido ocasional de los insectos. De repente, un atruendo ensordecedor rompió la quietud. ¡Era el tren! O al menos, eso pensaron al principio.
Miraron a su alrededor, pero no vieron nada. Solo las vías oxidadas y el sol brillante. "¿Lo oyeron?", preguntó Sofía, con la voz temblorosa. Miguel asintió, aferrándose con fuerza a su gurrufío. Ana, sin embargo, estaba decidida a descubrir la fuente del misterioso sonido. "¡Sigamos!", dijo con valentía, aunque por dentro sentía un cosquilleo de miedo.
Continuaron caminando por las vías, cada vez más adentrados en la espesura. El aire se volvió más pesado y el sol parecía esconderse detrás de las nubes. De pronto, un nuevo sonido llamó su atención: un silbido suave y misterioso. Provenía de un viejo túnel que se abría oscuro y amenazante frente a ellos.
"¡Allí está!", susurró Ana, señalando el túnel. Sofía y Miguel se miraron con nerviosismo. El túnel parecía tragarse la luz del sol, invitándolos a un mundo de sombras y misterios. "No lo sé, Ana...", dijo Miguel, dudando. "Es peligroso", añadió Sofía.
Pero Ana ya había tomado una decisión. Lentamente, se acercó a la entrada del túnel, sintiendo la humedad y el frío que emanaban de su interior. "¡Vamos!", dijo con determinación. "¡Tenemos que descubrir qué está pasando!"
Tomando una respiración profunda, Ana entró al túnel. Sofía y Miguel, aunque temerosos, la siguieron de cerca. La oscuridad los envolvió como una manta, y el único sonido era el eco de sus propios pasos.
De repente, una luz tenue apareció al final del túnel.. A medida que se acercaban a la luz, pudieron ver que provenía de una vieja locomotora abandonada. La locomotora estaba cubierta de óxido y polvo, pero aún conservaba una majestuosidad fantasmal. Alrededor de la locomotora, flotaban pequeñas partículas brillantes, como polvo de hadas, y de ella emanaba un humo suave y colorido.
Entonces, lo entendieron. El atruendo que habían escuchado no era un tren real, sino el eco de un tren fantasma, un recuerdo del pasado que aún resonaba en el presente. El silbido misterioso era el susurro del viento al pasar a través de las viejas tuberías de la locomotora.
"Es hermoso", susurró Sofía, con los ojos llenos de asombro. Miguel soltó su gurrufío, que se elevó lentamente hacia el techo del túnel, danzando entre las partículas brillantes. Ana, con una sonrisa en el rostro, se acercó a la locomotora y tocó su fría superficie de metal.
En ese momento, sintieron una conexión profunda con el pasado, con la historia de Naguanagua y su ferrocarril. Comprendieron que incluso las cosas olvidadas y abandonadas podían tener su propia belleza y su propia historia que contar.
Decidieron que a partir de ese día, cuidarían de la locomotora fantasma. Limpiarían el polvo, plantarían flores alrededor de las vías y contarían historias sobre el ferrocarril a todos los niños de Naguanagua. Querían que la locomotora fantasma siguiera siendo un símbolo de la historia y la magia de su pueblo.
Salieron del túnel, sintiendo el calor del sol en sus rostros. El mundo parecía más brillante y hermoso que nunca. Habían descubierto un secreto, una historia que les había enseñado el valor de la curiosidad, la valentía y el respeto por el pasado.
Desde ese día, los tres amigos siguieron jugando en Naguanagua, construyendo castillos de arena, volando gurrufios y explorando nuevos rincones de su pueblo.
Pero nunca olvidaron su aventura en las vías del ferrocarril y el tren fantasma que les había enseñado una valiosa lección sobre la historia y la magia que se esconden en los lugares más inesperados. Y cada vez que escuchaban un atruendo lejano, sabían que era el tren fantasma de Naguanagua, recordándoles que la aventura siempre está a la vuelta de la esquina.