10/06/2026
¿Buscamos el placer para huir de nosotros mismos?
REFLEXIÓN
Muchas veces buscamos el placer para huir de nosotros mismos, aunque no siempre. El placer puede ser una expresión sana de la vida: disfrutar una comida, una conversación, una música, el descanso, el cuerpo, la belleza. El problema aparece cuando el placer deja de ser gozo y se convierte en anestesia.
Después de un día difícil, la mente busca compensación. Quiere cambiar rápidamente el estado interno: quitar la tensión, tapar la tristeza, silenciar la frustración, distraerse del vacío. Entonces aparece el impulso: comer algo, comprar, beber, mirar pantallas, buscar aprobación, llenar el silencio. No hay que condenar ese movimiento; es humano. Pero sí conviene observarlo, porque aquello que no vemos empieza a dirigirnos.
La pregunta clave no es: “¿Está mal buscar placer?” La pregunta más profunda es: “¿Desde dónde nace este deseo?” Puede nacer de la alegría, del descanso legítimo, del compartir. O puede nacer de una incapacidad de permanecer con lo que duele. En el primer caso, el placer nutre. En el segundo, adormece y suele dejar un residuo de vacío, culpa o dependencia.
Cuando algo desagradable ocurre, el cuerpo trae señales: presión en el pecho, cansancio, n**o en el estómago, inquietud. La mente enseguida quiere traducirlo, resolverlo o escapar. Pero si nos quedamos un momento con esa sensación, sin dramatizarla ni reprimirla, puede revelarse algo importante: una necesidad no escuchada, una herida antigua, una expectativa rota, una forma de vida que ya no tiene sentido.
Por ejemplo, alguien llega a casa agotado y abre compulsivamente una aplicación, come sin hambre o compra algo innecesario. En la superficie parece simple distracción. Pero si mira con atención, quizá descubra soledad, falta de reconocimiento, miedo a detenerse o una vida demasiado alejada de sus valores. El placer compensatorio no era el problema principal; era la señal.
Desde una mirada existencial, el sufrimiento no siempre debe eliminarse de inmediato. A veces contiene una pregunta. Puede preguntar: “¿Qué estoy descuidando?”, “¿qué me pide la vida ahora?”, “¿qué responsabilidad estoy evitando?”, “¿qué sentido necesito recuperar?” Huir constantemente del malestar impide escuchar esa pregunta. Y sin escucharla, repetimos.
Tres ejercicios simples:
1- Pausa antes del placer
Antes de buscar una compensación, detente treinta segundos y pregunta: “¿Qué estoy intentando no sentir?”
2- Distinguir nutrición de anestesia
Pregunta: “Después de esto, ¿me sentiré más vivo o más apagado?”
3- Acompañar la sensación
Si aparece malestar, siéntalo en el cuerpo durante un minuto sin explicarlo. Sólo respira y observa.
El placer no necesita ser enemigo de la conciencia. Pero cuando se usa para escapar de uno mismo, se vuelve una jaula amable. La libertad empieza cuando podemos disfrutar sin huir y sufrir sin destruirnos.