14/05/2026
En esta semana del parto respetado vuelvo sobre los relatos que escuché a lo largo de estos años en grupos de crianza, espacios de lactancia y en el consultorio.
Historias de partos que dejaron marcas. Algunas amorosas, cuidadas, habilitantes. Me gustaría poder decir que son la mayoría. Pero no.
Muchas experiencias siguen estando atravesadas por intervenciones sin consentimiento, malos tratos, infantilización, soledad, silenciamiento y vulneración.
A veces me resulta absurdo que todavía haya que militar el respeto, como si se tratara de un valor excepcional y no de una base mínima de humanidad.
Y sin embargo, sigue siendo necesario.
Si el respeto no puede pensarse desde el inicio de la vida, en un momento de extrema vulnerabilidad física y psíquica, ¿entonces cuándo?.
Mención aparte para el lema de este año, que me genera cierto ruido.
Hablar de “la voz” y el “orgullo” de las mujeres parece desconocer algo central: el parto suele ser, justamente, un momento de enorme vulnerabilidad e intensidad.
No siempre hay resto psíquico para argumentar, negociar o defenderse.
No debería recaer sobre quien está pariendo la responsabilidad de exigir aquello que tendría que estar garantizado de antemano.
El parto no es el momento para reclamar respeto.
Es el momento en que el entorno y las instituciones deberían ofrecerlo.
El parto puede ser silencio, grito, llanto, concentración, retirada, sonido, palabra o mutismo.
Lo que haga falta.
Pero nunca debería ser un escenario de desamparo.
Malvina Barrios