02/09/2026
Tengo 36 años y siento que el lunes no solamente se retiró Lionel Messi de la Selección Argentina.
Siento que terminó una etapa de nuestras vidas.
Nunca fui demasiado de tener ídolos. Sí referentes. Y Messi, sin dudas, fue uno de ellos.
Pero con los años me fui quedando cada vez menos con sus goles, sus récords o sus trofeos.
Me fui quedando con el hombre.
Con aquel que perdió una final atrás de otra.
Con aquel al que cuestionamos desde su propio país. Al que le dijeron que no sentía la camiseta, que no tenía carácter, que era un fracasado.
Con aquel que un día no pudo más y renunció a la Selección.
Y, fundamentalmente, con aquel que después decidió volver.
Porque Messi no volvió sabiendo que algún día iba a levantar la Copa del Mundo.
Volvió sin garantías.
Volvió a intentarlo.
Y quizás ahí esté uno de los aprendizajes más grandes que podemos transmitirles a nuestros chicos y adolescentes.
No que “si te esforzás, todo llega”.
Porque la vida no funciona así.
No todos van a conseguir exactamente aquello que soñaron. No todo esfuerzo tiene como recompensa un trofeo.
Pero hay cosas por las que vale profundamente la pena intentarlo.
Y este último Messi me dejó todavía algo más.
Durante tantos años les pedimos a los varones que fueran fuertes, que aguantaran, que no lloraran y que no mostraran fragilidad.
Messi nos mostró que también se puede ser fuerte y, al mismo tiempo, emocionarse, llorar, pedir ayuda y atravesar momentos difíciles.
Y eso también educa.
Nuestros chicos necesitan referentes que ganen.
Pero también necesitan referentes que puedan perder, quebrarse y volver.
Su último partido con Argentina fue una final perdida.
Y me parece simbólico que haya terminado así.
Porque un resultado nunca alcanza para explicar un proceso.
Gracias por las copas, Leo.
Pero, sobre todo, gracias por mostrarnos todo lo que hubo que atravesar para llegar hasta ellas.
Gracias Leo Messi por intentarlo una vez más.
Y otra.
Y otra.
Quizás de eso también se trate el deporte.
Y bastante de la vida. 🇦🇷