20/03/2026
Esta pregunta surgió en un espacio de terapia,
con una mujer que, al empezar a correrse el lugar de la maternidad, se encontró con algo difícil de nombrar.
Esta pregunta puede resultar incómoda, incluso dolorosa. Pero también abre algo importante: pensar cuánto de la identidad de una mujer queda absorbida por la maternidad.
Durante mucho tiempo —y aún hoy— la cultura ha reforzado la idea de que una “buena madre” es aquella que se entrega por completo. En ese ideal, muchas veces no hay lugar para el deseo propio, para proyectos individuales o para una identidad que no esté definida por el cuidado de otros.
Muchas veces el problema aparece con fuerza cuando los hijos crecen, se independizan y empiezan a construir su propia vida. Ese lugar central que organizaba todo empieza a correrse, y lo que queda puede ser un vacío difícil de nombrar: angustia, tristeza, desorientación, ansiedad.
No porque la maternidad haya sido un error, sino porque muchas veces fue el único eje.
Por eso, recuperar espacios propios, intereses, vínculos, deseos… no es egoísmo. Es una forma de cuidado.
Porque ser madre no debería implicar dejar de ser.