13/05/2026
🔸El goce, en la enseñanza de Lacan, no se reduce al placer ni a la satisfacción simple de una necesidad. Se trata de algo más insistente: una especie de llamado que el sujeto no puede dejar de responder, aunque ese responder lo deje cada vez más lejos de cualquier alivio real. Ahí donde parece que algo se colma, la exigencia se reabre. El goce pide más. 🔄
Y el cuerpo no queda afuera de esto. No es un mero soporte: es el escenario vivo donde ese imperativo se inscribe y se despliega. A veces es evidente: la sustancia que se sabe que daña y aun así se busca, el atracón que viene justo cuando algo duele, la autolesión como única vía de alivio. Pero otras veces es más silencioso: la persona que trabaja hasta el agotamiento y no puede parar aunque quiera, el que vuelve siempre al mismo tipo de vínculo destructor sin entender por qué, la que se exige cada vez más y nunca alcanza, el que revisa el teléfono compulsivamente sin saber bien qué espera encontrar, la que posterga lo que desea y se queda rumiando lo que no pudo. En todos estos casos el cuerpo — o la vida entera — paga una deuda que nunca termina de saldarse.
Lacan ubica ahí la función del superyó: esa instancia que, paradójicamente, ordena g***r. No dice "disfrutá un poco". Dice más. Siempre un poco más. Y el sujeto responde, muchas veces sin saber por qué, muchas veces a costa de sí mismo.
Lo que el análisis habilita no es silenciar ese mandato de un día para el otro, ni encontrar la medida justa del goce. Es algo más sutil: poder preguntarse de qué se goza, para quién, y a qué precio. Hacer de esa repetición un objeto de pregunta, en lugar de seguir respondiendo en automático.
El análisis abre una pausa ahí donde el circuito parecía inevitable — y en esa pausa, algo del sujeto puede empezar a moverse.
¿De qué modo tu cuerpo queda atrapado en ese "un poco más" que nunca termina de saciar? 💬
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