28/07/2026
Todo proceso de crecimiento comienza con un reconocimiento profundo: aceptar que no me siento bien, que deseo vivir de otra manera y que, por mis propios medios, no estoy pudiendo lograrlo.
Pedir ayuda no es un signo de debilidad.
Es el primer paso hacia un cambio posible.
A partir de allí, suele comenzar un recorrido que atraviesa distintas etapas.
En un primer momento, revisamos nuestras creencias, los mandatos con los que crecimos y aquellas formas de pensar y actuar que hoy nos generan sufrimiento.
Muchas de ellas tienen su origen en los vínculos que construimos con nuestros padres durante la infancia.
Luego aparece una etapa de incertidumbre. Ya no creemos en aquello que antes guiaba nuestra vida, pero todavía no encontramos una nueva dirección.
Sabemos qué queremos dejar atrás, aunque aún no tengamos claro hacia dónde queremos ir. Es un tiempo de dudas, pero también de transformación.
Con el tiempo, comienza a consolidarse la adultez.
Ya no vivimos únicamente desde los mandatos heredados, sino que empezamos a elegir conscientemente nuestros vínculos, nuestras decisiones y el rumbo que queremos darle a nuestra vida.
Esas elecciones podrán cambiar muchas veces, pero hay algo que permanece: la responsabilidad de elegirlas será cada vez más nuestra.
Crecer no significa tener todas las respuestas.
Significa animarse a dejar atrás lo conocido para construir, poco a poco, una vida más propia.
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