Habitarnos

Habitarnos — Espacio De Crecimiento Personal
Psicoterapia 🌎 Talleres y Formación en Escenas Matrices 🇦🇷🇪🇸 Creado y dirigido por el Lic.

Habitar(nos) es un espacio en el que se busca explorar diferentes temáticas emocionales y psicológicas desde el trabajo grupal, con la intención de contribuir al crecimiento de los participantes. en Psicología Mauricio Weintraub , las actividades llevadas a cabo en Habitar(nos) tienen siempre una base humanística e incluyen aportes de diferentes escuelas y técnicas psicológicas.

Muchas veces, cuando revisamos nuestra historia, intentamos comprender a nuestros padres.Volvemos a escenas de la infanc...
18/05/2026

Muchas veces, cuando revisamos nuestra historia, intentamos comprender a nuestros padres.

Volvemos a escenas de la infancia cargadas de dolor y buscamos explicaciones sobre por qué actuaron de determinada manera.

Y aunque esas explicaciones puedan ser reales, comprender no siempre significa sanar.

Al mirar el pasado, solemos creer que ayudar al adulto a entender a sus padres automáticamente ayuda también al niño que fue.

Pero desde la Mirada de las Escenas Matrices, esto no necesariamente ocurre.

Cuando toda la atención se dirige hacia justificar, perdonar o acercarse a los padres biológicos, el niño interno puede volver a quedar relegado.

Ese niño que necesitaba ser visto, contenido y acompañado, otra vez queda solo con su dolor.

El verdadero movimiento de reparación comienza cuando el adulto deja de mirar únicamente hacia afuera y empieza a ocupar un nuevo lugar frente a sí mismo: el de convertirse en una figura de cuidado para ese niño que aún habita en su interior.

Escuchar lo que ese niño siente, reconocer aquello que necesitó y no tuvo, darle espacio a su tristeza, a su enojo y a su dolor, es parte fundamental del proceso de sanación.

No se trata de negar la historia de los padres ni de romper el vínculo con ellos.

Se trata de comprender que sanar no empieza solamente por entenderlos a ellos, sino también por empezar a cuidar a quien quedó herido dentro nuestro.

Porque muchas veces, el niño interior no necesita más explicaciones. Necesita, por primera vez, sentirse acompañado.

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11/05/2026
Cuando intentamos entender a nuestros padres, muchas veces volvemos a escenas de la infancia que están cargadas de dolor...
04/05/2026

Cuando intentamos entender a nuestros padres, muchas veces volvemos a escenas de la infancia que están cargadas de dolor.

En ese recorrido, solemos construir explicaciones sobre lo que hicieron o dejaron de hacer. Y aunque esas explicaciones puedan ser válidas, no siempre alcanzan para sanar.

Al mirar esas escenas desde la adultez, no solo están presentes el niño que fuimos y nuestros padres: también estamos nosotros hoy, observando y tratando de comprender.

Y ahí aparece una confusión frecuente.

Creer que, al entender o justificar a nuestros padres, estamos reparando lo que le pasó a ese niño interno.

Sin embargo, cuando toda la atención se pone en comprenderlos a ellos, ese niño vuelve a quedar en segundo plano.

Otra vez sin ser visto.

Otra vez sin ser acompañado.

Desde esta mirada, el movimiento empieza a cambiar cuando el adulto deja de mirar únicamente hacia los padres y comienza a asumir un rol diferente: el de cuidar a ese niño que fue y que aún habita en su interior.

Escuchar lo que sintió, reconocer lo que necesitó y no tuvo, darle lugar a su experiencia.

No se trata de negar ni de romper el vínculo con los padres, sino de reordenar prioridades: primero ese niño, primero su necesidad de ser visto y contenido.

Sanar no es solo comprender la historia. Es, sobre todo, empezar a responder en el presente a aquello que en su momento no tuvo respuesta.

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Hay personas que, en los vínculos, no logran sostener una relación de a dos. De una u otra manera, siempre aparece un te...
29/04/2026

Hay personas que, en los vínculos, no logran sostener una relación de a dos. De una u otra manera, siempre aparece un tercero.

A veces ese tercero es real: alguien con quien la pareja tiene un vínculo. Otras veces no existe, pero es imaginado, sospechado o construido internamente.

Incluso puede suceder que quien cela sea quien introduce a ese tercero en la dinámica.

Lo importante no es tanto si ese tercero está o no, sino que la estructura del vínculo lo necesita.

Este modo de relacionarse suele tener su origen en experiencias tempranas.

En muchos casos, el niño creció dentro de una dinámica triangular: un padre más volcado hacia afuera, y otro que depositaba en el hijo necesidades emocionales que no le correspondían, ubicándolo en un lugar que no era el suyo.

De este modo, el niño aprende a asociar el amor con una estructura de tres, no de dos.

En la adultez, esta forma de vincularse no suele ser consciente.

Sin embargo, se repite porque resulta familiar, y esa familiaridad muchas veces se confunde con amor.

Sin un trabajo profundo sobre esa historia, el patrón tiende a sostenerse.

Porque cuando el origen no se revisa, el vínculo se organiza una y otra vez de la misma manera: siempre con un tercero.

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Entre dos personas siempre existe una distancia.Una diferencia que no puede eliminarse por completo, y que forma parte m...
27/04/2026

Entre dos personas siempre existe una distancia.

Una diferencia que no puede eliminarse por completo, y que forma parte misma del vínculo
Esa diferencia no solo separa: también pone a prueba la relación, porque trae consigo momentos de desencuentro.

Muchas veces, ahí es donde aparecen los conflictos.

Cuando no toleramos que el otro sea distinto, intentamos forzar una coincidencia: cambiar al otro, cambiarnos a nosotros o alejarnos para no atravesar esa incomodidad.

Pero ese intento de evitar el desencuentro no es una respuesta adulta.

Surge, más bien, de la dificultad para aceptar que el otro no es como yo o de que yo no soy como el otro.

Existe otra posibilidad.

Habitar ese espacio de diferencia implica algo distinto: poder sostener el desencuentro real.

Mostrarme como soy, interesarme genuinamente por la experiencia del otro y reconocer que no necesitamos ser iguales para vincularnos.

No se trata de imponerse ni de ceder, sino de construir un lugar donde ambos puedan existir con sus particularidades.

Y también implica aceptar que, a veces, incluso habiendo hecho ese intento, el vínculo puede no continuar.

Atravesar los desencuentros no es simple, pero es parte del crecimiento.

Es un ejercicio de honestidad y de apertura que transforma la manera en que nos relacionamos.

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Gran parte de lo que creemos sobre la vida, sobre nosotros mismos y sobre los demás tiene su origen en lo que recibimos ...
23/04/2026

Gran parte de lo que creemos sobre la vida, sobre nosotros mismos y sobre los demás tiene su origen en lo que recibimos de nuestros padres.

Esas creencias, en sí mismas, no son ni buenas ni malas.

El problema aparece cuando las sostenemos de manera rígida, sin revisarlas ni adaptarlas a nuestra propia experiencia.

En la infancia, tendemos a incorporarlas sin cuestionarlas.

Más adelante, en la adolescencia, muchas veces ocurre lo contrario: las rechazamos casi por completo.

Pero la adultez abre una posibilidad diferente.

Ya no se trata ni de aceptar todo ni de descartar todo, sino de poder mirar con más amplitud.

Preguntarnos qué de eso que heredamos sigue teniendo sentido hoy y qué ya no.

Este proceso permite elegir con mayor conciencia, tomar lo que nos nutre y dejar de lado aquello que nos limita.

De esta manera, no es necesario romper con nuestros padres para construir un camino propio.

Se trata, más bien, de integrar lo recibido de una forma más ajustada a quienes somos hoy.

Ese movimiento —ni sumisión ni rechazo— es parte fundamental del crecimiento hacia una adultez más auténtica.

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La culpa no siempre significa lo mismo. Detrás de esa sensación pueden esconderse distintos procesos internos, y entende...
20/04/2026

La culpa no siempre significa lo mismo.

Detrás de esa sensación pueden esconderse distintos procesos internos, y entenderlos cambia por completo la forma en que nos relacionamos con ella.

Una de sus formas aparece cuando el enojo no tiene lugar.

Si no me permito enojarme con el otro, esa emoción no desaparece: se dirige hacia mí. En ese movimiento, el enojo se transforma en culpa.

Algo similar ocurre cuando ese enojo está vinculado a los padres.

Si en la infancia no fue posible sentir o expresar ese enojo, muchas veces queda reprimido.

Entonces, al mirar esas experiencias, en lugar de registrar lo que dolió, aparece la justificación hacia ellos. Y el enojo, nuevamente, vuelve hacia uno mismo.

Otra forma de la culpa aparece cuando comenzamos a crecer en una dirección distinta a la esperada.

Cuando nuestros movimientos se alejan de los mandatos familiares, puede surgir la sensación de estar haciendo algo incorrecto, aunque en realidad estemos acercándonos a lo que es más propio y saludable para nosotros.

Y también existe una culpa que señala algo diferente: una acción en la que posiblemente dañamos a otro y aún no hemos podido hacernos cargo.

En estos casos, la culpa nos deja en un lugar infantil, como si solo hubiéramos hecho algo “malo”.

En cambio, cuando asumimos la responsabilidad, algo cambia: podemos reconocer el error desde un lugar adulto, aceptar sus consecuencias e intentar reparar lo que esté a nuestro alcance.

Comprender estos distintos sentidos permite dejar de quedar atrapados en la culpa y empezar a escuchar qué es lo que realmente está intentando mostrarnos.

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Desde la Mirada de las Escenas Matrices, crecer implica ir habitando cada vez más una posición adulta. Y en este sentido...
16/04/2026

Desde la Mirada de las Escenas Matrices, crecer implica ir habitando cada vez más una posición adulta. Y en este sentido, la adultez no es solo una etapa de la vida, sino una forma de salud.

Esto se vuelve especialmente visible en algo tan cotidiano como el llanto.

No es lo mismo llorar desde el niño que llevamos dentro, que llorar como adultos que pueden acompañar a ese niño.

Cuando un niño llora por situaciones propias de la vida —una caída, una pérdida, un dolor concreto— ese llanto cumple una función natural y no deja una herida.

Es una expresión que permite procesar lo que ocurre.

Pero cuando ese niño llora porque no se siente visto, comprendido o acompañado por sus padres, ese llanto es distinto.

Es un llanto que duele de otra manera y que puede dejar una marca profunda.

En la adultez, esas dos formas de llorar siguen presentes.

A veces, cuando lloramos, lo hacemos quedando completamente tomados por ese niño: aparece la sensación de soledad, de injusticia, de ser víctimas de lo que nos pasa. En esos momentos, no hay un adulto interno que contenga.

Otras veces, en cambio, podemos llorar acompañando a ese niño.

Nos conectamos con lo que sentimos, pero sin perdernos en eso. Hay una parte nuestra que sostiene, que da lugar, que cuida.

Esa diferencia es clave.

Porque cuando ese niño encuentra dentro nuestro un adulto que lo aloja, que le permite sentir y que lo ayuda a atravesar lo que le duele, comienza un proceso de reparación.

Habitar la adultez también es esto: poder estar para uno mismo en aquellos momentos en los que antes nadie estuvo.

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06/04/2026

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Confiar en la adultez no significa hacerlo de manera ciega. Implica poder confiar mientras se observa.En la infancia, el...
01/04/2026

Confiar en la adultez no significa hacerlo de manera ciega. Implica poder confiar mientras se observa.

En la infancia, el niño no tiene la posibilidad de cuestionar a los adultos.

Por eso la confianza hacia los padres suele ser inevitable y absoluta: depende de ellos para orientarse en el mundo.

Sin embargo, en la adultez esta forma de confiar ya no resulta saludable.

En los procesos terapéuticos suele aparecer una polaridad: algunas personas depositan una confianza total en el terapeuta, como si fuera una figura parental que no puede ser cuestionada.

Otras, en cambio, desconfían de todo lo que se les propone, lo que dificulta cualquier posibilidad de trabajo.

Ambas posiciones mantienen a la persona en un lugar infantil.

Confiar observando implica otra actitud: animarse a poner en práctica lo que el terapeuta propone y, a partir de la experiencia, evaluar sus efectos.

Si con el tiempo aquello no resulta útil, también puede ser necesario reconsiderar el proceso o incluso buscar otro terapeuta.

La confianza ciega deja al paciente expuesto a cualquier orientación, mientras que la desconfianza absoluta impide que exista ayuda posible.

Por eso, confiar observando es una responsabilidad del propio paciente.

Supone reconocer que se necesita acompañamiento, pero también asumir un rol activo para evaluar si ese acompañamiento realmente contribuye a su proceso.

Cuando esta responsabilidad no se asume, el proceso terapéutico suele quedar detenido, porque nadie puede ayudar a quien permanece completamente cerrado a la experiencia.

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