18/05/2026
Muchas veces, cuando revisamos nuestra historia, intentamos comprender a nuestros padres.
Volvemos a escenas de la infancia cargadas de dolor y buscamos explicaciones sobre por qué actuaron de determinada manera.
Y aunque esas explicaciones puedan ser reales, comprender no siempre significa sanar.
Al mirar el pasado, solemos creer que ayudar al adulto a entender a sus padres automáticamente ayuda también al niño que fue.
Pero desde la Mirada de las Escenas Matrices, esto no necesariamente ocurre.
Cuando toda la atención se dirige hacia justificar, perdonar o acercarse a los padres biológicos, el niño interno puede volver a quedar relegado.
Ese niño que necesitaba ser visto, contenido y acompañado, otra vez queda solo con su dolor.
El verdadero movimiento de reparación comienza cuando el adulto deja de mirar únicamente hacia afuera y empieza a ocupar un nuevo lugar frente a sí mismo: el de convertirse en una figura de cuidado para ese niño que aún habita en su interior.
Escuchar lo que ese niño siente, reconocer aquello que necesitó y no tuvo, darle espacio a su tristeza, a su enojo y a su dolor, es parte fundamental del proceso de sanación.
No se trata de negar la historia de los padres ni de romper el vínculo con ellos.
Se trata de comprender que sanar no empieza solamente por entenderlos a ellos, sino también por empezar a cuidar a quien quedó herido dentro nuestro.
Porque muchas veces, el niño interior no necesita más explicaciones. Necesita, por primera vez, sentirse acompañado.
-