03/09/2026
La separación de una pareja, cuando hay hijos, transforma la vida de la familia de manera abrupta. A los niños, indefectiblemente, pero también a los padres, modificando drásticamente su identidad.
De la noche a la mañana, se instala el silencio y la meta del día es individual, surgiendo una paradoja emocional impactante: la sensación temprana de un nido vacío.
No estamos preparados para despedir a los hijos, se siente como un ensayo forzado y prematuro de la pérdida de su niñez.
Los primeros días de ausencia, la soledad es un peso y se pierde un poco el sentido en la vida cotidiana. A esto se le suma un fantasma muy real: el miedo a que prefieran al otro progenitor, por ser el padre o la madre "aburrido", el que pone límites, o simplemente el miedo a que el vínculo se deteriore por culpa de la distancia.
La situación se vuelve aún más cuesta arriba cuando la separación es conflictiva. La falta de un acuerdo económico, principalmente; o, muchas veces, el desgaste es por la ausencia de acuerdos en la educación. Criar en bandos contrarios, donde lo que en una casa es norma en la otra se desdibuja, genera mucha angustia y sensación de guerra.
Surge entonces el sentimiento de estar fallando como padres. Falta ese sentido de comunidad, de estar remando con otro que comparta las mismas angustias y alegrías.
Allí nace una posible reparación: aliviar el dolor con otros. Escuchar y compartir con otros padres en la misma que nosotros, con las mismas dificultades.
Asimismo, la familia de origen se vuelve un pilar fundamental. No sólo ofrecen ayuda concreta, sino que configuran una red de contención afectiva, que le demuestra al niño que su familia no se destruyó, sino que se transformó.
Finalmente, es vital apoyarse en los amigos, los que escuchan sin juzgar, que sostienen en los días de mayor angustia y que obligan a salir del encierro y devuelven la identidad perdida.
Levantarse, después de una separación conflictiva, es darse cuenta que, aunque falte el equipo original, es posible crear nuevos equipos que nos enriquezcan y llenen un poco el nido vacío.
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Lic. Belén Eseverri