29/07/2026
A lo largo de las últimas décadas se ha extendido un discurso muy vinculado a las formas de producción: aquel en donde la velocidad y el stress pasan a ser sinónimos de responsabilidad, entrega, pasión. “Ponerse la camiseta” encierra un peligro latente, ya que el individuo termina hiperadaptado a la realidad, llegando a perder el contacto consigo mismo y con sus posibilidades. La ansiedad termina mutando en un trastorno que se traduce en malestares como tensión muscular, problemas digestivos y cardiológicos, enfermedades de la piel y muchas formas más de somatización. Pero también en una sensación de estar al límite, experimentando inquietud, fatiga, imposibilidad de concentrarse y, sobre todo, la incapacidad de g***r de aquello que nos genera satisfacción. La presión por cumplir con los mandatos y expectativas termina llevando al individuo a un estado de alienación, en donde se termina actuando en “piloto automático”, perdiendo así el contacto con sus emociones, deseos e identidad.
A través de la psicoterapia buscamos acompañar a los pacientes comience a hacerse algunas preguntas:
“¿Qué deseo realmente?”
“¿Qué parte de mi vida elegí y cuál fui simplemente aceptando? ¿De dónde viene esta exigencia?”.
La psicoterapia pasa, entonces, a ser un espacio en donde la persona deja de verse a si misma como “el”problema, sin quedar por eso reducida a una víctima pasiva de las circunstancias. Es un lugar para comprender, elaborar y recuperar la capacidad de elección.
En este sentido es interesante recordar la idea del psiquiatra y filósofo Viktor Frankl, la cual dialoga bien con esta cuestión: entre lo que nos ocurre y la respuesta que damos existe un espacio de libertad. La psicoterapia no siempre puede cambiar las condiciones externas, pero puede ayudar a ampliar ese espacio, para que la persona viva de un modo más coherente con sus valores y menos determinado por automatismos, mandatos o formas de alienación.