Lic Pablo Mayoral - Consultorio Psicológico

Lic Pablo Mayoral - Consultorio Psicológico Lic. Pablo Mayoral - Picólogo UBA

Atención Psicológica presencial y a distancia (Skype)

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Este es un espacio que apuesta a la diversidad y al aporte que cada uno haga de sus vivencias y experiencias de vida, de forma tal que brinde un saber en comunidad que pueda servir a otros en situaciones particulares. Mi idea es brindar material que nos haga pensar, sentir, decidir, utilizando herramientas de las ciencias sociales como la Psicología, la Antropología, la Historia, y otros conocimi

entos del Ser humano que si bien no son académicas llevan en sí mismos la sabiduría de los aeones, como son la Astrología, el Tarot, etc. Espero TUS aportes, comentarios, sugerencias para hacer de esta página un sitio de TODOS.

SIMBOLOGIA PROFUNDA - LABERINTO IIHay vínculos que nos corren del centro.No necesariamente porque hagan daño. A veces po...
12/08/2026

SIMBOLOGIA PROFUNDA - LABERINTO II

Hay vínculos que nos corren del centro.

No necesariamente porque hagan daño. A veces porque importan. Porque abren deseo, sensibilidad, preguntas, zonas propias que no estaban del todo despiertas.

Nadie se vincula de verdad permaneciendo intacto.
Cuando alguien nos importa, algo del mundo interno se mueve. Cambia la forma de esperar, de escuchar, de interpretar, de imaginar. Aparecen dudas, temores, expectativas, partes nuestras que quizá no conocíamos.

En ese sentido, un vínculo puede enseñarnos.
Puede volvernos más atentos.
Más permeables.
Más capaces de registrar lo que sentimos.
Más disponibles a descubrir qué nos pasa con otro.

Pero también existe el movimiento contrario.
Hay vínculos que no nos abren un recorrido, sino que nos dejan siempre en el mismo lugar. No nos devuelven más propios, más claros o más maduros. Nos dejan girando alrededor del otro: de sus gestos, sus silencios, sus tiempos, sus señales, su deseo.

Ahí el laberinto deja de ser recorrido y se vuelve repetición.

Uno ya no se pregunta qué le pasa.
Se pregunta qué quiso decir el otro.
Qué va a hacer.
Qué va a elegir.
Qué está ocultando.
Qué falta para que finalmente cambie.

Y poco a poco, sin darse cuenta, la vida interna empieza a organizarse alrededor de una presencia que ocupa demasiado.

Por eso me interesa tanto la imagen del laberinto vincular.

Porque no todo vínculo que nos mueve nos pierde.
Algunos nos transforman.
Otros nos capturan.
Algunos nos permiten volver distintos.
Otros nos dejan dando vueltas en una escena conocida.

La diferencia no siempre se ve al principio. A veces hace falta un mapa.

No un mapa para controlar al otro.

No una receta para saber qué hacer en cada vínculo.

Sino una forma de leer qué lugar ocupamos, qué repetimos, qué sostenemos, qué esperamos, qué nos cuesta soltar y cómo podemos volver a nuestro eje sin dejar de vincularnos.

Ese es uno de los núcleos de Vincularnos Hoy: pensar los vínculos como recorridos donde podemos reconocernos, perdernos, repetir, aprender y también elegir una posición distinta.

Mañana voy a compartir más sobre este mapa vincular.
Porque vincularse no es desaparecer en el otro.
Tampoco es quedar cerrado sobre uno mismo.

Tal vez se trate de aprender a atravesar el laberinto sin perder del todo el hilo propio.

¿Un vínculo te está ayudando
a volver a vos
o te deja girando
alrededor del otro?

Te leo.

SIMBOLOGIA PROFUNDA - MÁSCARA I Cuando adaptarse empieza a pesar¿Qué pasa cuando una forma de mostrarnos, que alguna vez...
30/07/2026

SIMBOLOGIA PROFUNDA - MÁSCARA I

Cuando adaptarse empieza a pesar

¿Qué pasa cuando una forma de mostrarnos, que alguna vez nos permitió pertenecer, empieza a volverse demasiado estrecha?

La máscara no siempre aparece como falsedad. Muchas veces aparece como respuesta. Una persona aprende a mostrarse de determinada manera porque ese gesto le permite conservar un lugar, evitar un conflicto, recibir aprobación o no quedar expuesta en zonas donde no había suficiente sostén.

Hay quienes aprendieron a ser fuertes porque la fragilidad no encontraba lugar. Otros se volvieron amables, eficientes, graciosos, disponibles o comprensivos porque esa era la forma de no perder reconocimiento, amor o pertenencia.

Al principio, esa adaptación puede ser necesaria. Incluso puede tener algo de inteligencia vital. La máscara permite atravesar escenas difíciles, ordenar el vínculo con los demás, construir una identidad posible frente a ciertas exigencias del entorno.

Pero con el tiempo puede endurecerse.

La persona empieza a quedar tomada por la versión que aprendió a mostrar. Ya no se trata solo de usar una forma cuando hace falta, sino de tener que responder siempre desde ahí. El entorno también colabora: espera lo conocido, se apoya en ese personaje, deja de preguntar por lo que no entra en esa imagen.

Entonces aparece un cansancio particular.

No es solamente cansancio de hacer cosas. Es cansancio de sostener una representación. Cansancio de seguir siendo siempre el fuerte, la comprensiva, el que calma, la que puede, el que no necesita, la que entiende, el que no se quiebra.

Por eso la máscara merece una lectura cuidadosa.
No conviene arrancarla como si fuera pura mentira. Muchas veces protegió algo real. El punto es reconocer cuándo esa protección empieza a encerrar. Cuándo una forma que permitió pertenecer empieza a dejar afuera deseos, miedos, necesidades o partes de uno mismo que también necesitan existir.

En Simbología Profunda, la máscara abre una pregunta sobre identidad y adaptación.

No señala solo lo que ocultamos. También muestra el precio de haber sido queridos, reconocidos o aceptados desde una versión demasiado limitada de nosotros mismos.

¿Qué forma de mostrarte te protegió alguna vez, pero hoy empieza a pesarte?

Los leo.

Ayer hablamos de una soledad particular: la que aparece cuando alguien está cerca, pero no termina de registrarnos.Frent...
29/07/2026

Ayer hablamos de una soledad particular: la que aparece cuando alguien está cerca, pero no termina de registrarnos.

Frente a esa distancia, muchas veces no nos alejamos. Preguntamos otra vez, explicamos mejor, buscamos una señal.

No siempre insistimos porque creemos que esta vez funcionará. A veces insistimos porque hacer algo calma, por un momento, la incertidumbre.

Ahí empieza una pregunta distinta:

¿qué intentamos resolver cada vez que volvemos al mismo movimiento?

Te leo en los comentarios.

Serie  #6 | Síntomas de época - CONECTADOS PERO SOLOSHay personas que están en contacto con otros durante todo el día y,...
28/07/2026

Serie #6 | Síntomas de época - CONECTADOS PERO SOLOS

Hay personas que están en contacto con otros durante todo el día y, aun así, hace mucho que no se sienten verdaderamente acompañadas.

Responden mensajes, mandan audios, reciben memes, comentan historias, participan en grupos, miran qué hacen los demás, comparten algo de su vida, reaccionan a lo que otros publican. Hay intercambio, circulación, presencia digital, disponibilidad inmediata.

Sin embargo, en medio de esa conexión permanente puede aparecer una soledad difícil de explicar.

Porque estar en contacto no siempre significa sentirse recibido por alguien.

Una persona puede tener familia, pareja, amigos, compañeros, grupos de WhatsApp, redes sociales activas y muchas conversaciones abiertas, pero no encontrar un lugar donde pueda decir algo verdadero sin sentir que molesta, exagera o interrumpe la vida de los demás.

Puede contar lo anecdótico, compartir una noticia, hacer un chiste, responder con una frase liviana, mandar una foto, comentar algo de pasada. Pero cuando aparece una angustia más profunda, una contradicción, una tristeza difícil de ordenar o una pregunta que no se resuelve en dos mensajes, muchas veces empieza a editar lo que siente.

Lo hace más breve.
Lo vuelve más aceptable.
Lo dice como al pasar.
Lo maquilla con humor.
Lo reduce para que el otro no se incomode.

Así, una parte importante de la vida emocional empieza a quedar sin destinatario.

No porque no haya personas alrededor, sino porque no siempre hay presencia disponible para alojar lo que una persona realmente necesita decir.

La soledad contemporánea muchas veces no tiene la forma clásica del aislamiento. Puede aparecer rodeada de notificaciones, conversaciones, contactos y vínculos que existen, pero que funcionan de manera fragmentada. Se habla mucho, pero se escucha poco. Se responde rápido, pero se permanece poco. Se acompaña con frases correctas, pero no siempre con una presencia capaz de sostener una conversación más incómoda, más lenta o más verdadera.

En consulta aparece con frecuencia algo de este orden.

Personas que dicen: “No tengo con quién hablar de cosas importantes”.

O también: “Empiezo a hablar y siento que està en otra sintonía”.

O: “Siento que las redes sociales me hicieron aislar más”.

Esas frases muestran que la soledad no se mide solamente por la cantidad de vínculos. También se juega en la posibilidad de encontrar un lugar donde la propia experiencia tenga tiempo, espesor y escucha.

Sentirse acompañado implica algo más que recibir cualquier respuesta.

Implica poder desplegar lo que pasa sin tener que ordenarlo perfectamente antes. Poder estar mal sin actuar liviandad. Poder hablar sin que el otro se apure a tranquilizar, corregir, comparar o cerrar el tema. Poder mostrar una duda, una angustia o una contradicción sin sentir que uno está fallando por no resolverlo rápido.

El modo SOFT:

Muchas veces, cuando alguien intenta contar algo difícil, recibe respuestas bienintencionadas pero insuficientes: “ya va a pasar”, “tratá de distraerte”, “pensá en positivo”, “no le des tanta vuelta”, “todos estamos igual”. Son frases que buscan ayudar, pero pueden dejar a la persona más sola, porque aquello que necesitaba ser escuchado queda rápidamente cubierto por una solución, una opinión o una frase de alivio que es insuficiente.

La escucha real no consiste en tener siempre algo inteligente para decir.

A veces empieza cuando alguien puede quedarse un poco más ahí, sin apurarse a resolver lo que el otro todavía está tratando de entender.

La persona está conectada, que siente que nadie la conoce del todo, puede estar acompañada, pero no necesariamente alojada.

Tiene conversaciones, pero pocas veces encuentra un espacio donde pueda escuchar lo que ella misma dice cuando deja de actuar un personaje.

En terapia, una de las primeras experiencias reparadoras suele ser precisamente esa: disponer de un tiempo donde no hay que entretener a nadie, no hay que rendir, no hay que responder con una versión ordenada, no hay que cuidar permanentemente el efecto que la propia palabra produce en el otro.

Un espacio donde la persona puede hablar y, al escucharse, empezar a comprender qué le pasa.

Porque muchas veces uno no sabe del todo lo que siente o lo que quiere decir hasta que encuentra un lugar donde empezar a decirlo sin apurarse, sin justificarse y sin tener que volverlo aceptable para los demás.

La terapia no reemplaza los vínculos de la vida cotidiana. No ocupa el lugar de una amistad, una pareja o una familia.

Puede ayudar a reconocer qué tipo de presencia falta, qué necesidades quedaron sin palabra y qué formas de relación se vienen repitiendo.

Es un espacio de preguntas posibles:
¿por qué me cuesta pedir compañía?
¿por qué evito mostrar vulnerabilidad?
¿por qué elijo vínculos donde hay poca disponibilidad? o
¿por qué acostumbro a estar para todos sin dejar que nadie esté realmente para mí?

Tal vez una de las preguntas más importantes de este tiempo sea si, además de estar conectados, tenemos algún lugar donde existir más allá de un personaje.

Lic. Pablo Mayoral
Psicólogo clínico | UBA
Atención online para adultos

**UMBRAL I — Cuando algo en la vida empieza a pedir pasaje**Los umbrales no aparecen solamente cuando alguien toma una g...
18/07/2026

**UMBRAL I — Cuando algo en la vida empieza a pedir pasaje**

Los umbrales no aparecen solamente cuando alguien toma una gran decisión.

Muchas veces aparecen antes, en una zona más silenciosa, más ambigua, más difícil de explicar. Todavía no hay un acto visible. Todavía no hay una ruptura, una mudanza, una renuncia, una conversación definitiva. Desde afuera, todo parece continuar.

Pero por dentro algo empezó a moverse.

Una persona puede seguir yendo al mismo trabajo, respondiendo los mismos mensajes, viviendo en la misma casa, ocupando el mismo rol en su familia o sosteniendo el mismo vínculo. Y, sin embargo, sentir que algo de esa escena ya no la aloja como antes.

Lo conocido tiene una fuerza enorme.

No solo porque sea cómodo. También porque nos da identidad. Nos dice quiénes somos, qué lugar ocupamos, qué esperan de nosotros, qué podemos esperar de los demás. A veces uno no permanece en un lugar porque ahí esté bien, sino porque todavía no sabe quién sería si dejara de sostenerlo.

Por eso un umbral no es simplemente una puerta hacia el futuro.

También es una despedida.

Cruzar implica aceptar que algo de lo anterior no va a poder seguir igual. Una promesa, una fantasía, una pertenencia, una forma de ser querido, una versión de uno mismo que aprendió a sobrevivir en ese lugar.

Y eso puede doler incluso cuando el cambio es necesario.

A veces una persona demora el paso porque todavía está haciendo duelo por lo que ese lugar representó. Porque un trabajo que hoy pesa también pudo haber dado seguridad. Porque una casa que hoy queda chica también pudo haber sido refugio. Porque un rol familiar que hoy asfixia también pudo haber dado reconocimiento. Porque un vínculo que hoy duele también pudo haber contenido alguna forma de amor, de esperanza o de sentido.

El umbral condensa esa contradicción.

Una parte quiere moverse.
Otra parte todavía custodia lo que se pierde.

Por eso no alcanza con decir “animate”. Hay decisiones que no se toman solamente con voluntad. Necesitan que algo madure por dentro. Necesitan que la persona pueda mirar de frente qué está dejando de sostener, qué precio venía pagando por quedarse y qué parte de sí misma ya no puede seguir entrando en una forma que quedó estrecha.

Vivimos, además, en una época que vuelve difícil todo pasaje. Se nos invita a mantener opciones abiertas, a no perder nada, a cambiar sin duelo, a elegir sin renunciar. Pero algunos cruces no admiten esa fantasía.

Hay pasos que, una vez dados, modifican el suelo.

Después de ciertas decisiones, uno puede recordar la orilla anterior, puede incluso extrañarla, pero ya no vuelve a habitarla del mismo modo.

Quizá por eso demoramos algunos umbrales.

Porque intuimos que cruzarlos no solo cambia lo que hacemos.

También cambia quién podemos seguir siendo.

**¿Qué umbral estás demorando atravesar?**

Los leo.

**Serie  #5 | Síntomas de época** Personas que no paran nunca**Hay personas que llenan cada espacio del día.Trabajan, re...
13/07/2026

**Serie #5 | Síntomas de época** Personas que no paran nunca**

Hay personas que llenan cada espacio del día.

Trabajan, responden, organizan, producen, ayudan, resuelven, proyectan. Siempre hay algo para hacer, algo para mejorar, algo para ordenar, algo que contestar, algo que anticipar.

Desde afuera pueden parecer personas activas, responsables, comprometidas, capaces. Y muchas veces lo son. Han aprendido a sostener, a cumplir, a estar disponibles, a llegar a tiempo, a hacerse cargo de lo propio y también, muchas veces, de lo ajeno.

El problema aparece cuando ese movimiento empieza a ocupar toda la vida interna.

El día se vuelve una sucesión de tareas. La agenda ordena la existencia. La productividad ofrece una sensación de dirección. Mientras hay algo pendiente, la persona siente que tiene un lugar, una función, una identidad.

Hacer calma.

Resolver calma.

Estar ocupado calma.

Pero a veces esa calma dura solo mientras el movimiento continúa.

Cuando baja el ruido, cuando termina la demanda, cuando el cuerpo queda quieto y nadie pide nada, pueden aparecer preguntas que venían quedando postergadas: qué deseo realmente, qué vida estoy sosteniendo, cuánto de esto elegí y cuánto simplemente aprendí a continuar.

Vivimos en una época que premia el hacer permanente.

Producir, crecer, reinventarse, responder rápido, estar disponible, tener objetivos, mejorar la imagen, optimizar el cuerpo, administrar el tiempo, desarrollar proyectos, mostrar avances. Incluso el descanso empieza a parecer una tarea más dentro de una agenda de rendimiento.

Así, muchas personas llegan al final del día agotadas, pero con la sensación de que todavía falta. Descansan con culpa. Se detienen con incomodidad. Tienen tiempo libre y rápidamente buscan llenarlo con algo útil, medible o justificable.

La pausa se vuelve extraña.

Aparece una inquietud difícil de nombrar.

En consulta, esto suele escucharse en frases simples, pero muy profundas:

“Me está yendo bien, pero me siento vacío.”

“Estoy haciendo todo lo que se supone que tenía que hacer.”

“Tengo cosas, proyectos, responsabilidades, pero no sé si quiero seguir viviendo así.”

“Cuando paro, me angustio.”

A veces una persona descubre que viene sosteniendo una vida muy eficaz, pero poco habitada.

Cumple, responde, funciona, acompaña, produce. Sin embargo, algo de su deseo quedó tapado por la exigencia, por la costumbre de poder con todo o por la necesidad de no decepcionar.

Detenerse puede dar miedo porque abre un espacio donde la identidad ya no se sostiene solamente en lo que se hace.

También puede ser una oportunidad.

Una pausa permite escuchar cansancios que la actividad venía silenciando. Permite revisar mandatos, ordenar prioridades, distinguir deseo de exigencia, responsabilidad de sobrecarga, compromiso de obediencia automática.

La terapia puede ser un lugar para mirar con más cuidado esa necesidad de estar siempre haciendo.

No para abandonar responsabilidades ni idealizar una vida sin esfuerzo, sino para entender qué sostiene ese movimiento permanente, qué aparece cuando baja el ritmo y qué parte de la vida necesita recuperar un sentido más propio.

Porque a veces descansar no empieza cuando termina todo lo pendiente.

A veces empieza cuando una persona puede preguntarse, con honestidad, qué está intentando evitar al no parar nunca.

**Lic. Pablo Mayoral**
Psicólogo clínico | UBA
Atención online para adultos

Estoy empezando una nueva serie en Instagram: **Simbología Profunda**.La idea es trabajar imágenes como el laberinto, el...
10/07/2026

Estoy empezando una nueva serie en Instagram: **Simbología Profunda**.

La idea es trabajar imágenes como el laberinto, el puente, el umbral, la máscara, la torre o el árbol, no como “significados cerrados”, sino como formas de pensar procesos humanos: vínculos, decisiones, cambios, crisis, repeticiones, pérdidas, encuentros y transformaciones.

Ya publiqué las primeras dos entregas:

**Laberinto**
sobre esos momentos en los que uno vuelve una y otra vez al mismo punto y no sabe si está perdido o buscando un centro.

**Puente**
sobre los vínculos, la distancia, los lenguajes afectivos y la dificultad de construir encuentro cuando dos orillas no hablan igual.

Voy a seguir desarrollando esta serie principalmente en Instagram, con Reels, carruseles e historias.

Quienes quieran seguirla desde el comienzo pueden encontrarme ahí:

IG: Pablo Mayoral

Me va a gustar leer qué imágenes, símbolos o procesos les resuenan.

**Síntomas de época 4D: los cinco lenguajes del amor**A veces dos personas pueden quererse y, aun así, vivir con la sens...
03/07/2026

**Síntomas de época 4D: los cinco lenguajes del amor**

A veces dos personas pueden quererse y, aun así, vivir con la sensación de que el amor no llega.

Una demuestra afecto ocupándose de lo cotidiano, resolviendo problemas, acompañando en momentos difíciles o intentando aliviar las responsabilidades del otro. Puede sentir que su manera de cuidar es evidente y que no necesita demasiadas explicaciones.

La otra persona, sin embargo, quizá necesite palabras de reconocimiento, momentos de atención exclusiva, mayor cercanía física o pequeños gestos que le permitan sentirse recordada y elegida.

Así se produce una situación frecuente: cada uno considera que está ofreciendo mucho y, al mismo tiempo, siente que recibe menos de lo que necesita.

El modelo conocido como “los cinco lenguajes del amor” propone cinco formas habituales de expresar y reconocer el afecto: las palabras de afirmación, el tiempo de calidad, los actos de servicio, los regalos o detalles y el contacto físico.

Puede ser un mapa útil para iniciar una conversación. Permite advertir que no todas las personas identifican el amor en los mismos gestos y que muchas veces ofrecemos aquello que nosotros mismos querríamos recibir, sin preguntarnos si el otro logra reconocerlo de esa manera.

Pero conviene no convertir este modelo en una clasificación rígida.

Nadie ama únicamente mediante un lenguaje, ni permanece igual a lo largo de toda su vida. Las necesidades cambian según la etapa, la relación, el estado emocional y las experiencias que cada persona atraviesa.

Además, la manera de recibir afecto no surge solamente de una preferencia consciente. También se relaciona con la historia vincular.

Alguien que creció en un ambiente donde el cariño pocas veces se expresaba con palabras puede necesitar escucharlas con especial intensidad, o sentirse incómodo cuando las recibe. Otra persona puede haber aprendido que amar consiste en hacerse cargo de todo y terminar ofreciendo cuidados que nadie pidió, mientras le resulta muy difícil mostrar su propia necesidad.

También puede ocurrir que alguien busque confirmaciones permanentes porque teme dejar de ser importante, o que interprete la necesidad de cercanía del otro como una amenaza a su libertad.

Por eso, detrás de una discusión aparentemente pequeña suele haber algo más que una diferencia de gustos.

“Siempre estás mirando el teléfono” puede significar: “No siento que haya un momento en el que realmente estés conmigo”.

“Nunca valorás lo que hago” puede ocultar: “Necesito saber que mi esfuerzo tiene un lugar para vos”.

“No me abrazás” puede expresar una necesidad de conexión, pero también activar en el otro experiencias relacionadas con la presión, el rechazo o la dificultad para habitar el propio cuerpo.

“Yo hago todo en esta casa” puede señalar una distribución desigual de responsabilidades, pero también una forma de cuidar que se fue convirtiendo en agotamiento y resentimiento.

En estos casos, no alcanza con descubrir cuál es el supuesto lenguaje de cada uno. Hace falta poder hablar de lo que ese gesto representa.

¿Qué significa para una persona que el otro recuerde una fecha?

¿Qué siente cuando una conversación se interrumpe constantemente?

¿Por qué necesita escuchar ciertas palabras?

¿Por qué le resulta tan difícil decirlas?

¿Qué ocurre cuando el contacto físico se vive de manera diferente?

¿Qué expectativa de cuidado nunca fue formulada con claridad?

Los cinco lenguajes pueden ayudar a traducir necesidades, pero también pueden utilizarse para simplificar problemas más profundos.

No toda ausencia se explica diciendo que alguien “ama a su manera”.

No toda falta de disponibilidad es una diferencia de lenguaje.

No toda desigualdad puede resolverse aprendiendo a dar más abrazos, decir más elogios o comprar algún regalo.

Una relación necesita reciprocidad, interés y cierta voluntad de considerar la experiencia del otro. Cuando siempre es la misma persona quien explica, espera, cede o adapta su manera de vincularse, ya no se trata únicamente de una diferencia en la expresión del afecto.

Tampoco se trata de que cada integrante de la pareja deba responder de manera perfecta a todas las necesidades del otro. Ninguna relación puede ofrecer confirmación permanente, disponibilidad absoluta o una coincidencia completa.

Construir un vínculo implica poder pedir sin exigir que el otro adivine, escuchar sin sentirse inmediatamente acusado y negociar sin considerar que toda modificación supone dejar de ser uno mismo.

La terapia puede ayudar a comprender qué aprendió cada persona acerca del amor, qué gestos reconoce como cuidado y por qué ciertas necesidades terminan apareciendo en forma de reclamo, silencio, distancia o enojo.

El objetivo no es determinar quién tiene razón ni enseñar una fórmula para vincularse.

Se trata de crear un lenguaje compartido allí donde cada uno venía hablando desde su propia historia.

Después de haber trabajado los vínculos que se sostienen aun cuando agotan, el apego que dificulta soltarlos y las relaciones que se interrumpen antes de consolidarse, esta nueva entrega introduce una tercera pregunta:

¿Cómo se construye una relación en la que el afecto no solo exista, sino que también pueda ser reconocido, conversado y recibido?

**Lic. Pablo Mayoral**
Psicólogo clínico, UBA
Psicoterapia online para adultos

Nota: desarrollado sobre el texto de G.Chapman

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