20/06/2026
Historias de amor.
Algunas suaves como una brisa que apenas roza el alma.
Otras intensas.
Tan intensas que parecen no pertenecer a esta realidad.
Amores que irrumpen como un relámpago en medio de una vida ordenada. Que llegan sin permiso, sin lógica, sin futuro aparente. Que desafían las reglas, los tiempos, las distancias y hasta la razón.
Amores paralelos.
Como si existieran en otro plano y, por un instante, encontraran una grieta por donde filtrarse hacia este mundo.
Hay encuentros que no pueden explicarse.
La mirada de alguien que parece conocerte desde antes de tu nacimiento.
La sensación de haber esperado una vida entera por una conversación.
La certeza imposible de que dos almas ya se han encontrado antes, en lugares que la memoria no puede nombrar.
Son amores que despiertan deseos inmensos.
Deseos de unión, de libertad, de expansión.
Deseos que rara vez encuentran un lugar completo en esta realidad limitada.
Y entonces sucede.
La historia se vuelve imposible.
Se desarma.
Se desvanece.
Explota en mil fragmentos de luz.
Pero no desaparece.
Deja algo.
Siempre deja algo.
Deja recuerdos que no se borran.
Deja sabiduría.
Deja fuerza.
Deja fe.
Deja la sensación de haber tocado, aunque haya sido por un instante, una verdad más grande que nosotros mismos.
Y es en esos momentos cuando siento que mis vidas no están detrás ni delante de mí.
Están ocurriendo al mismo tiempo.
Como ríos invisibles que desembocan en este instante.
Como si todos los hombres que fui, todos los caminos que recorrí y todos los amores que alguna vez viví siguieran respirando ahora mismo, en algún lugar del universo.