11/08/2026
Hoy mi padre cumpliría cien años.
Fue un verdadero polímata, un hombre de fronteras difusas entre la ciencia y el ingenio manual. En los años 60 ejercía la medicina con los recursos de la época, pero su curiosidad no terminaba en el consultorio: en la fosa de nuestra cochera lo veía desarmar el motor de aquel viejo Kaiser Carabela, rectificar válvulas y cilindros con una paciencia de relojero, para luego rearmar ese rompecabezas de hierro y salir a probarlo. Mi cerebro de niño no lograba comprender cómo tantas piezas sueltas podían volver a su lugar y funcionar en armonía.
Era, además, un radioaficionado audaz. Fabricaba sus propios equipos de transmisión y yo, su asistente oficial, le sostenía las placas y transistores que él soldaba con precisión envidiable. Lo vi trepar techos para instalar antenas en aquel paraje llamado Estación Mazán, desafiando al viento para conectar nuestro hogar con el mundo. Estudiaba inglés frente a un viejo tocadiscos; era su forma de ser autodidacta para intercambiar datos técnicos con colegas extranjeros. Sus favoritos eran los japoneses. Recuerdo dormirme a su lado, a medianoche, arrullado por el sonido de su inglés perfecto cruzando el océano.
Esa admiración por él trazó mi destino. Decidí estudiar Medicina, noticia que lo puso feliz. Tengo el recuerdo indeleble de aquel viaje que hicimos juntos para radicarme en Córdoba.
Pero el desarraigo a los 17 años fue una herida abierta. Tras seis meses de angustia, regresé a casa sin aviso. Golpeé la puerta a las seis de la mañana. Al verlo, solté mi verdad: «Me vuelvo, los extraño mucho». Él, con una calma imperturbable, me mandó a descansar. A media mañana, me despertó su presencia al borde de mi cama. Tenía unos billetes en la mano.
¿Para qué es esto?, le pregunté.
Para el pasaje de esta noche a Córdoba —sentenció—. Te vas, y volvés como médico. ¿Está claro?
Aquel rigor fue mi salvación. Me recibí, me especialicé en Oftalmología en Buenos Aires bajo la guía del profesor Hugo Nano y, trece años después de aquella experiencia de adolescente nostálgico y sentimental, regresé a mi provincia para ejercer como oftalmólogo.
Disfruté de él once años más. Su obsesión era la ética: «No te olvides de los pobres», me repetía como un mantra.
Nuestras tardes de picada y cerveza todas las semanas hablando de bueyes perdidos son hoy mi tesoro más preciado.
Murió joven, a los 73 años. Fue un golpe devastador, pero hoy, al cumplirse un siglo de su nacimiento, descubro que no se fue del todo. Sigo escuchando sus consejos, y su pulso firme guía mis manos cada vez que busco devolverle la visión a alguien.
Su humanismo es, en definitiva, mi mejor herencia.