Lic. Sebastián Rota - Psicologo

Lic. Sebastián Rota - Psicologo Antes de ser, una lengua me aguardaba. Aprendí a nombrarme porque los otros me nombraban. Y con cada palabra llegaban infinidad de cosas.

Pero hay cosas que no puedo nombrar, recuerdos que desaparecen, silencio que guarda lo que no se dice... El objetivo de esta página es acercarnos a la comunidad para poder dar respuesta a las demandas y soluciones a sus padecimientos.

20/04/2020

Consulta virtual, tratamientos no presenciales.

«¿Es posible practicar el psicoanálisis a través de medios digitales?»

Si bien los tratamientos de psicoanálisis tradicionales se desarrollan de manera presencial, acudiendo a consulta de un analista, y es este quien decide cual será en encuadre teórico que le brindará al tratamiento y cual será la dirección de la cura, hoy esta situación de pandemia global que nos plantea la lucha contra el COVID-19 nos plantea un enfrentamiento a este escenario ideal al cual estamos acostumbrados aquellos que nos desarrollamos en esta práctica del psicoanálisis.

¿Qué ocurre entonces con este aparato teórico tal y como lo veníamos entendiendo cuando no podemos mantener más ese contacto presencial? ¿Cómo sostener la clínica psicoanalítica a través de Internet, video llamadas o simplemente con llamadas telefónicas?

De forma personal yo practico psicoanálisis por Internet desde hace ya varios años, y considero que es un medio totalmente válido para el tratamiento y la cura de las neurosis.
Hay, sin embargo, una gran cantidad de psicoanalistas, en todo el mundo, que recomiendan lo contrario. Y que solamente podrían hacerse algún tipo de comunicaciones extraordinarias en situaciones en la que algún paciente se encuentra fuera de la ciudad, o de vacaciones, o que por algún tema laboral se encuentran alejados temporalmente de su lugar de residencia. Pero enfáticamente sostienen que de ninguna manera recomiendan que un análisis se inicie o se prosiga por estos medios digitales y fuera del clásico encuadre presencial. Casi todos ellos hacen referencia a la misma cita de Jacques-Allain Miller, del curso los “Usos del Lapso” (miercoles 17 de nov. 1999): “Uno siempre se hace la pregunta ¿porqué no puede uno hacer un análisis escrito? si uno también puede interpretar, descifrar lo escrito. ¿Por que no puede uno hacer análisis por teléfono? si al menos uno tiene la vos y luego mañana tendremos la imagen? ¿Porqué no hace uno análisis en video conferencia? Video-psicoanalisis? Es porque es necesario que el analista ponga su cuerpo allí. El o ella deben poner su cuerpo allí para representar la parte no simbolizable. La tecnología está del lado anticipatoria del milenio, la tecnología nos permite sin duda estar allí sin el cuerpo, es verdad, pero estar allí son el cuerpo no es estar allí. Sin duda alguien podría decir: “Uno puede dar la voz, uno puede dar la imagen, y mañana dará el olor y quizás uno dará el clon, pero se mantiene para el próximo milenio también”… Habrá una parte de goce no simbolizado, y esto es lo que llamo por la presencia del analista”. ¿El cuerpo al que se hace referencia cual es? Pareciera que se hablara del cuerpo biológico, de lo real del cuerpo, y no del cuerpo imaginario, la imagen del cuerpo, o del cuerpo simbólico, la construcción del cuerpo simbólico, es da también el la representación de un video perfectamente. Para ponerlo en otras palabras, a lo que se hace referencia es a la suma de huesos, tendones, tejidos y células que forman el cuerpo. ¿Y con que sentido? Según Miller “simbolizar un resto de goce no simbolizado”…
Si de alguna manera de lo que se trata en psicoanálisis, es de analizar los términos significantes a partir de cierta estructura que determina el lenguaje, no debería presentarnos un obstáculo la virtualidad de una entrevista o la realización de un tratamiento, incluso pensando en su totalidad, para que allí se sostenga un análisis. Ya que lo que sostiene el análisis es el deseo del analista y no la presencia del cuerpo real con el que el analizante se identifica.
Es decir que planteado de esta forma la utilización de sesiones virtuales o por Internet no presupone un impedimento al análisis, y menos aún en el marco de una crisis como la actual.

“No hay análisis sin analista, porque el saber que alguien puede demandar sobre su particularidad de sujeto no está en ningún otro, ni en ningún texto, ni en Freud ni en Lacan, más bien es él mismo quien deberá producir el escrito de su singularidad. Y entre tanto, se requiere que otro lo encarne, con su presencia real, empujando al trabajo analizante, con su dirección de la cura, absolutamente particular a cada uno de los encuentros sucesivos que conforman un análisis. (Cita de Marta Serra Frediani, ¿Qué es una cura analítica lacaniana?- Seminario del Campo Freudiano de Barcelona- 2011)

La tecnología posibilita así que procesos analíticos en curso y el vínculo transferencial que los sostiene no se vean interrumpidos de la noche a la mañana, de forma involuntaria.
La actual situación de emergencia actual, causada por el Coronavirus (Covid-19) nos permite reafirmarnos en el concepto de la utilidad de la tecnología para enfrentar la problemática del devenir cotidiano del análisis, que de otro modo podrían representar un fin o una suspensión involuntaria del tratamiento. Y esto lo transforma en un apoyo formal para el sostenimiento de nuestra práctica.

También es fundamental valorar el caso por caso y cada circunstancia particular, ya que es la única vía de acceso que se nos presenta.

Por ultimo quisiera resaltar que algunas tecnologías como Skype, WhatsApp y FaceTime, tecnologías a menudo empleadas, cifran las comunicaciones usando el estándar de cifrado avanzado (AES), la misma tecnología que usa, por ejemplo, por el gobierno federal de los Estados Unidos para proteger información delicada. Por lo tanto proporcionan una comunicación segura para nuestros propósitos y tienden a garantizar la privacidad manteniéndolo solo asequible a las partes, de alguna manera, recreando la privacidad del consultorio.

Lic. Sebastián Rota

15/04/2020

La Epidemia en el Diván
Publicado el 13 abril, 2020 por Ignacio Vera.
La epidemia del coronavirus ha sumido a la humanidad en una crisis mundial sin precedentes. La sociedad asiste paralizada a la expansión de un virus que se extiende, sin entender de fronteras, de la mano de la globalización dejándonos una imagen insólita de ciudades desérticas, hospitales colapsados, personas confinadas, enfermos aislados y mu***os solitarios. Un camino difícil de transitar.

Estamos ante una realidad desgarradora en la que las personas enfrentan en medio del caos el temor a la enfermedad, la preocupación por el colapso económico, la pesadumbre ante una información amarga, el pavor ante una soledad donde se necesitaría presencia, la impotencia de no poder ni despedir a quiénes tr han creado. Y una angustia omnipresente, la de la muerte, propia o ajena.

Ante esta situación, cada uno emplea sus propios mecanismos para defenderse: la ocupación constante en medio del parón, la evitación de la información, el runruneo hipocondriforme, el uso compulsivo de teléfonos y redes, la indignación con las instituciones o la búsqueda exasperante de un chivo expiatorio a quien poder culpar. Distintas caras de un mismo malestar.

Es conocido que, en tiempos de crisis, el ser humano es capaz de lo mejor y de lo peor. En los últimos días, hemos aguantado el paso de carritos de supermercado repletos de egoísmo, hemos soportado a iluminados con fórmulas –siempre pronunciadas a posteriori– que nos hubieran salvado de la catástrofe y hemos visto impotentes a aristócratas y políticos anunciando positivos y negativos de unas pruebas negadas para el resto. Pero en los últimos días hemos presenciado, también, convivencias familiares caídas en el olvido, hemos visto resurgir redes comunitarias más propias de otro tiempo y hemos descubierto que hay personas dispuestas a cuidarnos aún sin bonus a fin de año. Una lucha antigua entre supervivencia y solidaridad.

La situación, no solo está poniendo a prueba nuestra resistencia como individuos, sino que ha puesto en entredicho muchos de los pilares de la sociedad actual. Un enemigo microscópico ha confrontado a la población con su lado más frágil. Esta crisis nos ha venido a recordar que vivimos en un sistema que no todo lo puede, aunque a veces hayamos estado convencidos de lo contrario. Es tiempo de reflexionar sobre algunas paradojas que esta crisis parece haber acentuado.

En la época de la información inmediata y breve, los mensajes del escenario multimedia actúan como organizadores del ideario social, dando lugar a un pensamiento uniforme y débil. Estos días, el consumo masivo de noticias frescas y fugaces trata de paliar, sin éxito, angustias profundas y sostenidas. Lo resume magistralmente Daniel Bernabé: «Es el pago que nuestras sociedades hacen por la pérdida del criterio de autoridad intelectual, en donde la opinión fundada de un experto en enfermedades infecciosas vale lo mismo que las especulaciones infundadas de un youtuber».

En la sociedad de la ocupación y el entretenimiento permanente, el virus nos impone, de repente, un parón forzado que nos permite reflexionar sobre la rareza de esa falta de tiempo tan normalizada y sobrevalorada en nuestros días.

En los tiempos del individualismo se nos revela que la interrelación entre nosotros es infinitamente mayor que lo que nuestro brutal sistema económico nos hace creer. Cada uno de nosotros nos hemos visto forzados a pensar en términos de sociedad. La situación de confinamiento hace patente la importancia de las estructuras familiares, de las redes comunitarias y de la pertenencia a un colectivo como pilares necesarios para afrontar una realidad coloreada de angustia.

En una época en que las tradiciones, las costumbres y las creencias parecen haber pasado de moda y la ciencia y la tecnología han pasado a ser las nuevas religiones que prometen un paraíso sin enfermedad ni muerte que no llega, tomamos conciencia de que no somos sujetos sin historia hechos a nosotros mismos.

En plena epidemia asistimos al cierre de las fronteras, al resurgir de formas de soberanía pretéritas o a establecimiento de medidas proteccionistas que nos privan de los recursos para combatir al virus. Esto viene a cuestionar la imagen unificadora y ventajosa que los medios de comunicación se empeñan en transmitir de la globalización.

En una época aislacionista, emperrada en distinguir ‘a los de adentro’ y renegar de ‘los de afuera’, descubrimos súbitamente que podemos convertirnos en los que no pueden cruzar la frontera. Los virus no parecen entender ni de pasaportes ni de permisos de residencia. Es tiempo para reflexionar sobre la necesidad de recortar las desigualdades mundiales si no en aras de la ética, al menos en las de la seguridad.

Estos días asistimos impertérritos a la lógica única e imperante de un capitalismo que parece tornarse insostenible. En mitad de un consumismo voraz, vacío e innecesario los objetos de lujo –moda, coches, viajes– parecen haberse convertido en necesarios y los necesarios –mascarillas, pruebas, respiradores– en objetos de lujo. La activista canadiense Naomi Klein vuelve a alertar, una vez más, de que los gobiernos y estamentos mundiales aprovecharán estos tiempos de conmoción para implementar políticas que enriquezcan a las élites y debiliten a todos los demás agravando las desigualdades existentes. Es lo que ella ha llamado la doctrina del shock. Y así, asistimos al anuncio de los ERTE por parte de empresas prósperas con beneficios holgados a los que tendrán que responder, en última instancia, ciudadanos de esos estados con beneficios de todo menos holgados a golpe de recorte.

En los últimos años, hemos asistido al debilitamiento de los estructuras estatales. Dice el sociólogo francés Gilles Lipovetski que «donde había lógicas de servicio publico, hoy las hay de mercado». La pandemia actual viene a subrayar que nuestra civilización está huérfana de sistemas de protección y recuerda la necesidad de recuperar estados fuertes que protejan los sistemas sanitarios, las instituciones educativas y el medio ambiente.

Es, sin duda, tiempo para el compromiso y la responsabilidad colectiva pero los tiempos presentes, llenos de paradojas, hacen también imprescindible el tiempo de repensarnos y de reflexionar. El filósofo coreano Byung Chul-Han alerta de que «el virus no vencerá al capitalismo» remarcando que «el cambio deberá venir de una revolución humana». Finalizo con una cita de Immanuel Kant que se hace hoy más necesaria que nunca «Obedezca, pero piense, mantenga la libertad de pensamiento».

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