26/05/2026
Al comienzo de los encuentros, el Creeper 🧟 parecía estar capturado a una única función: ser el malo.
El que destruía las casas de los otros, el que luchaba, el que tenía infinitas vidas y permanecía siempre enojado.
Había algo de esa posición que insistía, como si el personaje viniera a jugar un lugar ya conocido para este niño: el que pelea, el que queda tomado por el conflicto.
Pero en la escena, allí donde algo del sufrimiento puede empezar a desplazarse, el Creeper inventó otra posibilidad.
Ya no apareció desde la destrucción, sino haciendo hamburguesas para sus amigos y un auto capaz de transportar a todos
Y entonces algo se movió.
Porque a veces el trabajo clínico no consiste en borrar aquello que el niño trae, sino en desanudar la rigidez de una posición que terminó volviéndose destino.
Que el “malo” pueda también cocinar, compartir, esperar al otro, alojarlo.
Poco a poco, entre juegos, peleas y escenas que se transforman, aparece la posibilidad de que algo deje de repetirse exactamente igual.
No se trata de corregir un personaje, sino de abrir la posibilidad de que el niño pueda escribir otras versiones de sí mismo.